Venganza animal

Publicado: 23/04/2015 en Relatos sueltos, Revista Pluma Roja
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Imagen por: Diane Pernet

El GAVA (Grupo de Acción y Venganza Animal) era un grupo clandestino destinado a acciones radicales a favor de los derechos animales y en contra de su maltrato. Sus operaciones se realizaban gracias a la ayuda de las redes sociales, donde se colgaban y viralizaban fotografías de gente maltratando animales de muy diversas formas.

En la red se volvió legendaria una operación atribuida al GAVA. Un hombre había subido un vídeo a su red social, en el que se lo veía detallando cómo su perro le había destruido un par de zapatos muy caros. El hombre decidió castigar a su mascota, torturándola con una escopeta de salvas. En el vídeo se podían oír claramente dos risas sádicas y enfermizas, al unísono con los quejidos del perro. Tiempo después se viralizó otro vídeo, esta vez se trataba de dos personas —el dueño del perro y el presunto camarógrafo—, torturadas de la misma manera que el perro. En aquel vídeo no se escuchaba risa alguna, sólo los quejidos de los torturados. Lo que sí se veía era un texto que decía: “El GAVA no perdona. Los animales ya tienen dios vengador. ¡Ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre, vida por vida!”.

Por supuesto, las respuestas en las redes no se hicieron esperar. Las había de todo tipo, desde alabanzas por parte de animalistas radicales, hasta comentarios moralistas y legales que advertían al grupo de lo incorrecto de sus actos. Ni el GAVA ni nadie respondían a aquellos comentarios.

A lo único que el GAVA comentaba era a aquellos vídeos o fotos que mostraban maltrato animal, y sus palabras eran siempre las mismas: “La espada del GAVA perseguirá y castigará al culpable. El GAVA siempre encuentra, el GAVA no perdona”.

***

Román estaba a punto de ser aceptado en el GAVA. Había tenido que pasar por tantas pruebas que sentía que fracasar a esas alturas no era una opción. Estaba decidido a pasar el último reto a toda costa, cueste lo que cueste, fuera lo que fuera.

Las primeras pruebas fueron sencillas: algunos tests psicométricos y tareas, como ensayos sobre filosofía relacionados al tema de la justicia y el especismo. Luego de que terminara las pruebas escritas, contactaron con él. Fue desde un número restringido que lo llamaron y lo citaron a un edificio abandonado para asignarle su última prueba.

Los miembros del GAVA estaban todos cubiertos con máscaras o pasamontañas. Sentaron a Román en la única silla que había en todo el lugar y sacaron una laptop. Le mostraron un vídeo en el que se veía a una persona realizando una vivisección a un gato mientras dos personas sostenían a la dueña que lloraba y forcejeaba.

—Así que ya saben de eso —dijo Román, lleno de furia e indignación.

—Por supuesto —respondió el comandante en jefe del GAVA, que era el único del grupo que hablaba.

—Ella es mi hermana. Eso pasó hace un año.

—Lo sabemos. Siempre lo sabemos todo, tarde o temprano —dijo el comandante—. Los que le hicieron eso al gato de tu hermana fueron los amigos de su ex novio. Por eso contactaste con nosotros.

—Correcto. No esperaba menos de ustedes. Lo averiguaron sin siquiera darles una pista.

—Somos un grupo especializado en venganzas. Nos interesa la gente como tú. Gente que pueda guardar rencor en su corazón por mucho tiempo, sin dar señales, esperando el momento y los medios perfectos para actuar.

— ¿Entonces me permitirán ejecutar a los culpables?

— No. No nos gusta que se mezclen asuntos personales en nuestras misiones. Te llamamos aquí por otra cosa.

—Entiendo, señor —dijo Román, respetuosamente resignado.

El comandante colocó un vídeo que mostraba fotos de un hombre joven que pateó brutalmente a un perro callejero hasta romperle varias costillas y dejarlo tuerto del ojo izquierdo.

—Queremos que ejecutes a un criminal menor, que lo vigiles, lo aterrorices, lo caces y le des una golpiza que le rompa dos costillas y le haga perder el ojo izquierdo —dijo el comandante—. Y debes hacerlo tal cual como se te ordena, recuerda: ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre, vida por vida.

Román sentía la adrenalina correr por sus venas, estaba emocionado por la oportunidad brindada por el grupo. Luego de hablar con el comandante, se llevó toda la información y las instrucciones respectivas para llevar a cabo su operativo.

***

Román llevaba ya una semana acosando al objetivo. Tocaba el timbre de su casa a media noche, dejaba notas, amenazaba mediante redes sociales. Todo sin dejar rastro, con la única finalidad de causar pánico e inestabilidad mental a la víctima y hacerla reflexionar sobre el sufrimiento que causó al pobre animal que maltrató.

Luego de algunos días sin acosar a su víctima, Román tenía instrucciones de actuar. El tiempo sin acoso era para dar al objetivo una falsa sensación de seguridad y para bajar la posible protección policíaca que tuviera. Román entró en la casa, cubierto con una máscara, y caminó lentamente a la habitación donde se hallaba el maltratador del perro. Sacó una jeringa de su maleta e inyectó el líquido paralizante en el cuello del objetivo, mientras le tapaba la boca para que no pudiera gritar. Segundos después, la víctima quedó totalmente paralizada y a merced de Román.

Román intentó seguir al pie de la letra las instrucciones: la cantidad de golpes, la cantidad y ubicación de huesos rotos, qué ojo debía dejar sin funcionar, etc.

Terminado el operativo, Román se dirigió al edificio abandonado creyendo que era la base de operaciones del GAVA. Pero no  halló a nadie allí. Recibió una llamada desde un número restringido:

—Deshazte de la evidencia de tu operación. Vuelve tu a casa y espera instrucciones.

Pasó una semana y Román no recibió llamada alguna. Pasó otra semana más y Román creyó haber fallado en su misión. Se resignó a no pertenecer al GAVA y empezó a maquinar otra forma de vengarse de los que traumatizaron a su hermana. Sin consecuencias para él, que era lo que más le preocupaba.

***

Mientras Román caminaba de la tienda a su casa, un extraño vehículo lo interceptó. Hombres encapuchados salieron rápidamente y lo forzaron a entrar, cubriéndole el rostro. El vehículo arrancó y anduvo alrededor de media hora antes de detenerse.

—Buen trabajo, Román —se oyó decir al comandante del GAVA.

Le descubrieron la cara a Román. Estaban en una fábrica abandonada. Del exterior no se podía divisar nada. El comandante acercó una pequeña mesa con una laptop y puso un vídeo en el que se veía a Román cumpliendo con cada parte de su operativo.

—No sabía que me vigilaban, pero lo imaginé —dijo Román, tranquilo de saberse con el GAVA y no víctima de un secuestro. No podía ocultar su satisfacción.

—Imaginas bien, Román. Sin duda tienes talento —dijo el comandante—. Pero debes aprender ciertas cosas. La justicia debe ser perfecta. ¿Recuerdas? Ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre, vida por vida.

—No entiendo a qué se refiere, señor —dijo Román, un tanto asustado por la forma en que el comandante le hablaba.

—Nada personal, Román. Pero el dolor lleva al aprendizaje, y el aprendizaje lleva a la perfección. ¡Y perfección es lo que requerimos de los miembros del GAVA!

Dicho esto, dos personas sostuvieron a Román. El comandante tomó un tubo de metal y lo golpeó fuertemente en el costado. Román cayó al suelo, retorciéndose del dolor. Mientras se retorcía, el comandante puso otro vídeo en el que se mostraba a dos encapuchados realizando una vivisección a los amigos del ex novio de la hermana de Román.

—Esta es tu recompensa por el buen trabajo —dijo el comandante a Román, mientras lo ayudaba a levantarse.

—Si hice un buen trabajo, ¿por qué me golpeas? —replicó Román, enfurecido, pero con toda la calma que podía. Sabía que no era conveniente ponerse rudo con esa clase de gente.

—Tuve que romperte una costilla. Te dije que debías romperle dos costillas al objetivo, y sus reportes médicos dicen que tiene cuatro rotas. Solo un hueso era tu margen de error permitido.

— ¿Y cómo rayos iba yo a saber cuántas le rompí?

—Exacto, fue tu descuido —respondió en un tono muy calmado y frío—. Errores de novato. Pero los errores no son excusa para evitar la justicia. Si nosotros no hacemos cumplir la justicia de forma enérgica, ¿quién en este mundo lo hará?

Román no sabía ni qué pensar, ni qué decir.

—Bienvenido a nuestras filas, Román —dijo el comandante, mientras lo abrazaba cariñosamente.


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comentarios
  1. […] Texto: Donovan Rocester […]

    Le gusta a 1 persona

  2. Ava Maof dice:

    Uf, qué intenso! Me atrapó de principio a fin 🙂

    Le gusta a 1 persona

  3. Mariel dice:

    Me gustó, trasmites, aunque no sea agradable la sensación

    Excelente inicio de semana

    Le gusta a 1 persona

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