Santa Peyote

Publicado: 27/05/2015 en Blacksmith's Workshop, Relatos sueltos, Revista Pluma Roja
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Una respetada anciana, de cierta comuna alejada,  tenía el don de hablar con las plantas. No se sabe bien cómo lo obtuvo y, en realidad, tampoco es que la gente creyera mucho en su don. El respeto de la anciana venía, más bien, de su faceta de curandera.

La anciana tenía dos mejores amigos: un cactus peyote,  que llevaba a todos lados en una pequeña maceta, y un árbol al que visitaba todos los días. Siempre se la podía ver hablando con su peyote, como viejos amigos. En cambio, al árbol le rezaba cada cierto tiempo. Muy aparte de las conversaciones que tenía con él cuando descansaba bajo su sombra.

Cierto día, en la comuna, la anciana anunció que debía marcharse para un retiro espiritual. Nadie se dio cuenta, pero todos esos días la anciana los pasó meditando bajo la sombra de su amigo el árbol. Según parecía, la cosa era muy seria. Puesto que —para aumentar los poderes de meditación de la anciana— el amigo peyote le dio permiso de cortar pedazos de él y comerlos de forma ceremonial. Ocho días duró el retiro.

Cuando la anciana volvió, pidió que le trajeran a los enfermos. Estaba sorprendida de ver tantos casos, puesto que la gente de la comuna no se enfermaba con facilidad gracias a sus pociones de medicina preventiva. Tampoco le  habían informado sobre la epidemia que se desató justo un día después de que anunciara su retiro espiritual.

La anciana hizo que los enfermos comieran hojas de su amigo el árbol.  Además, les contó que el árbol la había llamado para informarle que muchas personas buscarían talarlo en un futuro cercano; y que era misión de ella protegerlo. La anciana contó que aceptó la misión y que, gracias a las visiones provocadas por la ingesta ceremonial del peyote, pudo prever el futuro.

Los enfermos mejoraron de forma milagrosa, luego de los cuidados de la sabia anciana. Las cosas en la comuna volvieron a ser como eran antes de la extraña epidemia, salvo la reputación de la anciana que no hizo más que crecer. Su fama incluso llegó a los pueblos cercanos.

***

Pasaron los años y la anciana murió. Su fama y su capacidad de curar y prevenir todo tipo de enfermedades llegó a ser legendaria. Antes de su muerte, en su comuna, ya se hablaba de que era una santa.

Al morir, la anciana dejó dos peticiones. La primera era que, por favor, encima de su tumba hicieran una especie de altar para que reposara su amigo el peyote —que ahora tenía una marca de cruz, provocada por los pedazos arrancados en el retiro espiritual  de años atrás—, y que lo regaran cada veintiún días. La segunda petición fue que mantuvieran sellada una carta que dejó escrita, y que la abriera el curandero de turno en cierta fecha señalada.

Cuando la fecha señalada se cumplió, los fieles de la anciana —que eran básicamente los que salvó de la epidemia aquella vez— hicieron tal como ella pidió. La carta decía:

“Tal vez muchos me crean loca, pero les ruego que, en exactamente un mes, estén pendientes del árbol que con el que yo conversaba. Mucha gente querrá cortarlo, pero es vital que éste siga en pie. Es un asunto de vida o muerte. Les pido, desde mi muerte, que cumplan el deseo de esta anciana… y que cuiden a mi amado peyote”.

Los fieles se quedaron pasmados. Muchos sintieron curiosidad.

En exactamente un mes, los más fieles —ocho personas— se reunieron al pie del árbol. Unas horas más tarde, se  vio a algunas personas empezando trabajos en el terreno circundante. Uno de los fieles ser acercó a preguntar y le dijeron que iban a construir una ciudadela cerrada en esa zona, por lo que talarían los árboles que estorbaran en el camino.

Los ocho fieles se sentían inseguros, pero se quedaron al pie del árbol para evitar que lo talaran. Pasaron los días y, uno a uno, se fueron marchando por considerar todo el asunto como inútil. Al final solo quedó uno que, por miedo a que se lo llevaran a la fuerza, se encadenó al árbol.

Pasaron algunos días más y el fiel no se movió de su sitio. Al ver su perseverancia, los otros fieles volvieron a apostarse al pie del árbol. El asunto prosiguió hasta que, no se sabe bien cómo, los encargados de obra llegaron al acuerdo de construir la ciudadela alrededor del árbol, que usarían como parte de la decoración; puesto que estaba ubicado justo en el centro de donde se construiría la ciudadela.

***

El fiel que se encadenó al árbol se mudó y estableció una familia, lejos de la comuna, llevando una vida sin complicaciones hasta llegar a ser un anciano. Uno de sus hijos se volvió un exitoso profesional y se lo llevó a vivir a la ciudadela cerrada que antes era la comuna —y que seguía teniendo el árbol en el centro como parte de su decoración—. El anciano fiel iba todos los domingos a rezar al árbol, recordando a la anciana que le salvó la vida dándole de comer las hojas de su amigo.

Las noticias del momento, poco a poco, empezaron a centrarse en una sola cosa: una epidemia sin cura arrasaba con la gente. El anciano, poco asiduo a los noticieros, no se enteró de los sucesos hasta que uno de sus nietos enfermó. No le fue fácil, pero llegó a reconocer los síntomas, que eran muy similares a los que tuvo en su juventud. La familia estaba desesperada y esperando lo peor, dado que ya eran muchos los muertos por aquella enfermedad y ninguna cura se había conseguido. Entonces, el anciano decidió ir al árbol, arrancar un par de hojas y dárselas de comer a su nieto. La familia quedó pasmada al ver que el niño mejoraba. Le preguntaron al anciano de dónde sacó aquellas hojas, y éste les explicó que del árbol del centro de la ciudadela; y les contó la historia de la anciana y de cómo el árbol llegó a estar allí.

La familia decidió llamar a las autoridades sanitarias e informarles del extraño acontecimiento y de la mejora del muchacho. En seguida, empezaron los estudios sobre la composición de las hojas del árbol y se pudo desarrollar una cura para la extraña plaga. Los botánicos llegaron a considerarlo un milagro, debido a que la especie del árbol se dada por extinta y el ejemplar de la ciudadela era el único que quedaba.

Los rumores sobre el árbol, la anciana y la carta profética no se hicieron esperar. A la voz de milagro, la iglesia católica se hizo presente. Luego de muchas averiguaciones, la iglesia certificó aquel milagro como genuino. Varios años  después, empezó el proceso de canonización de la anciana, cuyo nombre jamás se supo. La gente solo la conoció como la “curandera peyote”.

Así fue como el peyote llegó a las filas de los santos católicos, bueno, no exactamente el peyote, pero sí Santa Peyote: la santa patrona de las curanderas.


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comentarios
  1. Reblogueó esto en Blacksmith´s Workshopy comentado:
    Blacksmith sigue ilustrando para nuestro amigo Donovan 😀

    Le gusta a 1 persona

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