El lado amargo de la responsabilidad

Publicado: 18/09/2014 en Relatos sueltos
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Toda una vida de responsabilidad ha dejado secuelas profundas en estos tres muchachos:

  • Julián, Ingeniero en sistemas, 25 años.
  • Tamara, Ingeniera Química, 26 años.
  • Carmel, estudiante de quinto año de medicina, 25 años.

Los tres han sido amigos de toda la vida. Todos hijos ejemplares, estudiantes ejemplares, trabajadores ejemplares y se encaminan a lo que seguramente será una vida profesional ejemplar.

¿Qué tienen de malo, entonces? ¿Dónde están las secuelas mencionadas en la primera línea?

En lo que ellos reprimen.

Julián detesta la tecnología y ama el campo y la botánica, sería feliz sembrando tomates durante toda su jornada: seleccionando semillas, midiendo parámetros en sustratos, examinando crecimiento, administrando abono, revisando los frutos y repitiendo todo una y otra vez. Lastimosamente se dio cuenta tarde de su vocación, a media Ingeniería en sistemas. Pero su responsabilidad le dijo que termine la carrera, que el tiempo no se desperdicia, que empezar de nuevo no conviene, que en la vida hay que priorizar la estabilidad por sobre todas las cosas. Y nada mejor que terminar una carrera como para conseguir dicha estabilidad. La responsabilidad que habla en la cabeza de Julián suena a la voz de sus padres al unísono. A Julián no le agrada del todo su vida, pero al menos tiene estabilidad. Piensa que no es responsable arriesgar lo seguro por seguir un sueño, o al menos se obliga a pensarlo.

Tamara, por su parte, ama su carrera. Su pasión es la investigación y su carrera se dirige indiscutiblemente a ese campo, deparándole un futuro brillante en la síntesis de nuevos medicamentos. Tamara tiene una visión extremadamente racional de la vida. Como digna conocedora de moléculas y neurotransmisores cree firmemente que los sentimientos, y lo que somos, no son más que reacciones químicas predecibles y controlables. Tamara es una chica alegre y jovial. Los estereotipos femeninos o los prejuicios no tienen relevancia en su vida. Su sexualidad era tan activa como responsable, su método anticonceptivo por elección era la mini píldora, que en ella funcionaba bien, debido a su presión arterial elevada. Lastimosamente el 0,20% de falla cayó sobre ella y quedó embarazada. Poco le importó la falta de apoyo de su pareja. No había nada qué reclamar en una relación sin compromiso futuro, y menos con un marino mercante. Su responsabilidad le decía que el aborto es una crueldad, que su futuro hijo no merecía el no nacer, que la culpable era la lotería de las probabilidades. La responsabilidad que Tamara escucha en su cabeza tiene la voz de un bebé, con un sonido de tic tac en el fondo: su reloj biológico. Tamara se esfuerza por amar a su hija, y le da un amor culposo que suena muy fuerte en su alma, para acallar la frustración que le causan los deseos profundos que tiene por retomar su carrera, parada por un año hasta poder terminar su período de cuidado maternal.

Carmel pertenece a una familia de prestigiosos doctores y piensa que desaprovechar las oportunidades y los contactos de su familia, es un acto de extrema estupidez. A él le gusta la atención y el reconocimiento, y qué mejor que la carrera de medicina para llenar los deseos de grandeza del muchacho. A pesar de su gran ego, a Carmel le gusta ayudar a la gente. Desde muy joven ayudó en refugios de animales y clínicas gratuitas, sin esperar más que la sonrisa de agradecimiento de personas y animales por igual. Su familia es judía, más por conveniencia y estatus que por verdadera creencia; para ellos, el ‘qué dirán’ es lo que motiva todas sus decisiones. Es por eso que Carmel se hace llamar Marcelo con su grupo de amigos no judíos, alternando una doble vida entre el ser un respetable miembro de la familia Saval y el ser un homosexual fiestero y alocado. Para él, el respeto es parte de ser responsable con el nombre su familia; y para su familia, enterarse de que Carmel es homosexual, sería un deshonor que afectaría su prestigio entre la quisquillosa comunidad judía, que por cierto tiene poderosas influencias en el mundo de la medicina. La malformada responsabilidad de Carmel resuena en su cabeza, junto a una sensual voz de mujer que le dice: no me encierres más.

Carmel y Tamara se conocen desde niños, hablaron por primera vez en una sinagoga. La familia de Tamara era tan devota como la de Carmel, por lo que la obligaban a asistir. Ambos conocieron a Julián, después, en el primer año de secundaria. Entre los 3, cada año,  se disputaban siempre los 3 primeros lugares en calificaciones de toda la academia.

En la universidad, sus caminos se separaron. La facultad de medicina y la de ciencias químicas quedaban en edificios cercanos, por lo que Tamara y Carmel seguían viéndose. Julián se alejó un poco, pero con el tiempo: todos volvieron a coincidir.

Al graduarse dos de los tres amigos, sus vidas se volvieron a separar por algunos meses. Pero los años revistieron de concreto aquella amistad trinitaria, por lo que el día de hoy se reunieron en la casa de Tamara, a beber vino y recordar viejos tiempos.

Los tres salieron a buscar comida luego de mucho beber y reír. La casa de Tamara es humilde, pero propia, y su barrio es de clase media y pintoresco. Decidieron fumar fuera de la casa, ya que no podían dejar rastros de humo allí, por la pequeña hija de ella. Se sentaron en una viga de concreto sostenida sobre dos bloques de cemento en cada lado. Carmel sacó de su bolsillo una cajetilla de cigarrillos muy finos, de mujer, mentolados. Julián sacó un encendedor muy elegante y los tres encendieron sus cigarrillos al mismo tiempo. Era como un humeante brindis por la amistad. Los tres callaron, cada uno sumergido en sus propios pensamientos, sintiendo el sutil influjo de la nicotina; todo mientras un gato blanco los miraba atento, al lado izquierdo del improvisado asiento. Sus corazones puros los hacía indignos de que los observe un gato negro.

Fumaban frente a un flamante taxi nuevo, que estaba estacionado. Tamara prestó atención a los dos pinos en el sello de la puerta del Mazda amarillo. Julián, muy observador, le dijo:

—Debería haber otro pino más.

Tamara y Carmel, muy estudiados como eran, lo quedaron mirando con cara de sorpresa ante tal frase, evidentemente equivocada, puesto que el símbolo de las cooperativas siempre ha sido de dos pinos juntos, encerrados en una circunferencia.

Julián pegó una carcajada al ver sus rostros e inmediatamente respondió:

—A menos que quieran que uno de nosotros desaparezca del grupo.

Ambos entendieron al poético Julián. Su amistad era una cooperativa más, y ellos se conocían desde que eran pequeñas semillas de pino. Ahora, ya mayores, se ven alzados como los grandes árboles que son, aunque ellos no se sienten así. La responsabilidad los hizo adultos tan reprimidos, que ese cigarrillo en la calle les parecía un pequeño acto de rebeldía a esas alturas de su vida.

Cada uno acabó su cigarrillo y los tres muchachos responsables se levantaron. El gato blanco dejó de mirarlos y empezó a comer hierba.


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comentarios
  1. Zuri Aguirre dice:

    Wow Donovan, qué cuento tan interesante!! muchas felicidades, es muy grato leerte!!

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  2. Amo tus personajes.

    Le gusta a 1 persona

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