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Originalmente publicado en: Revista Pluma Roja

En el siglo XXIII, luego de una explotación masiva e indiscriminada, el suelo fértil de la mayor parte del planeta se volvió estéril.  Los científicos, en su afán de dar una solución al problema, realizaron investigación tras investigación. Luego de un gran esfuerzo lograron inventar un proceso revolucionario que permitía imprimir moléculas orgánicas a partir de moléculas inorgánicas, proceso que sirvió de base para el diseño de las primeras proteínas, carbohidratos y grasas de origen totalmente sintético.

Con el paso del tiempo, muchos alimentos fueron reemplazados por la comida sintética. La alimentación de prácticamente toda la población humana llegó a estar basada en las moléculas sintéticas, puesto que eran baratas y, hasta donde proclamaban los gobiernos, eran muy seguras para el ser humano. Las décadas pasaron y ya pocos recordaban comida alguna que hubiera sido cultivada o criada de forma natural.

***

«Sigue vigente la polémica surgida por la publicación de los estudios del doctor Dusell Meyer —dice una voz desde la televisión—. La comunidad científica niega categóricamente que los alimentos basados en moléculas orgánicas sintéticas impliquen algún riesgo para la salud humana. También critican la investigación del doctor Meyer, alegando que es una simple correlación malintencionada y que la reducción de la esperanza de vida en todo el mundo no tiene que ver en lo absoluto con las moléculas sintéticas».

—Mira, otra vez mencionan eso en las noticias.

—¿Lo del loco que dice que la comida sintética nos está matando?

—¿Tú no crees en eso que dice el doctor Meyer?

—Yo no creo en esas cosas. Me parecen patrañas.

—Yo sí creo que es verdad. Antes de que él anunciara algo, nadie se explicaba por qué cada año se reduce la tasa de nacimientos y la esperanza de vida.

—Es solo un vago que se dio cuenta porque ha pasado su vida entre números. No hay que hacerle caso.

—No sé, todo me parece raro. Muy convincente. Antes nadie se había tomado la molestia de observar esos datos. Además, si fuera un loco, la comunidad científica no lo perseguiría tanto.

—Bueno, eso no te lo niego. Eso del atentado del año pasado sí me llamó la atención. Esas cosas nunca son casualidades.

***

Las investigaciones y anuncios del doctor Meyer fueron ignorados. El argumento que utilizaba la comunidad científica  era que no existía un incremento significativo en cuanto a cáncer u otro tipo de enfermedades y que, por tanto, los alimentos sintéticos no dañaban la salud del ser humano como para culparlos de la reducción de la esperanza de vida. Los medios se quedaron contentos con la explicación, y el doctor Meyer cayó en el descrédito científico mundial.

Pero aquel descrédito no fue el fin de la carrera de Dusell Meyer. El doctor dedicó su vida a una investigación muy importante, que lo hubiera hecho digno de un gran reconocimiento. Sin embargo, la política y la industria alimentaria no dejaron que tuviera su momento de gloria. Antes de completar su investigación, el doctor Meyer murió en condiciones muy sospechosas. La versión oficial fue la de un accidente de tránsito.

El doctor Meyer inició, sin darse cuenta, un movimiento que lo seguía. Con el paso de los años este grupo se fue tornando un tanto místico y casi sectario, hasta que desapareció del panorama público.

***

Otros años pasaron, y se volvió evidente que las declaraciones del doctor Meyer eran totalmente ciertas. Ni los medios ni la comunidad científica pudieron ya negar lo evidente: existía una relación entre la alimentación basada en moléculas sintéticas y un descenso de la fertilidad y de la esperanza de vida de la población humana.

La humanidad no podía explicarse aquel fenómeno, que ya mermaba diez años el promedio de vida humano, y temía por su futuro. Los científicos no lograron averiguar nada útil. Rediseñaban una y otra vez las moléculas sintéticas, cambiaban la receta, añadían. Buscaban partes que tal vez hubieran pasado por alto, partes que los alimentos convencionales tenían, pero que las moléculas sintéticas no.

Hallaron muchos componentes nuevos, los añadieron a la fórmula, pero nada pasaba. Los alimentos que se suponían perfectamente funcionales, y que incluso acabaron con muchas enfermedades, estaban restándole vida a la humanidad.

***

—¿De verdad cree que venir a conocer a esta tribu de locos nos va a ayudar en algo, doctor?

—Claro que sí, estoy seguro de que estas personas son a las que se refieren los manuscritos del doctor Meyer.

—Usted lleva años estudiando esas antiguas teorías. ¿No cree que tal vez el problema de la esperanza de vida humana ya se solucionó? Ya van como cinco años que no se reportan disminuciones en ningún lugar del mundo.

—¿De verdad le crees a esos estudios?

—Es lo que tenemos, señor.

—No. Esto que investigamos es lo que tenemos. Ya lo verás. Todos lo verán.

—¿Y qué trata de aprender con esta gente primitiva, doctor?

—Ellos, en su cultura, tienen un ritual dedicado a una diosa conocida como Pachamama.

—¿La Madre Tierra?

—Sí, esa misma diosa. Ellos afirman que existe algo que la Pachamama nos daba en los alimentos cultivados, algo que los humanos no podemos fabricar.

—Doctor, con todo respeto, ¿no cree que esas son locuras? Ya se demostró hasta el cansancio que los alimentos sintéticos tienen exactamente los mismos componentes que los cultivados y que…

—…incluso son mejores que los mismos alimentos naturales. Sí, yo estudié en la misma universidad que tú, me sé el discurso de memoria.

—Usted es un hombre de ciencia, ¿por qué creer en dioses y magia?

—Yo no creo en dioses, ni en magia. Yo creo en evidencias, y las evidencias me dicen que aunque los científicos no han logrado descifrar qué es: existe algo que le falta a la comida sintética, y la falta de ese algo hará que la humanidad no llegue a vivir ni dos siglos más.

—¿Y qué puede ser?

—Eso mismo es lo que vamos a averiguar. Lo único que sé es que la comunidad a la que vamos ha logrado aumentar su esperanza de vida en al menos diez años con respecto a la población promedio. Nadie está más cerca de la respuesta que ellos.

—Entiendo. Me intriga, la verdad.

—Ven, terminemos de comer y subamos el tramo de montaña que falta.

***

—Doctor, doctor, ¿está bien? ¿Qué le dieron? —preguntó el ayudante, asustado porque el doctor llevaba casi media hora inconsciente, luego de comer y beber lo que el líder del culto le dio.

—El doctor está bien. Solo descansa, solo tiene la visión —respondió el líder del culto.

—¿Lo drogaron? ¡Dígame!

—Señor, le sugiero que se calme y que espere otros treinta minutos. A veces el ánima demora en recorrer el cuerpo cuando éste no la ha recibido durante mucho tiempo.

—¿Ánima?

—Sí. Cuando el doctor despierte le dirá todo, luego dependerá de usted el creerle o no.

Pasados cuarenta y dos minutos de haber quedado inconsciente, el doctor despertó. Se incorporó y empezó a ver su alrededor, como extrañado de estar de vuelta.

—¿Se siente bien, doctor? —preguntó el desesperado ayudante.

—Cuéntenos qué vio —dijo el líder del culto.

—Usted tenía razón, hombre sabio. El doctor Meyer tenía razón. Eso que usted me dio de comer y beber estaba hecho con un alimento cultivado, ¿verdad?

—Sí —respondió el líder—, estaba hecho de solanum lycopersicum una planta de esas que se consideran extintas. Fue cultivada siguiendo el ritual del Anima Mundi.

—No entiendo nada de lo que hablan, doctor —dijo el ayudante—. ¿Me pueden explicar?

—Cuando comí el preparado, sentí como si algo en mi cuerpo por fin se saciara. Esa sensación desagradable a la que estamos tan acostumbrados, de la que normalmente ni nos fijamos, desapareció. Luego de eso me dio mucho sueño, y me recosté a descansar. Sentía que eso que había comido me recorría todo el cuerpo. Tuve un sueño. Me vi a mi mismo vestido de armadura, con doce soles a mi alrededor. En cada sol se podía ver una de las etapas del crecimiento del tomate. Vi la semilla germinar, la vi crecer, la vi florecer y fructificar, vi el fruto caerse y pudrirse, vi a las nuevas semillas repetir el proceso.

—¿Y todo eso lo vio solamente por haber comido tomates?

—No, no fueron solo los tomates. Era el alma de La Tierra. Con los alimentos sintéticos no existe transferencia de ánima de La Tierra a nosotros. Es como si estuviésemos desconectados de la fuente de la vida. Es necesario volver a comer cosas que nos den vida, de otra forma toda la humanidad simplemente desaparecerá, porque se alejó del ciclo.

—No entiendo nada de lo que dice, doctor. ¿Está usted bien? —preguntó el ayudante, bastante preocupado.

—Nunca me he sentido mejor. Si el líder me lo permite, puedo darte a probar una comida de verdad, para que entiendas lo que realmente nos hace falta en esta vida.

El líder trajo otra ración de puré y sopa de tomate y se la sirvió al incrédulo ayudante.

—Está bien, probaré.

El ayudante comió, tuvo la visión y despertó. Entonces sonrió, sus ojos brillaron y se sintió saciado por primera vez. Miró al doctor y le hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Al fin lo había comprendido todo.


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“El hombre es una especie narcisista por naturaleza, hemos colonizado hasta el último rincón de nuestro planeta, no somos la cúspide de la llamada evolución. Ese honor le corresponde a la cucaracha, capaz de vivir durante meses sin alimento y durante semanas si le arrancas la cabeza. Resiste la radiación. Si dios se ha creado a si mismo a su imagen y semejanza, entonces yo declaro que Dios es una cucaracha.” Mohinder Suresh

La estructura social y hábitos de las cucarachas son muy diferentes de lo que conocemos. La verdadera naturaleza de las cucarachas no la conoce nadie, salvo yo, que las observo desde el principio de los tiempos. Las cucarachas, gracias a su maravilloso cuerpo, han logrado evolucionar a pasos agigantados. Hace ya millones de años que desarrollaron su conciencia y su inteligencia. Han coexistido silenciosamente con la raza humana, llegando incluso a aprender su lenguaje escrito en cientos de idiomas. Sin embargo, no han logrado desarrollar su tecnología a un nivel comparable al de ellos, debido, más que nada, a su tamaño.

Sin embargo, usted que me lee, se preguntará: ¿cómo es posible que eso sea verdad, si las cucarachas parecen ser seres torpes y relativamente indefensos ante nosotros? Pues bien, resulta que las cucarachas que deambulan en la superficie son las exiliadas de la sociedad de las cucarachas.

Las cucarachas viven organizadas debajo de la tierra. Tienen una sociedad compleja y desarrollada. Las cucarachas que cometen crímenes atroces, o aquellas reincidentes de crímenes menores, son condenadas a una degradación genética que atrofia sus capacidades mentales y las de sus descendientes. Luego son enviadas a la superficie, a la penosa condena de convivir con los humanos y comer de sus desechos.

Las cucarachas de debajo de la tierra llegaron a percatarse del daño que la raza humana causa al planeta. Las sociedad de las cucarachas pasó mucho tiempo pensando y planeando que hacer ante tal amenaza. Sus líderes convocaron a sus mentes más brillantes para buscar una solución. Sin embargo, debido al retraso tecnológico de su sociedad, era poco lo que podían hacer. Fue entonces que se organizó una búsqueda incesante de conocimiento por parte de las cucarachas. Enviaron infinidad de soldados a infiltrarse en bibliotecas humanas para robar libros que pudieran darles una pista de cómo cambiar el destino del planeta.

Eventualmente aprendieron a controlar las mentes de las cucarachas exiliadas. De esta forma aceleraron su trabajo de recolección de datos. 

Leyeron y leyeron. Pensaron y pensaron. Debatieron y debatieron. Hasta que llegaron a una conclusión: la única manera de salvar al planeta de los seres humanos, es deshaciéndose de ellos.

El plan de las cucarachas consiste básicamente en una intoxicación programada, sistemática y rápida de todos los humanos. Tienen planeado asaltar poco a poco los cuarteles militares que posean ojivas nucleares, usando la mano de obra de las cucarachas exiliadas controladas mentalmente. Luego de reunir cierta cantidad de material radiactivo, planean procesarlo y convertirlo en un potente veneno. El veneno será almacenado en los cuerpos de las exiliadas, para luego enviar a una cucaracha por cada ser humano existente, más refuerzos (la población mundial de cucarachas da para eso y más). Las cucarachas tienen previsto que será casi imposible sincronizar el ataque para que todos los humanos mueran al mismo tiempo, o que puedan realmente inocular el veneno con éxito a todos. Así que planean dividir la intoxicación masiva en etapas: primero los médicos, para que su ausencia impida el tratamiento del resto de la población; luego militares y policía, para que su ausencia provoque caos y los humanos empiecen a destruirse a sí mismos. Finalmente, con la población general vulnerable, podrán eliminar fácilmente a aquellos que no pudieron ser inoculados, dispersando el veneno por el aire.

Los líderes de la sociedad de las cucarachas consideran que ese es el mejor plan de acción, puesto que si liberaran el veneno por el aire sin antes eliminar a los médicos, militares y policía, los humanos tal vez podrían organizar un contraataque o protegerse. Tampoco desean hacer explotar las ojivas nucleares, puesto que su objetivo secundario es apoderarse de lo que consideran lo único notable de la humanidad: su tecnología.

Así las cucarachas planean, organizan y ejecutan su plan poco a poco, esperando el momento oportuno para deshacerse de los seres humanos.


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En el siglo XXIII un joven científico llamado Randall Fritz realizó un descubrimiento sorprendente. Descubrió que ciertos órganos del cuerpo se comportaban de una manera diferente a los demás, que sus células podían dividirse y regenerarse más veces que las de un órgano ordinario del mismo tipo. Estos órganos, que se mantenían sanos a pesar del abuso que recibieran, fueron denominados “Órganos Deluxe”. Este hallazgo explicaba por qué ciertas personas mantenían, por ejemplo, su hígado sano a pesar de abusar constantemente de la bebida.

El descubrimiento del joven científico pasó casi desapercibido ante la comunidad médica. Sin embargo, éste no bajó el ritmo de su investigación. Randall Fritz continuó su trabajo, dejando a un lado la investigación en células humanas y dedicándose a modificar genéticamente ciertas plantas, con el fin de desarrollar marcadores orgánicos que ayudaran a detectar la presencia de Órganos Deluxe en animales.

Pasó mucho tiempo hasta que Randall lograra su cometido. Desarrolló una cepa de plantas que al ser ingeridas soltarían ciertos reactivos en la sangre, permitiendo la detección de órganos deluxe presentes el individuo. Los reactivos funcionaban de manera muy precisa en las ratas de laboratorio.

Una vez anunciado el hallazgo a la universidad donde trabajaba, empezaron los problemas del joven Fritz. Ingenuo como era, Randall nunca pensó que llegaría a llamar la atención de sectores poderosos de la industria farmacéutica. Una vez que recibió los reportes de la investigación de los marcadores orgánicos, el rector de la universidad realizó varias llamadas. Inmediatamente fue transferido un nuevo asistente al laboratorio de Randall, un espía.

A Randall le pareció simple rotación de personal. Nunca notó nada raro en el nuevo asistente, por lo que prosiguió sus labores con normalidad. Mientras tanto, el espía recopilaba todos los datos de la investigación y reportaba constantemente a sus camaradas.

Pasaban los meses y la investigación en animales mostraba resultados impresionantes. Randall empezó a gestionar los permisos para su investigación en seres humanos. Visto eso, el espía supo que debía actuar con celeridad.

***

—¿Qué diablos hace usted aquí? —preguntó Randall al ver a alguien en su oficina privada— ¡Esos papeles son confidenciales!

—Estimado Randall, tranquilícese. Vengo a hablar de negocios con usted —dijo un hombre con lentes y bata.

—¿Negocios?

—Sí, señor. Negocios muy lucrativos —respondió con calma y una sonrisa siniestra—. Tome asiento, por favor.

El misterioso hombre se sentó en el escritorio de Randall y usó su revólver como pisapapeles. Randall guardó la calma y se sentó.

—¿Puede explicarme qué desea conmigo? —preguntó Randall, esforzándose para no quebrar la voz.

—Quiero que me entregue toda su investigación y no deje absolutamente ningún respaldo para usted. A cambio de eso, le daré la cifra que aparece aquí —dijo el misterioso hombre, mientras abría un portafolio con una laptop dentro.

—Acepto —dijo Randall, luego de ver el monitor que le mostraba el hombre—, pero con dos condiciones.

—Me agrada la gente con agallas. A pesar de saber que no está en posición de negociar, quiere imponerme condiciones —respondió el hombre, con una sonrisa de satisfacción malévola—. Adelante, ¡suéltelas ya!

—Quiero poder usar los marcadores en mí y en mi familia, para cuidar nuestra salud con el fruto de mi trabajo.

—Me parece razonable, siempre y cuando no divulgue absolutamente nada y mantenga las plantas dentro de su propiedad. ¿Cuál es la otra condición?

—Quiero saber por qué tanto interés en mi trabajo. ¿En qué les afecta? —Randall no podía guardarse su curiosidad, su alma de científico no se lo permitía.

—¡Definitivamente los científicos no tienen ni idea del potencial económico de lo que descubren!

—No le entiendo.

—Es sencillo —dijo el hombre, con un tono bastante sereno—. Si se popularizaran los marcadores que usted desarrolló, la gente sabría con exactitud qué Órganos Deluxe posee.

—¿Y eso qué tiene que ver con ustedes?

—Dinero, amigo, dinero. Si la gente llega a saber de qué órganos puede abusar y de cuáles debe cuidar, entonces el negocio de medicamentos y exámenes médicos caería enormemente.

—¡La soberanía médica! ¡Es un derecho de todos! —Randall se ofuscó y dio un golpe en el escritorio.

—¡Un derecho que nos estorba! —gritó el misterioso hombre, que parecía haber perdido la calma por unos instantes. Respiró y se tranquilizó—. Volvamos a lo nuestro.

—No puedo negarme a su oferta, la entiendo clarísimo—dijo Randall, con un rostro que mostraba decepción y resignación—. Cumpliré.

—Perfecto. La suma que le mostré acaba de ser acreditada a esta cuenta —el hombre le entregó un papel a Randall, con cara de haber cerrado un gran negocio.

***

 —¡No puedo creer que te hayan hecho eso! —dijo la asustada esposa de Randall—. ¿Por qué aceptaste?

—Porque en el monitor que me mostraron no estaba solo la suma que me ofrecían, sino una transmisión en vivo de nuestro hijo en la escuela.

—¡Santo cielo!


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adicto

Imagen por: Blacksmith Dragonheart

Ya empezaba a ser notorio el problema. Las redes ilegales conocidas como RDA empezaron a popularizarse. Nadie le prestó la debida atención al asunto. Era común saber de jóvenes que conseguían  dinero y lo reunían entre ellos, para pagar una membresía que compartirían a diario. Quince días de conexión costaban casi un salario mensual básico.

Los conocedores de neuroinformática podían armar fácilmente una red de dopamina artificial, siguiendo una receta con pasos sencillos y bien definidos que, por su cantidad, tomaba años completar. El producto final era una red que cobraba por el acceso e interconectaba a los usuarios. Aquel que se conectaba a una RDA, debía hacerlo mediante un cable especial que iba directo a la vena que eligiera. El cable funcionaba de forma parecida a una impresora 3D: mediante las instrucciones recibidas desde el servidor, dibujaba moléculas parecidas a las de la dopamina natural, usando como lienzo las células sanguíneas residuales que entraban en contacto con el instrumento cuando el usuario lo insertaba en sus venas.

Las personas adictas a las RDA no mostraban síntomas físicos, salvo los evidentes pinchazos. Tampoco se podía demostrar el consumo de dopamina artificial, puesto que la molécula era muy parecida a la de la dopamina real y no dejaba metabolitos luego de su absorción por el cuerpo. Luego de muchos años, se descubrió que la dopamina artificial dañaba leve y reversiblemente los receptores D3 y D5 del cerebro. También se logró demostrar que producía una fuerte dependencia psicológica, por lo que se la declaró un problema de salud pública en muchos países.

El consumo de dopamina artificial continuó por muchos años. Llegaron a desmantelarse muchos servidores para RDA. Se impusieron consecuencias legales fuertes, tanto para proveedores como para consumidores. Sin embargo, los traficantes pasaron a la defensiva para proteger su lucrativo negocio. Aprendieron a violar los monitoreos de las autoridades y aumentaron los precios de su servicio con la excusa de la escasez. Eso provocó un enorme desmejoramiento de la calidad de vida de los adictos, que recurrieron a drogas convencionales para reemplazar su hábito de conectarse a las RDA.

Las autoridades llegaron a notar que la lucha contra las drogas en general, sobre todo la criminalización del consumo, incitaba a la gente a consumir reemplazos cada vez más dañinos para su salud. Entonces se empezó a hablar de una legalización. Los gobiernos vieron en esto una increíble oportunidad de negocio. Con la excusa de que la dopamina artificial no dañaba de forma notoria el organismo de los adictos, el gobierno legalizó por completo las RDA. Los consumidores celebraron.

Luego de muchos procesos legales y sociales, los gobiernos se hicieron con el derecho de ser los únicos proveedores de RDA. Contradiciendo su postura angerior, decidieron castigar y criminalizar el consumo y venta de todas las drogas convencionales, incluidos el alcohol y el tabaco. Esta situación orilló a muchos consumidores de otras drogas a hundirse en una espiral de destrucción que saturó el sistema penitenciario. Otros consumidores decidieron utilizar los sistemas estatales de rehabilitación, cuya meta era hacer que los adictos a drogas convencionales reemplacen su uso por el de la dopamina artificial que les proveía el mismo gobierno con un llamativo subsidio.

Así fue como los gobiernos se quedaron con el lucrativo negocio de las RDA, a costa de la salud y libertad de muchos consumidores de otras sustancias.


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Imagen por: Blacksmith Dragonheart

Desde el punto de vista de Gabriel:

Veinte años trabajando de mayordomo, manteniendo las viejas tradiciones en una época en donde ya casi ninguna interacción tiene alma. Veinte años de ver que si los humanos no se mandan la comida por vía intravenosa, en la comodidad de su hogar, es porque les produce placer consumirla.

Hoy me despido de la mansión del amo Richards, porque compraron un robot mayordomo para reemplazarme. (más…)