Lluvia en verano

Publicado: 15/10/2014 en Relatos sueltos
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Santiago caminaba de nuevo por aquellos lares, recordando, suspirando casi de mala gana, como si lo obligaran a caminar por la nostalgia. Llevaba tres años sin visitar el barrio de sus viejos amores, o bueno, de sus tantas aventuras y su único amor. Llovía, no podía ser de otra manera.

A Lucía le encantaba la lluvia y, como juego cruel de evocación de la naturaleza, empezó a llover justo al regreso de Santiago. Cosa rara la lluvia en verano, con pleno sol, como cuando Lucía lloraba y sonreía de felicidad al ver a Santiago acercarse a visitarla, como cada tarde luego del colegio: su sonrisa de sol de verano, sus lágrimas de lluvia brillante, como pocas, todas de felicidad.

Sólo ellos sabían su rutina de aquel entonces. Santiago salía del colegio, se tomaba una malta en la tienda más cercana y luego montaba su bicicleta para recorrer los cinco kilómetros que lo separaban de Lucía. Santiago se sentía doblemente libre en esos paseos, una libertad dada por la bicicleta —Santiago amaba viajar lejos de las calles transitadas— y la otra porque, por primera vez, amaba de verdad, sin usar, sin fingir, sin temer.

Al llegar a casa de Lucía Santiago no tocaba ni el timbre ni la puerta. Él dejaba su bicicleta en un terreno baldío y, haciendo gala de agilidad parkour, escalaba hacia la ventana de Lucía y saltaba de allí a la cama, con ella en brazos, a hacerle el amor como cada tarde desde hacía ya tres meses. Hasta que Lucía se mudó.

Nadie le avisó a Santiago aquel día, él solo hizo el mismo recorrido de siempre. Llegó y escaló hacia la ventana, no le sorprendió el no ver a Lucía asomada. A veces ella lo esperaba escondida debajo de las sábanas, vestida solo con su piel morena y sus calcetines —le daba pena estar totalmente desnuda—. Pero la ventana estaba completamente cerrada y, al fijarse mejor, no se veía nada dentro de la habitación. Santiago estaba confundido, desesperado. Rompió la ventana y se metió violentamente al cuarto. Se cortó en el brazo derecho. Nunca se imaginó que aquella herida de cinco puntadas le dolería menos que la ausencia de Lucía.

Santiago se sentó desconsolado. Con Lucía había aprendido a sincerarse un poco consigo mismo, a llorar sin reprimirse. Y efectivamente aplicó lo aprendido. Pero, a diferencia de las de Lucía, sus lágrimas eran de dolor, de desesperación. Miraba el espacio donde debía estar la cama donde aprendió a hacer el amor con ternura, donde aprendió adorar en lugar de consumir, donde aprendió todo lo que le hacía feliz. Lucía era su más grande aprendizaje y, luego de su repentina partida, también su más grande tragedia. Esperaba que alguna explicación apareciera de repente, pero no. Se quedó llorando por horas hasta que la noche le dijo que debía regresar a casa, derrotado y solo.

Pasaron los días, los meses y unos cuantos años. Santiago se graduó y decidió mudarse a una ciudad lejana, para empezar sus estudios universitarios. Cierto día, luego de terminar su carrera técnica, decidió visitar a sus padres. En su casa le esperaban su familia, su mascota y su bicicleta —que no volvió a usar desde el abandono de Lucía—. Jamás le contó a su familia sobre ella. De hecho, no le contó a nadie. Santiago era muy reservado.

La estancia con su familia le alegró aburridamente. Santiago sintió el llamado masoquista de la nostalgia, ese llamado que te hace abrir gustoso viejas heridas. Decidió tomar su vieja bicicleta, que ahora rechinaba pero andaba bien. Recorrió los cinco kilómetros que lo separaban de su dolor lejano y su nostalgia fresca, de su recuerdo de ella.

Seguía lloviendo, con plena luz, y Santiago se disponía a retomar la rutina de aquellos tiempos, para lastimarse con su recuerdo. Pero no pudo, ya había una bicicleta en el terreno baldío en el que solía dejar la suya. Sorprendido, decidió observar la escena. Llegó en el momento preciso para ver al dueño de la otra bicicleta trepar la pared, tal como él lo hacía. Por un momento pensó en un dejavú, pero el muchacho no era como él, era de otra tez, aunque de la misma edad. Santiago subió la pared para observar y vio que el muchacho hablaba solo y hacía el amor con nadie en una cama que no estaba allí.

La rutina del muchacho era idéntica a la de él. Santiago se horrorizó al ver a otro muchacho repetir su historia, pero con nadie. Santiago se escondió para que el muchacho no lo viera al marcharse. Luego entró al cuarto a revisar. No había nada, excepto una carta en el suelo. La carta decía: ”No quería que sepas que hacías el amor con un fantasma, se te veía tan enamorado, tan feliz. Era preferible que te creyeras víctima de un abandono que del fetiche de una muerta pervertida. Yo me enamoré, por eso no quise alimentarme más de tu amor puro. Por favor, perdóname, ama a alguien vivo y se feliz.”

En cuanto Santiago leyó eso: llegó la paz. En ese instante no le importó lo insólito de su historia, sino que al fin supo la verdad. Gritó en el cuarto: Lucía, ve a descansar en paz El hombre vivo que te amó, te perdona.

Dejó de llover.


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