El continente flotante

Publicado: 27/06/2015 en Relatos sueltos, Revista Pluma Roja
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Imagen por: Blacksmith Dragonheart

Cierto grupo de personas en el siglo XXIII se las ingeniaron para hacer flotar en el cielo una porción muy grande de terreno. El terreno, una vez arriba, estaba diseñado para quedarse flotando indefinidamente casi sin esfuerzo energético.

Años después, luego de muchos estudios, los ingenieros detrás del proyecto “Continente flotante”, se transportaron con sus familias en máquinas voladoras hacia el territorio en el cielo, para colonizarlo. Poco a poco ciertas familias de granjeros, discretamente informadas, aceptaron mudarse a ese mismo lugar.

Una vez colonizado el “Continente flotante”, sus habitantes lo convirtieron en un sistema independiente del contacto con la superficie. El lugar poseía un programa de administración sostenible de  sus recursos agrícolas y ganaderos, nada se desperdiciaba. También tenía su propia fuente de electricidad y planta potabilizadora de agua, así como de tratamiento de aguas residuales.

Se requirió el trabajo de muchas generaciones desde la colonización del “Continente flotante” para lograr convertirlo en la joya sostenible y ecoamigable que ahora era. La discreción de todos los involucrados en el proyecto, junto al hecho de que todos ellos se mudaron a aquel lugar, logró que el secreto se mantuviera intacto y que nadie pudiera descubrir la ubicación del lugar.

 

***

Los habitantes del “Continente flotante” vivieron décadas de paz en su comunidad aislada a dos mil metros sobre el nivel del mar. Su ubicación seguía siendo un misterio debido a que era complicado verla desde abajo gracias a su camuflaje inferior, y desde arriba casi ningún civil podría verla por estar alejada de todas las rutas de vuelos comerciales. Lastimosamente para ellos un avión militar de cierto gobierno llegó a tener un avistamiento del “Continente flotante”.

—Papá, ¿qué son esas cosas que dan vueltas en el cielo? —preguntó la joven hija del gobernador Dalmau.

—Aviones, corazón. Son aviones —contestó el treintañero padre.

—¿Vienen a vernos?

—Así lo creo mi amor —Dalmau le respondía a su hija sin siquiera mirarla, estaba desconcertado por los patrullajes cada vez más frecuentes—. ¿Por qué no vas a jugar con tu mamá?

—¡No quiero! —la niña hizo un puchero. Amaba estar con su padre.

—Escuché que te tiene un chocolate —Dalmau mentía.

—¡Chocolateeeeee! —la niña corríó contenta hacia donde su madre.

—Este problema se va a poner feo —pensó Dalmau en voz alta.

 

***

La visita de aquellos que patrullaban no se hizo esperar mucho.

—El Imperio del Norte demanda su colaboración, señor Dalmau —dijo un militar de alto rango, golpeando el escritorio del gobernador.

—Quiero saber por qué deberíamos pagar impuestos cuando por décadas nuestro territorio estuvo abandonado por el Imperio. Incluso desde que aún pertenecíamos a sus tierras —respondió Dalmau sin señal alguna de estar intimidado por el militar o sus enormes escoltas.

—¿Cree usted que ya no pertenece al territorio del imperio? —dijo el General Smith en un tono desafiante—. ¿Quiere que le recuerde el concepto de espacio aéreo imperial?

—¿Ese concepto trillado de siglos anteriores? ¿En serio su argumento legal se basa en conceptos territoriales de hace siglos? —respondió Dalmau aguantando mucho la risa.

El General Smith tensó el puño a causa del desafiante tono de Dalmau. Calló un rato.

—Yo solo espero su colaboración. Tenga, lea —dijo el General mientras ponía un sobre en el escritorio de Dalmau—. Verá que las condiciones son más que generosas.

Dicho esto, los militares se retiraron.

 

***

—¡Estos malditos campesinos se creen demasiado por haber logrado su hazaña! —gritaba furioso el General Smith.

—Cálmate Smith, hay muchas formas de lograr lo que se desea —respondió Adams, la mano derecha del General Smith.

—¡Están en territorio imperial, y ese tal Dalmau me mira como si yo fuese un niño!

—A su lado lo eres, en edad. Eres un prodigio, un General de veintiún años —dijo Adams en el tono correcto para no ser tomado por adulador, pero sí para alimentar el ego del joven general.

—¡Algo hay que hacer! ¡Esa gente debe respetarme!

—Se hará señor, tengo un plan. Vamos a asustarlos un poco.

—Te oigo, Adams.

 

***

Pasados unos días, el General Smith volvió a audiencia con el Gobernador Dalmau.

—Y bien, Dalmau. ¿Qué decides? —dijo Smith, esperando una rendición completa por parte del Gobernador.

—No veo ninguna opción pacífica. Ustedes quieren que nosotros, los dueños del lugar, aceptemos entregarles el control de nuestras tierras o que les dejemos instalar bases militares, o sino pagar tasas altísimas de impuestos que saben que no podremos pagar, puesto que no usamos dinero —hasta aquí Dalmau mostró calma—. ¡Esto es un insulto General!

—Veo que su posición no ha cambiado en nada. Es una pena —el General hablaba de forma diferente a la anterior, una forma más segura—. ¡Retirada!

Los militares se fueron sin explicar nada. Durante meses no se volvió a saber de ningún patrullaje o de presencia militar en los alrededores del “Continente flotante”.

 

***

—Adams, ¿Estás seguro de esto? —preguntó el General Smith con evidente nerviosismo.

—Claro que sí, señor —contestó Adams con mucha seguridad—. Solo dé la orden, no habrán heridos, pero de seguro sí logrará una rendición total por parte del enemigo, señor.

—Creo en ti, Adams. ¡Inicien la operación “Lluvia del juicio”!

 

***

—Papá, ¿esos también son aviones? —dijo la pequeña hija de Dalmau, señalando algo fuera de la ventana.

—Sí, pequeña. Son aviones —Dalmau temblaba del pánico—. Vete a jugar con tu mamá.

—¿Puedo comer chocolate?

—Sí, mi vida. Vamos a abrazar a tu mamá y comeremos todo el chocolate que quieras —Dalmau, llorando, le dio un gran abrazo a su pequeña hija.

—¿Por qué lloras, papi?

—Te amo pilluela.

Esas fueron las últimas palabras de Dalmau, antes de que el continente flotante explotara en mil pedazos a causa del impacto de ocho misiles enviados por la orden del General Smith. No quedaron rastros ni del continente ni de sus habitantes. Tampoco hubo testigos y aparentemente no quedaron registros del proyecto de los antepasados de Dalmau. El proyecto que nació en secreto, murió en secreto y el caso quedó en la más total impunidad.

 

***

—¡Me dijiste que no habrían heridos, Adams! —gritó el General Smith, lleno de desesperación—. ¡Acabas de convertirme en un genocida!

—¿Yo, señor? —respondió sarcástico Adams—. Yo solo lo escuché a usted dar la orden.

—Pe…pero —el joven general Smith sentía náuseas—. ¿Qué haremos?

—¿Haremos, señor? —Adams sonaba desafiante—. ¿Qué hará usted, es la pregunta?

—¡Maldita sea, Adams, no estoy para tus juegos!

—Sólo bromeaba, General —Adams mostraba una sonrisa siniestra—. No pasará nada, será un secreto entre nosotros dos. Después de todo no hemos informado al Imperio, no hay testigos y nadie sabía de la existencia de dicho lugar.

—¡Tienes razón! —el influenciable General Smith suspiró aliviado—. ¡Limpien el desastre y borren la evidencia!

 

***

—¡Eres un traidor! —gritó Smith a Adams, desde su celda.

—Nada personal, señor. Pero la milicia no es para los ingenuos, al menos no la milicia imperial —dijo el ahora General Adams, en tono de grandeza.

—Con tu permiso, Smith. Iré a entregar mi proyecto al emperador. Le dará gusto saber que encontré esos “viejos planos perdidos” sobre la tecnología para crear bases militares flotantes.

—¡Maldito hijo de puta!

—¡Guardias! Controlen a ese prisionero insolente —dijo Adams, señalando lo que era la orden de una paliza contra Smith.


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  2. […] para el relato “Edrel’ch y el #21” de nuestro escritor Donovan Rocester, que está publicado en el blog de la Revista Salto al […]

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  3. […] Ilustración para el relato “El continente Flotante” de nuestro escritor Donovan Rocester, publicado en el blog de la Revista Pluma Roja. […]

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