El atentado de Los hermanos Kérberos

Publicado: 05/02/2020 en Blog Salto al reverso, Relatos de otra dimensión
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Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Hercules and Cerberus statue», de WikiMedia (CC0)

Un grupo de trillizos escapó de un orfanato y pasó su niñez viviendo en casas abandonadas, subsistiendo mediante el robo de alimentos. Ya en su adolescencia tenían a su haber muchos crímenes por los que nunca recibieron un juicio. Para ese entonces eran conocidos como Los asesinos Delta, por el tatuaje en forma de triángulo negro que tenía cada uno en diferentes partes del cuerpo. Uno en la frente, y los otro dos en un muslo diferente. Esta información fue obtenida por una de las pocas personas que, sin morir en el intento, logró ver a los asesinos en serie y dar su testimonio.

Durante uno de sus constantes robos y asesinatos, encontraron una misteriosa escultura de un perro de tres cabezas encadenado por un hombre. La escultura tenía marcas de una escritura muy antigua, y cada perro tenía incrustadas dos piedras negras en lugar de ojos. Los hermanos, luego de matar al dueño de la casa, robaron la escultura impulsados por un extraño influjo. No se volvió a saber de ellos durante años.

***

Luego del robo de la escultura, los hermanos la llevaron a una de sus casas provisionales y la examinaron. Se dieron cuenta que no había nada aparentemente valioso en ella, salvo las piedras negras en los ojos de cada perro. Intentaron sacarlas a la fuerza, para cotizarlas en el mercado negro e intentar venderlas a buen precio. Pero, en cuanto intentaron quitar una de las piedras, la escultura se encendió en llamas, haciendo que la soltaran inmediatamente. Luego, para sorpresa de los hermanos, la escultura en llamas levitó hacia el centro de la habitación y empezó a hablar.

—El lazo de sangre es necesario para el conjuro de invocación. Solo tres hermanos de la misma edad podrán liberar el poder completo de esta escultura. ¿Serán ustedes aquellos que lo logren?— la escultura esperaba una respuesta de los impactados hermanos.

Los hermanos se miraron entre sí, sorprendidos y dudosos sobre qué respuesta dar. También estaban mareados por el humo negro que provenía de la escultura en llamas. Pero, bajo el oscuro influjo del humo negro, finalmente dijeron al unísono: “¡Queremos ese poder!”.

—¡Perfecto! —dijo la escultura—, pero antes deberán firmar el contrato y pagar el precio.

Dicho esto, la escultura empezó a explicarles paso a paso todo lo que debían hacer.

***

La escultura estaba lista y todos los ingredientes estaban reunidos en el sótano de una casa de la que se apoderaron una semana antes, secuestrando a sus dueños. Primero, cada uno tuvo que hacerse un corte en la muñeca izquierda y derramar, al mismo tiempo, su sangre sobre la escultura. Eso hizo que la escultura pasara de un color parecido al mármol, a tener el mismo color que la sangre. Luego, fueron a la habitación donde tenían a los dueños de la casa con su hijo. Los llevaron amarrados ante la presencia de la escultura, que levitó hasta el centro de la habitación y dijo: “¡Ahora!”. Dicho esto, los hermanos degollaron a sus tres rehenes, al mismo tiempo, y los ofrecieron como sacrificio ritual, recitando un conjuro que la misma escultura les había enseñado.

Inmediatamente después del sacrificio y el conjuro, la escultura empezó a convertirse en polvo, dejando solo los ojos de los perros. Los hermanos tomaron, cada uno, dos piedras negras y oyeron una voz que salía al mismo tiempo cada una:

—De ahora en adelante, serán conocidos como Los hermanos Kérberos. El sello que mantenía encerrado el poder de la escultura se ha roto. Ahora es suyo. Aprendan a usarlo, ¡si es que son capaces!

***

Años pasaron. Los hermanos Kérberos, luego de mucha investigación, descubrieron que las piedras podían ser descifradas con un arte conocido como vudú. Aprendieron las bases de dicho arte y descifraron cada una de las seis piedras negras. Descubrieron que cada pareja de ojos contenía un conjuro de Mahou de efecto desconocido. Cada conjuro mostraba un mayor nivel de dificultad en cuanto a los pasos e ingredientes requeridos.

Eventualmente, intentaron el primero de los tres conjuros contenidos en las piedras negras. El conjuro tenía como requisito un sacrificio humano por cada una de las piedras, es decir, un sacrificio por cada cabeza de perro. Con los ingredientes reunidos, en un sitio apartado y al aire libre, Los hermanos Kérberos procedieron a la ejecución del conjuro. Con las piedras negras en cada una de sus manos, cada hermano tomó a un rehén y lo degolló. Luego, sumergieron sus piedras negras en la sangre de sus víctimas. Las piedras brillaron y, de cada par, empezó a salir una especie de humo negro que se acumulaba poco a poco hasta formar la silueta de un perro. Una vez formadas las encarnaciones de humo, los hermanos tomaron a los otros tres rehenes y los ofrecieron como sacrificio a los perros. Cada silueta de humo empezó a invadir y consumir a su víctima, que gritaba de dolor en el proceso. Al concluir el sacrificio, los perros tomaron forma material.

Los tres perros tenían un gran tamaño, alrededor de cinco metros de altura. Y empezaron a aullar al unísono. Luego de eso, los hermanos intentaron hablar con los perros. Cada perro eligió a su dueño y empezaron a explicar que, antiguamente, habían sido encerrados por un poderoso alquimista dentro de aquella escultura. Y que, durante siglos, habían esperado la remota posibilidad de hallar unos trillizos dispuestos a liberarlos, puesto que ese lazo de sangre era uno de los ingredientes principales para romper el sello. Dicho esto, cada perro dirigió la mirada a su dueño y, al unísono, dijeron: “Y, hablando de sangre, aún no recuperamos del todo nuestros poderes”.

Luego de aquellas palabras, cada perro empezó a atacar a su dueño. Los hermanos intentaron evadir los ataques con sus habilidades vudú, pero no lo lograron. Pese a ello, los perros no los mataron. Una vez dejaron gravemente heridos a Los hermanos Kérberos, los perros dijeron:

—Necesitábamos de su sangre, tomada por la fuerza, para así recuperar nuestros poderes. Tómenlo como un precio por el contrato de invocación.

Los perros, entonces, aullaron al unísono mirando la luna llena y cada uno lanzó un rugido. Uno de los perros emanaba un aliento con llamas. Otro, un aliento de hielo. Y, el último, un aliento eléctrico. Terminada la exhibición de poder, los perros se volvieron humo nuevamente y volvieron cada cual a su par de piedras negras. Luego de su larga recuperación, cada uno de los hermanos quedó con una secuela física diferente. Uno de los hermanos perdió un ojo. Otro, un brazo. Y, el último, una pierna.

***

Pasaron muchos años de dolorosa rehabilitación. Sin embargo, los hermanos estaban seguros que no había sido en vano. Los perros, para poder liberarse del sello, habían firmado un contrato de invocación con ellos, por lo que no podían negarse cuando se los llamara. Pero ellos ya sabían de la monstruosa fuerza y agresividad de los tres perros. Por lo que decidieron entrenar durante un tiempo antes de invocarlos de nuevo, para que no se repitiera el incidente de la primera vez. Además, tenían los ingredientes preparados para el segundo de los tres conjuros que contenían las piedras.

Esta vez, los ingredientes eran seis sacrificios humanos y tres semillas de la codicia. Los tres primeros rehenes fueron utilizados para el ritual de invocación. Los Hermanos Kérberos degollaron, al mismo tiempo, a tres de sus víctimas mientras recitaban un conjuro de Mahou. Inmediatamente, arriba de ellos, se abrieron tres grietas dimensionales que trajeron de vuelta a los perros. Los hermanos esquivaron el primer inconveniente y evitaron ser aplastados por los perros dando un rápido salto hacia atrás. Antes que los perros pudieran reaccionar, degollaron a los rehenes restantes y recitaron el segundo conjuro contenido en las piedras de la escultura. Luego, los hermanos embebieron sus piedras negras en la sangre. Es decir, las piedras que representaban los ojos de la escultura, más las semillas de la codicia que consiguieron matando tres diferentes practicantes de vudú.

Una vez hecho eso, las piedras levitaron y empezaron a usar la sangre y huesos de los sacrificios para formar, en los cuerpos de los hermanos, los miembros perdidos. Tenían su ojo, brazo y pierna otra vez, pero eran de color negro y cada uno tenía incrustadas tres semillas de la codicia.

Con sus miembros ya regenerados, y el poder de las semillas de la codicia, su sed de sangre aumentó. Además, de cada miembro artificial, ellos podían enviar una señal que controlaba mentalmente a los perros. Así lograron el control de las criaturas que tanto esfuerzo y dolor les costó invocar.

***

Una vez logrado el control de sus invocaciones, Los Hermanos Kérberos se dirigieron al pueblo donde estaba el orfanato del que huyeron. Se hospedaron unos días en un departamento amoblado, sin llamar la atención. Durante ese tiempo, se dedicaron a conseguir nueve sacrificios más. Cuando dejaron a sus rehenes maniatados en la cueva más cercana, se dirigieron al pueblo a marcar tres paredes con símbolos pintados con una mezcla de su sangre y la de sus rehenes.

Hecho esto, volvieron a la cueva y, cada cual, tomó a una víctima, la degolló y recitó el conjuro correspondiente para abrir la grieta dimensional e invocar a su respectivo perro. Inmediatamente, enviaron la señal de control mental y mantuvieron quietos a los canes para dibujar en símbolos de sangre en sus lomos. Luego, tomaron tres rehenes más, los degollaron y recitaron un conjuro. Eso abrió otra grieta dimensional que se llevó a los perros y los invocó en el lugar donde dejaron las marcas de sangre en el pueblo.

Finalmente, degollaron a las víctimas restantes y recitaron otro conjuro. Esto provocó que aparecieran tres grietas dimensionales que transportaron a los hermanos sobre las marcas de sangre dibujadas en los lomos de sus respectivos perros. Una vez completado el proceso, utilizaron a los perros para destruir todo a su paso. Usando el aliento del perro eléctrico, sobrecargaron el sistema de abastecimiento de energía para dejar la ciudad a oscuras. Usando el aliento del perro gélido, congelaron el suelo para evitar que cualquiera escapara en vehículos o a pie. Y, finalmente, quemaron todo y a todos a su paso usando el aliento del perro ígneo.

No hubo forma de registrar evidencia alguna de lo sucedido. No quedaron sobrevivientes en el pueblo. Las fuentes oficiales declararon un ataque terrorista de un grupo desconocido que decidió no atribuirse el atentado.

 

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