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Originalmente publicado en: Azahar literario

—No es la primera vez que me corta la conversación de golpe. Nunca he sido celoso, pero está muy raro todo esto —dijo Matías, algo contrariado—. ¡Siempre son los viernes, siempre a esta hora! Estamos conversando de lo más normal y…

— ¿De repente se desaparece por tres horas y te escribe como si nada hubiera pasado? —interrumpió Marcos, luego de darle una calada a su cigarrillo.

—Sí, eso —Matías dio un largo trago a su cerveza—. Por eso te llamé. Tú me puedes ayudar.

— ¡Para eso son los amigos! —Marcos le dio un abrazo a Matías, siempre tuvo sus sospechas—. Ella no te merece y lo sabes.

— ¡No quiero sermones, Marcos! Quiero respuestas —Matías no soportaba ni la sugerencia del tema de los cuernos.

— Está bien. Yo solo decía. No te enojes y mantén el plan. Respóndele como siempre.

— Me sigue escribiendo como si nada —Matías vio la hora en su celular, eran las 21:17—. Aún no es hora.

—Bueno, pues. Si lo que dices es cierto, en cuatro minutos dejará de responderte y podremos ver si sale de su casa —Marcos lanzó su cigarrillo al suelo y lo pisó.

— ¿Tienes todo listo? —Matías se acabó media cerveza de un tirón.

— ¡Sí, patrón! —dijo Marcos en tono de burla.

—Ya dejó de responder —Matías le enseñó su celular a su amigo—. Mira su última conexión, 21:21. Como cada viernes. Luego de eso no aparecerá hasta luego de tres horas.

—Interesante, mira —Marcos le dio unos binoculares a su amigo.

Se vio a la novia de Matías salir de su casa.

—Bien, pues. Veamos a donde va tu novia cada viernes por la noche —dijo Marcos, disfrutando del misterio.

Los muchachos siguieron a la joven, guardando cierta distancia para que ella no pudiera detectarlos. Marcos era experto siguiendo a la gente, se ganaba la vida haciendo investigaciones de infidelidad y cosas así.

—Hemos caminado alrededor de una hora y Sandra no se detiene, no entiendo nada —dijo Matías, algo cansado de tanto caminar.

Ambos se preguntaban qué podía hacer Sandra a esas horas y en un lugar tan solitario.

— ¿Escuchas eso? —Matías se mostraba algo nervioso.

—Son pasos, de mucha gente —Marcos casi nunca se asustaba, esta no era la excepción—. ¿Estás asustado, amigo?

— ¡Deja de decir estupideces y dame los otros binoculares! —renegó Matías por la burla de su amigo.

Matías se extrañó más cuando vio con los binoculares infrarrojos. Se podía observar claramente un grupo de personas caminando en el bosque, adentrándose más en él. Sandra estaba entre esas personas.

—Marcos, ¡mira esto! —dijo Matías a quien creyó que estaba a su lado. Marcos había desaparecido.

La reacción de Matías fue de sobresalto.

— ¡Marcos! ¿Dónde estás? —gritaba un asustado Matías.

—Ja, ja, ja —rió Marcos desde atrás del árbol donde se estuvo escondiendo—. Debiste ver tu cara, fue única.

— ¡Payaso! ¿No te parece lo suficientemente rara la cosa como para andarte con chistes? —dijo Matías

— ¡Relájate! —Marcos recuperaba la respiración luego de su ataque de risa—. De seguro son un culto raro de niños. Alégrate de que no se fue a ver con otro.

—A mí esto me da muy mala espina. ¿Me puedes decir qué es esto? —Matías le mostraba a Marcos una zona de rojo intenso que se veía con los binoculares, más adelante en el bosque.

—Jamás había visto una marca así —Marcos estaba intrigado—. ¡Vamos a verla!

—No hay de otra, el grupo parece dirigirse hacia allá. Adelantémonos.

Los dos muchachos se dirigieron hacia la zona roja que se veía en los binoculares. Sin embargo, no lograron ver ninguna fuente de calor. Solo se veía un extraño arbusto sin hojas, en un claro del bosque, con cuatro piedras rodeándolo.

—Marcos, mira —Matías usó los binoculares y se dio cuenta de que era el arbusto el que emitía el color rojo que se veía.

Marcos no se lo podía explicar. Se suponía que, forzosamente, el arbusto debía estar en llamas para emitir una señal como esa. Marcos se acercó a examinar el extraño arbusto. Matías estaba más preocupado en usar los binoculares para no perder de vista a los que caminaban junto a su novia. Perdió de vista a su amigo unos minutos mientras observaba.

Se escuchó un estruendo y un grito cortado bruscamente. Matías regresó al lugar del arbusto y no vio a Marcos.

— ¡Qué gracioso! —gritó Matías al aire—. ¡Sal de allí y vamos a escondernos! Esa gente se acerca.

Marcos no respondió. Matías buscó a su amigo por los alrededores, pero no halló nada. Se vio obligado a esconderse solo, mientras esperaba la llegada de los caminantes.

Matías, escondido detrás de un árbol,  vio a cada uno de los caminantes hacer el mismo proceso: caminar alrededor del arbusto, tocar cada una de las cuatro piedras y regresar por donde vino. Las piedras brillaban cada vez que un caminante las tocaba. Cada vez que las cuatro piedras eran tocadas, el arbusto brillaba una vez y crecía ligeramente.

Era el turno de Sandra.

— ¡Vámonos de aquí! ¿Qué haces con estos dementes? —gritó Matías mientras agarraba del brazo a su novia, intentando llevársela a la fuerza.

Sandra estaba bajo un estupor. No parecía estar consciente de sus actos. Una luz empezó a salir de una de las ramas del árbol, tomó forma de rayo y tocó a Matías. El rayo lo paralizó. En un abrir y cerrar de ojos se vio en un lugar completamente diferente.

—Siento que todo tenga que terminar así para ti, muchacho —dijo un extraño anciano con capucha negra, a su lado se encontraba el cuerpo petrificado de Marcos—. Si permito que te lleves a la chica, descompleto el número necesario para el ritual. Si arruinas el ritual, mi planta perderá la energía acumulada y será inútil.

El encapuchado parecía tener muchas ganas de hablar, como si no hubiese tenido contacto humano por un largo tiempo. Le explicó al petrificado Matías que él era un alquimista, y que la planta era un instrumento que robaba energía vital a aquellos que llegara a influenciar con sus esporas. Dijo que, al no tener una piedra filosofal para su cometido, se vio obligado a usar el recurso de la planta.

Luego de un mes la planta fue movida de sitio y usada para su propósito. Sandra no volvió a caminar involuntariamente por el bosque luego de eso. No se volvió a saber nada de Matías ni de Marcos. Dos plantas extrañas aparecieron en dos lugares lejanos. Tal como con la primera, nadie advirtió de su presencia.


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Uróboros

Publicado: 23/11/2015 en Azahar literario, Relatos sueltos

Originalmente publicado en: AZAhAR literario

—Muerte a lo viejo —susurró Pablo a su compañero del museo.

Con esas palabras Ernesto supo que la logia se congregaría luego de la jornada de trabajo.

Ernesto y Pablo trabajaban en el Museo Municipal de la ciudad de Khisse. En ese museo había un sótano donde guardaban los libros de la antigua biblioteca. Por aquellos años del siglo XXIII, el olvidado arte de la literatura se promovía en secreto. Cada día de reunión, el líder susurraba la frase ‘muerte a lo viejo’ a cualquier subordinado cercano. Aquel que oía la frase tenía el deber sagrado de comunicar a los demás que el encuentro se efectuaría.

Era la primera vez que Ernesto asistía a la logia y no deseaba perderse ningún detalle. Se paró junto a Pablo y se sentó en el círculo de lectura, que era donde discutían sobre la obra literaria de turno. En aquella ocasión se discutió sobre la contranovela Rayuela. Una vez que terminaron de participar todos los miembros del grupo, empezó el ritual de sacrificio.

—Hermanos. Estamos aquí reunidos para devolver el arte al mundo —decía solemne el Sumo Sacerdote, en el centro de la mesa.

— ¡Que vuelva a la vida! —decían los espectadores en tono ceremonioso.

—El decadente mundo material nos ha llenado las bocas, pero nos ha dejado un agujero en el alma —el Sumo Sacerdote continuaba su discurso —. Lo que ahora llaman arte está contaminado por la suciedad del dinero. Si no vende: no se promueve nada. Todo está comprado.

—¡Que se haga el sacrificio! —gritaban los espectadores.

—¡Que reencarne la inspiración de antaño! —gritaban las melodiosas sacerdotisas.

Los miembros de la logia del museo creían firmemente que la lectura y posterior sacrificio de las ‘grandes obras olvidadas’ podían lograr que la inspiración impregnada en sus páginas volviera a rondar por el mundo, para así revivir el interés de la humanidad en leer y escribir. El sacrificio consistía en derramar cierta cantidad de sangre, de cada uno de los miembros de la logia, sobre tres ejemplares de la obra elegida,  para luego apuñalarlos con una espada ceremonial.

— ¡Que muera lo viejo para alimentar a lo nuevo! —gritaron los miembros de la logia, luego de la puñalada del Sumo Sacerdote.

Ernesto estaba muy atento a la escena, sintiendo que los libros realmente sangraban. Le emocionaba pensar que algo de esa sangre estuvo hace poco en sus venas.

Pablo vio que su amigo lloraba y le preguntó si le pasaba algo, a lo que Ernesto respondió:

— Me di cuenta de que yo también soy un cronopio.

Pablo no entendió a qué se refería. Con el paso de los años no había quedado nada de Cortázar, salvo su gran novela. Ni siquiera quedaban referencias sobre cualquier otra de sus obras. La palabra ‘cronopio’ parecía un invento de la mente de Ernesto.

— ¿Estás bien? —volvió a preguntar Pablo.

— Creo que… —dijo Ernesto, callando sin completar la frase.

— ¿Crees qué?

— Creo que quiero escribir un libro.

Pablo quedó atónito luego de oír esas palabras. Hizo un grosero sonido de silencio que interrumpió los cánticos del sacrificio.

— ¿Qué te sucede Pablo? —dijo el Sumo Sacerdote, en tono represivo.

— Repíteles lo que me dijiste, Ernesto —dijo Pablo.

— Creo que quiero escribir un libro —respondió Ernesto, que parecía estar bajo un trance.

Todos en el sótano se quedaron pasmados durante unos segundos.

— ¡Ha ocurrido el milagro! —gritaron las sacerdotisas.

— ¡Ha vuelto la inspiración! —gritaron los asistentes.

—En el nombre del arte, del vicio y del grandísimo espanto: amén —dijo solemnemente el Sumo Sacerdote.

—Amén —gritaron todos.

Luego de algunos días de enfebrecido trabajo, Ernesto volvió a escribir ‘Historias de cronopios y de famas’.


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Originalmente publicado en: AZAhAR literario

Donovan relato lesbos

Imagen por: Blacksmith Dragonheart

Génesis lleva tiempo mirándome mucho. Debo admitir que al inicio me incomodaba, pero ahora le he agarrado el gusto a esas miradas provocativas. Hay algo detrás de esos lentes que me intriga, pero no logro definirlo con exactitud. He intentado acercarme varias veces, luego de las clases de Administración de operaciones, pero siempre se va cinco minutos antes. La he seguido, y su rutina siempre es la misma: sale de clases, va al baño, se arregla un poco, sale de la facultad y se sube a un carro lujoso.

Quiero saber más, pero el aura de misterio que la cubre es casi tan grande como la inocencia pícara que proyecta. No sé si investigarla a profundidad o quedarme tranquila y buscar un entretenimiento más sano.
(más…)

Originalmente publicado en: AZAhAR literario

Imaginario borgeano

Imagen por: Blacksmith Dragonheart

El Maestro y yo llevábamos meses estudiando la exploración de mi subconsciente, intentado recuperar ciertos recuerdos bloqueados de mi infancia.

—La mente tiene muchas puertas, con destinos muy diferentes —dijo Duncan, el shamán, en el tono ceremonioso que acostumbraba usar—. Es cuestión de saber buscar, de atreverse a pasarlas.

— ¿Y cómo sabré a qué destino me llevará tal o cual puerta? —dije, sediento como siempre de los aprendizajes psiconáuticos que me ofrecía mi Maestro.

El Maestro me dijo que era muy posible que aquellas memorias que yo buscaba, para mi propia protección, estuvieran almacenadas detrás de una de las incontables Puertas de la Mente. Me explicó mucho sobre aquellas puertas y cómo acceder a ellas, pero no lo entendí muy bien.

 

***

Luego de muchos rituales de purificación, el shamán me consideró digno y preparado para beber la poción sagrada que me permitiría acceder a una especie de estado astral dentro de mi propia mente. Estaba emocionado y nervioso, pero la bebí.

Era un líquido amargo y turbio, difícil de beber. De entre los tantos ingredientes que mencionó solo uno llamó realmente mi atención. El Maestro me explicó que la liana, conocida como la soga del muerto, era clave para acceder al estado de conciencia necesario para mi exploración. No tuve objeciones. Todas las enseñanzas, todas las pociones, todos los rituales, todo llegó a tener sentido para mí. Había poder en los actos del Maestro, un poder innegable.

 

***

—¿Dónde estoy? —dije yo, luego de despertar y verme rodeado por un paisaje de arena infinita, un desierto.

—Estás dentro del desierto del conocimiento, dentro de tu mente —me respondió telepáticamente el Shamán, que me guiaba en forma de voz en mi cabeza.

—¿Qué debo hacer? ¿Busco la pirámide de las inscripciones que me mostró, Maestro?

—Efectivamente, Daniel. El ojo de Horus es la señal.

Busqué por mucho tiempo. Vagué por ese desierto lo que se sintió como días. No había nada. Mi apariencia física se sentía igual, aunque mi vestimenta era una armadura de lo más extraña, con una capa y unas extrañas estrellas que flotaban sobre mi cabeza. El Maestro dijo que aquellas estrellas eran reflejo de mi alma. Una era blanca y representaba mi bondad. Otra era negra y representaba mi maldad. La del medio era mitad blanca y mitad negra y representaba el mal dentro de mi bondad y el bien dentro de mi maldad.

Luego de lo que sentí como semanas, hallé una extraña pirámide en medio de la nada. El Maestro cada vez hablaba menos conmigo, pero supe enseguida que era la que estaba buscando. Era una pirámide invertida, girando como trompo. Arriba de ella estaba el ojo de Horus, protegiéndola con una esfera de viento que giraba más rápido que cualquier tornado que haya visto. Era una imagen imponente, intimidante.

—Al fin la hallas, Daniel —dijo el Maestro Duncan, dentro de mi mente.

—Sí, Maestro. ¿Qué es? ¿Qué debo hacer? —dije realmente confundido.

—Es la pirámide del conocimiento. Todo lo que has sabido, sabes y sabrás, está contenido dentro de aquel lugar —me respondió, con un tono que me transmitía calma, como si realmente supiera con certeza todo lo que decía.

—¿Dentro? ¿Debo entrar?

—Así es. Allí dentro está lo que buscas… y más.

—¿Cómo desactivo el tornado que la protege? —era evidente que aquel tornado me espantaba al punto de no querer siquiera dar un paso hacia adelante.

—¿Temes, Daniel? Si temes al conocimiento, el conocimiento nunca será tuyo. Debes perder el temor a entrar.

—Siento, en lo más profundo de mi ser, que si entro: el tornado me matará —dije con toda la sinceridad del caso.

—Esa es tu lección. Decide: o te quedas y la superas, o regresas sin nada —el Maestro fue severo en sus palabras.

—¡No regresaré! Llevo mucho tiempo intentando hallarme a mí mismo como para retroceder.

—Aquí estaré, llámame si decides renunciar.

 

***

Sentí que tenía todo el tiempo del mundo. Y lo usé. Pasaron meses, medité en aquel lugar durante todo ese tiempo. Debía perder el miedo a la muerte si quería cruzar aquel tornado. Pensé y pensé, hasta que mi miedo se desvaneció. Decidido, me acerqué al tornado. El ruido era ensordecedor y el viento me hacía cortes en la piel, más profundos mientras más me acercaba. No me dolían.

Cuando estuve frente a frente con el tornado, medité mucho. El ojo de Horus me habló:

—Si te acercas más, perderás tu alma.

Tomé esas palabras como una medida de seguridad, diseñadas para alejar por completo a quien haya llegado tan lejos. Debo confesar que esa voz retumbaba en mi alma y me generaba un terror profundo.

—Lánzate. Supera el miedo —me dijo el shamán.

Me lancé, decidido. Y el viento destrozó mi cuerpo.

 

***

—¿Dónde estoy? —pregunté. Me hallaba en un lugar muy oscuro, con una puerta que brillaba levemente en el fondo del lugar.

—Estás en el jarrón —me dijo una pequeña bola de luz blanca, de brillo tenue.

— ¿Cuál jarrón? ¿Qué rayos es todo esto? —pregunté, muy asustado al darme cuenta de que ya no tenía cuerpo y que yo también era una bola de luz tenue.

Eres la víctima número veintiuno del alquimista de las almas.

—No entiendo nada —dije asustado.

—El que considerabas tu maestro, te engañó. Al igual que a todos nosotros —dijo aquella alma, señalando a otras bolas que murmuraban cosas raras—. La pirámide del conocimiento no existe. Lo que viste era la Puerta del Alma. Tu alma salió de tu cuerpo y, por medio de los poderes del alquimista, terminó dentro de este jarrón.

—¿Pero este jarrón qué es? ¿Por qué nadie sale por la puerta?

—El jarrón es la fuente de los poderes del alquimista. Se alimenta de nosotros, de la cordura de las almas encerradas en este lugar —había un tono de resignación en su voz—. No toco la puerta porque aquel que lo hace enloquece en el acto, como los demás que ves aquí.

—¡Yo no me pienso quedar aquí por mucho! —grité y me desplacé hacia la puerta.

—Daniel, ¡espera!

Toqué la puerta sin pensarlo mucho. Ya me había deshecho de mi miedo cruzando la falsa pirámide del conocimiento.

 

***

—¡Daniel, Daniel! —oí una voz, no supe bien de donde venía.

—¿Quién eres? —pregunté. Me percaté de que estaba de nuevo en el cuarto del falso shamán.

—Soy el alma que habló contigo en el jarrón. Estoy a tu derecha.

A mi derecha estaba no solo el jarrón, sino también mi cuerpo casi inerte. Al fin lo entendía todo. Al traspasar la puerta y superar la locura de la que estaba impregnada, me terminé apoderando del cuerpo del shamán.

—Ya puedes romper el jarrón, Daniel. ¡Y todo volverá a la normalidad!

Toda mi vida había sido engañado, incluso esta vez. Estaba harto de los engaños, así que le respondí a la voz que venía del jarrón:

—¡Yo no quiero que nada vuelva a la normalidad! Ahora yo soy el alquimista y me quedaré con su conocimiento y su poder.

—Pero, Daniel, si dejas pasar mucho tiempo, no volverás a tu cuerpo.

—Pagué con mi vida este poder.  Tengo derecho a quedármelo.

—Daniel, ¡no!

Acallé la voz del jarrón tapándolo con un libro y grité:

—¡Gracias al Caos por la vida!


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Originalmente publicado en: Azahar literario

Roberto se había quedado sin conexión a internet por falta de pago. Su hermano estaba de visita y le insistió en que debía usar la computadora para un trabajo y que probaría suerte, esperando que regresara la conexión. El hermano se creyó afortunado cuando google.com cargó. Sin embargo, cada vez que realizaba una búsqueda, los resultados dirigían solamente a Wikipedia. Además, los artículos eran muy extraños, así que el hermano de Roberto dejó de usar la computadora y le aconsejó buscar un buen antivirus.

Cuando su hermano se marchó, Roberto quedó intrigado de por qué su computadora realizaba búsquedas aún sin haber pagado la cuenta de Internet. Desconectó el cable de red y los resultados de las búsquedas aún seguían saliendo. El problema era que seguía mostrando resultados extraños. Todos los artículos de la Wikipedia estaban alterados, eran diferentes. Eran resultados que no aplicaban para el mundo real en lo absoluto, pura fantasía. Roberto, amante de la ciencia ficción, se encaprichó mucho. Leía y leía y no entendía nada. También se dio cuenta, luego de pagar las cuentas, de que en la Internet normal no hallaba nada ni remotamente parecido a lo que hallaba cuando desconectaba su computadora de la Internet. Pasó meses leyendo, hasta que se familiarizó con la lógica de aquellos resultados.

Con los años, Roberto adquirió el gusto por la erudición. Pasaba mucho tiempo leyendo artículos tanto de este mundo como del mundo ficticio que leía en su vieja computadora. Leía, comparaba y analizaba. Y, poco a poco, el mundo del que leía dejó de parecerle ficticio, se convenció de la exactitud científica de su existencia.

Hicieron falta veintiún años para que, por medio de tanto estudio, su comprensión de este mundo, y también del otro, llegaran a estar a la par de los últimos avances de la ciencia. Llegó un momento en que sus investigaciones se centraron en la ubicación exacta de dicho lugar. Se dio cuenta de que los datos de la Wikipedia del otro mundo estaban incompletos, entrecruzados o faltaban referencias cuando de la ubicación se trataba.

Mucho tiempo pasó hasta que Roberto descubrió el misterio. Hizo muchas llamadas a científicos y universidades. Se percató de que este mundo y el otro tenían una extraña relación, como si de mundos paralelos se tratase. Cuando descubrió la verdad, quedó impactado: el mito de la tierra hueca no era del todo falso. Sus investigaciones indicaban que, bajo la tierra, había una enorme burbuja que contenía un mundo entero, pero que nadie la hallaba porque estaba en constante cambio de ubicación.

Sus investigaciones prosiguieron. Anunció sus hallazgos a los medios científicos, pero lo tomaron por loco. Muchos años pasaron hasta que Roberto logró ingeniarse un método para ubicar aquella burbuja, aquel mundo. Era ya muy anciano pero, viendo que por fin había descifrado la última pieza del misterio, decidió gastar sus últimos ahorros y marcharse para ver con sus propios ojos el objeto de la investigación que le tomó toda una vida.

Halló dicho lugar. Pudo entrar. Era un sitio enorme, como una gran selva iluminada por un extraño sol pequeño que nunca se ponía. Logró sobrevivir varios días comiendo plantas silvestres, que distinguió fácilmente de las venenosas por el amplio conocimiento adquirido a lo largo de los años. Al estar dentro, se dio cuenta de que sus achaques de vejez se aplacaban, asumió que era por los nutrientes de las plantas.

Se sabía los mapas de memoria, por lo que caminó de manera casi directa al centro de aquel lugar, que era cuna de la única ciudad de aquel mundo. Roberto no se daba cuenta, pero rejuvenecía a cada instante que pasaba. Cuando llegó a la civilización y pudo contactar con la gente, usó su dominio perfecto de la lengua nativa para pedir una audiencia con el Rey. La gente lo miraba con asombro, pero no con desconfianza.

Eventualmente llegó ante la presencia del Rey. Le contó todo lo que tuvo que pasar para llegar, que era más o menos la historia de su vida. Pasaron horas hasta que terminó de contar todo. Todos oían atentamente, sin acotar nada, eran una raza muy educada. Cuando Roberto terminó su monólogo, el Rey dijo:

QelvaD jIH ghov. ‘ach legh lom. SoH legh Qup vabDot pagh vImuSchugh loD qan Dajatlh. ‘e’ ambicionara nuvpu’ qej ‘e’ laH tIHmey SoH qo’ HoSqu’mo’ eternal pobIQ ‘oH natural.

Roberto quedó impactado, y dijo:

—Vaj pa’ remedy?

El rey le respondió:

Qo’. ‘ach laH taH SoH naDev law’ adviser. SoH not luj pagh. bo’retlhDaq vay’ ‘Iv rur SoH, deciphering clues, quvvam puH gho’.

Roberto dijo:

—Vaj, ta’be’vaD ghItlhvetlh.

El rey respondió:

— DaH jImej Samsara jatlh. majQa’ Moksha!

Roberto fue dado por desaparecido en el mundo humano. Nunca más se volvió a saber de él.

 

***

El diálogo traducido al español fue algo como esto:

—Reconozco tu sabiduría. Pero mira tu cuerpo. Te ves joven aunque dices que eres un anciano. Eso significa que no podrás regresar a tu mundo, porque la gente ambicionaría la juventud eterna que para nosotros es natural— dijo el Rey

—¿No hay remedio? —dijo Roberto, casi al punto de la resignación.

—No. Pero puedes quedarte aquí, como consejero. Nunca te faltará nada. Esperábamos a alguien que, como tú, descifrando las pistas, sea digno de pisar estas tierras —respondió el Rey—. Pero a tu mundo no puedo dejarte volver.

—Que así sea, su majestad —dijo Roberto, lleno de emociones encontradas.

—Despídete del Samsara. ¡Bienvenido al Moksha! —gritó solemnemente el Rey.


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