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Originalmente publicado en: Blog Salto al reverso

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«Tibetan ritual knife», Wikimedia (CC0)

Cierto día, un practicante de vudú se encontró con una piedrecilla cúbica de color negro. Al sentir la sutil energía que irradiaba, decidió tomarla y llevarla a su casa para investigarla con detenimiento. Mientras la examinaba, se percató de que no era una piedra sino un objeto sellado que almacenaba algo. Luego de intentar romper el sello durante algunas semanas, finalmente descifró el conjuro para la apertura del objeto. Al utilizarlo, pudo acceder al contenido de la piedra negra e inmediatamente escuchó una voz en dentro de su mente.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?

El practicante de vudú hizo un gesto de satisfacción y asombro. Estaba contento por el logro de romper el sello de un objeto tan complicado y, también, estaba asombrado por el contenido de la piedra negra. No esperaba encontrar a un ser capaz de comunicarse. Luego del asombro inicial, empezó la conversación.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?  —dijo el ente dentro del objeto.

—Sí, puedo oírte en mi mente. ¿Quién eres? —preguntó el practicante de vudú.

—La pregunta correcta no es quien soy —dijo el ente—, sino qué soy y qué puedo hacer por tí.

—¡Explícate con claridad! —el practicante agarró la piedra negra en sus manos y le dirigió la palabra como si esta realmente hablara, pero no era más que una proyección telepática de la voz del ente dentro de la piedra cúbica.

—Soy el guardián del poder de esta semilla. Cumple con los requisitos que te pida y tu recompensa no será otra sino poder —dijo el ente, en el tono de voz de propio de un autómata.

El practicante de vudú se lo pensó mucho. Dejó la piedra negra en el suelo y se puso a conversar con aquel ente para pedirle detalles sobre aquello que le ofrecía.

***

El joven alquimista continuaba con su viaje de entrenamiento para comprender mejor la estructura y funcionamiento del núcleo del alma humana. Como era su costumbre, usó su piedra filosofal incompleta para entrar en un supermercado y  robar los implementos necesarios para luego internarse en el bosque e iniciar una profunda meditación que era parte de su entrenamiento de alquimia. La mayor parte de las veces, sus viajes empezaban y terminaban sin complicaciones.

Aquel joven alquimista había desarrollado, para su protección, una técnica de alquimia que amplificaba sus poderes propios usando la piedra filosofal incompleta como una batería que recargaba de forma perpetua usando su propia ánima. El proceso de cargar la piedra lo cansaba significativamente. Sin embargo, la piedra quedaba completamente cargada luego de un par de semanas. Esto se debía a que la piedra no estaba lo suficientemente desarrollada como para almacenar más energía. Pese a ello, el ánima acumulada era lo suficientemente poderosa como para lanzar seis potentes rayos de aura concentrada. Cada uno de estos rayos era tan potente como para impactar y dejar inconsciente a un oso, por lo que el alquimista se sentía bastante seguro vagando por los bosques durante cualquier hora del día.

Cuando llegó al bosque, el alquimista hizo su rutina de cada entrenamiento. Se concentró y buscó el lugar del bosque donde se sintiera más fuerte el Ánima Mundi.  Sobre ese lugar se sentó en una pose de meditación, con la piedra filosofal entre sus manos. Luego, como si se tratara de una ofrenda a la naturaleza, extendió las manos hacia el cielo y se concentró. La piedra filosofal quedó flotando en el aire mientras el alquimista, con los ojos cerrados, unió sus manos para completar el trance con el que accedía a su propia alma para continuar estudiando su núcleo. El estudio del núcleo del alma es una práctica peligrosa, cuyas técnicas deben manejarse con suma cautela. Además, el trance necesario para el estudio del núcleo del alma, requiere dejar el cuerpo expuesto a ataques. Para evitarlo, los alquimistas siempre tienen un truco para su propia protección. En este caso, el joven alquimista dejaba su piedra filosofal incompleta como un guardián flotante que, al detectar alguna presencia hostil, dispara inmediatamente.

***

El practicante de vudú, usando un ritual, fusionó la semilla con su cuchillo ceremonial. De esta forma, la recompensa que otorgaba el ente era un aumento en el poder del arma del practicante de vudú. El practicante de vudú acababa de cumplir con el siguiente requisito que le pedía el ente dentro de la piedra negra. Llevaba cumpliendo varios. Al principio, el ente pidió como requisito veinte dedos de diferentes enemigos del practicante. Luego de cumplir con esto, el ente le otorgó el don de la telepatía.

En los siguientes encargos variaban las partes corporales y la cantidad de éstas, así como el tipo de persona del que debían obtenerse: hombres, mujeres, niños, ancianos, amigos, enemigos, familiares, y una larga lista de etcéteras.  Luego de varios encargos el practicante de vudú obtuvo acceso a muchas habilidades que, de otra forma, le hubieran sido complicadas o imposibles de dominar.

—Muy bien muchacho, has cumplido con el requisito —dijo el ente dentro del cuchillo al observar lo que el joven practicante de vudú presentaba ante sí—. Toma el arma y termina de entregar la ofrenda.

—Como pediste, aquí está —dijo el joven practicante de vudú, mientras colocaba a un hombre en el suelo—. ¿Qué hago ahora?

—Usa el cuchillo y mátalo, apuñálalo exactamente así —el ente dentro del cuchillo envió una visión a la mente del practicante de vudú donde se mostraba claramente la forma correcta de apuñalar la ofrenda.

Esta era la primera vez que se le pedía como requisito un asesinato. El practicante de vudú hizo tal como el ente le pidió y esperó su recompensa. De repente, el cuchillo cobró vida propia y levitó hasta estar frente al rostro del practicante, que estaba de rodillas y manchado de la sangre del asesinato que acababa de cometer.

—Muy bien muchacho, has cumplido con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente en el cuchillo.

Una especie de humo oscuro empezó a salir del cuchillo, llegando a envolver por completo al joven practicante de vudú. En cuanto el humo se disipó, el practicante lanzó una fuerte y perturbadora carcajada.

—Este, ¡este es el poder que estaba buscando! ¡Necesito más! ¡Dame más! —dijo gritando y riendo.

El practicante no lo había notado, pero desde que empezó a exponerse al humo oscuro que le otorgaba los dones prometidos, su apariencia física se deterioraba más y más. Tenía unas marcadas ojeras, estaba muy delgado y pálido, y mostraba signos de envejecimiento prematuro. El practicante de vudú no sentía los efectos en su cuerpo debido que el humo oscuro generaba sensaciones falsas de bienestar en su cerebro. El humo, además, desbloqueaba habilidades en el usuario a cambio de un gran desgaste en el cuerpo. Además, el usuario mostraba  una marcada dependencia física y psicológica hacia el humo oscuro y sus efectos.

El practicante de vudú calmó su euforia y cerró los ojos para sentir los nuevos alcances de sus habilidades. Inmediatamente, una sensación de urgencia invadió su cuerpo.

—¿Cuál es el siguiente requisito? —preguntó el practicante, aún respirando agitado por el reciente efecto del humo oscuro.

—Necesito que mates a uno de nuestros enemigos, un alquimista —dijo el ente contenido en el cuchillo.

—¿No se supone que están extintos? —reclamó el muchacho— ¿Cómo se supone que voy a encontrar uno?

—Usa tus nuevas habilidades, ahora ya deberías ser capaz de sentir las auras de los alquimistas. Estudia a los más cercanos y ataca al que consideres el más indefenso  de todos —ordenó el ente, con su característico tono de automáta.

***

—Aquí debe estar, siento que está cerca —dijo el practicante de vudú, que olfateaba y observaba como una bestia cazando.

Se había internado en un bosque siguiendo la presencia de un joven alquimista que entrenaba cerca del lugar. Sin ninguna precaución, el practicante de vudú empezó a correr para arremeter contra el joven alquimista.

—Enemigo detectado: ¡Disparo! —dijo la voz de un autómata dentro de la piedra filosofal incompleta que flotaba en el aire.

El disparo alertó al alquimista, que inició el proceso de regreso desde dentro de su alma para recuperar el control de su cuerpo. Este proceso solía tomar unos cuantos segundos, por lo que el alquimista tuvo la precaución de ordenar telepáticamente otro disparo hacia el practicante de vudú para rematarlo, en caso de que aún siguiera con vida. Pero justo antes de que el rayo impactara, el practicante de vudú usó su velocidad sobrehumana para evadirlo. El practicante de vudú seguía acercándose, corriendo a cuatro patas como si fuera una bestia.

La piedra filosofal incompleta era incapaz de pensar por sí misma, por lo que su programación contra amenazas la llevó a lanzar dos disparos más. El practicante de vudú esquivó ambos. El alquimista recobró el control de su cuerpo y, para no desperdiciar los disparos restantes, tomó la piedra filosofal en su mano para sacarla del modo automático.  El practicante de vudú se lanzó sobre el alquimista y empezó a ahorcarlo en el suelo. En un sutil movimiento, el alquimista lanzó su piedra filosofal lejos de él y le ordenó telepáticamente que lanzara otro disparo.

El potente disparo logró sacar de encima al enemigo del alquimista, que aprovechó para incorporarse, tomar su piedra filosofal y empezar a correr. Sabía que el disparo de su piedra no podía matarlo, que el enemigo era físicamente superior y que solo le quedaba un disparo. Asustado, empezó a usar su aura para potenciar su cuerpo y acelerar la velocidad de su huida desde dentro del bosque hacia la carretera más cercana.

—No tiene sentido que intentes escapar —el alquimista oyó la voz del practicante de vudú dentro de su mente—. Puedo olerte, verte, sentir tu presencia. Estás herido y desgastado, no llegarás muy lejos.

—¡No voy a escucharte! —gritó el alquimista dentro de la mente del practicante de vudú— ¿Qué quieres de mi?

Una vez que el practicante de vudú percibió que el alquimista también poseía el poder de la telepatía, se enfureció mucho. En su rabia, aumentó la intensidad de su poder para transmitir no solo su voz, sino también imágenes dentro la mente del joven alquimista. El truco logró perturbar profundamente al alquimista, que fue obligado a ver escenas de cómo el practicante de vudú lo mataba con múltiples puñaladas en medio del bosque, para luego ofrecer su vida como sacrificio.

Mientras más corría el alquimista, más intensas y perturbadoras eran las visiones. Hasta que, finalmente, el cuerpo del alquimista se detuvo por completo presa del pánico. El practicante de vudú lo alcanzó y empezó a golpearlo con mucha violencia, rompiendo sus extremidades para que éste no pudiera escapar de nuevo.

Dándole el resto de sus energías a su piedra filosofal, el alquimista ordenó a su piedra lanzar su último disparo. La piedra flotó en el aire y apuntó al practicante de vudú. Esta vez, el practicante estaba muy atento a su llegada, por lo que sacó rápidamente su cuchillo ceremonial y, recitando un rápido conjuro, logró repeler el disparo.

—¿No lo entiendes? ¡No tienes esperanza! Solo debes resignarte a morir, maldita escoria —gritó enfurecido el practicante de vudú, mientras llevaba a su víctima hacia lo profundo del bosque.

Durante el trayecto, el alquimista quedó inconciente. Al llegar al bosque, el practicante de vudú lo ató de todas sus extremidades. El practicante de vudú estaba ansioso por terminar la ofrenda, por lo que decidió despertar al joven alquimista con una puñalada en la pierna. El alquimista gritó de dolor.

—¡Empecemos esto de una buena vez! —dijo el practicante de vudú, extasiado por la mera idea de recibir de nuevo el humo oscuro.

El practicante de vudú sacó su cuchillo ceremonial y, usando un extraño humo rojo que emanaba de él, paralizó el cuerpo del joven alquimista. Luego, presionó fuertemente la punta del cuchillo en la frente del alquimista, que no podía gritar ni reaccionar debido a la parálisis. El practicante de vudú empezó a recitar un conjuro, con éste no solo podía transferir imágenes en la mente del alquimista, sino que además podía estimular las zonas del cerebro relacionadas con el dolor. De esta forma, torturó al joven con mil visiones de puñaladas que se sentían como si vinieran de un cuchillo al rojo vivo.

Cuando la tortura mental terminó, el practicante de vudú atravesó el corazón del joven alquimista y acabó con su vida. Terminada la ofrenda, el cuchillo levitó y habló.

—Muy bien muchacho. Cumpliste con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente contenido en el cuchillo mientras expulsaba más humo negro para el practicante de vudú—. El siguiente requisito será más complicado.

—¡Acepto! —dijo el joven practicante de vudú.

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Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Black stones», Pxhere (CC0)

Sigo recibiendo lecciones de la guardiana del libro que encontré. En esta ocasión me contó otra leyenda humana de la que jamás había oído, una sobre unas tales semillas de la codicia:

Son conocidas en el mundo de la alquimia como objetos malditos, aunque los practicantes de vudú  las sienten como una bendición de poder. Lo cierto es que las semillas de la codicia son unas pequeñas piedrecillas cúbicas de color negro que los practicantes de vudú descifran para contactar al ente en su interior.

Los practicantes de vudú, dependiendo de su habilidad, son capaces de descifrar la naturaleza de aquellos entes y hacer pactos con ellos para obtener poder, objetos o habilidades que de otra forma no podrían conseguir. Los requisitos de las semillas de la codicia van aumentando en su dificultad de obtención, así como en la crueldad necesaria para cumplirlos.

Los practicantes de vudú no se dan cuenta, pero una vez que se adentran en el  proceso de descifrar una semilla de la codicia, su sed de sangre aumenta. La programación de la semilla es muy sencilla y consiste en un mahou para crear un ente artificial que ayuda a amplificar y utilizar la sed de sangre y los sentimientos agresivos de la persona influenciada y canalizarlos en la destrucción violenta de cualquier emisión de energía que tenga parecido alguno con la alquimia sagrada.

El creador de las semillas de la codicia es el mismo que el de la raza de seres interdimensionales conocida como Los Limitantes. Las instancias, o formas presenciales de Los Limitantes son agentes sin voluntad ni conciencia, debido a que no están técnicamente vivos. Por tanto, no pueden reclutar ni adoctrinar asesinos que los ayuden en su misión de reprimir cualquier forma de alquimia. Para llevar a cabo dicha tarea, las semillas se vuelven una herramienta útil para conseguir agentes involuntarios. Esto lo logran a través del mecanismo de los requisitos de las semillas, que gradualmente llegan al punto de pedir cantidades de sangre o partes corporales de alquimistas, cuya obtención lleva inevitablemente a su violento asesinato.

Muchos alquimistas, o practicantes de artes similares, han perdido la vida  a causa de la labor de las semillas de la codicia, siendo asesinados para luego ser utilizados como ingredientes humanos por parte de los practicantes de vudú que desean más del oscuro poder que ofrece la semilla. Un alquimista correctamente entrenado debe conocer no solo de la existencia de dichas semillas, sino también detectar su presencia y la que proviene de los rituales de vudú activos a su alrededor.

Luego de que me hagas unas cuantas preguntas, terminaremos. Será todo lo que te enseñaré por hoy.

Luego de mostrarme telepáticamente una imagen muy clara de las semillas de la codicia, y una sensación que pretendía mostrarme cómo se sentía la energía de un ritual de vudú, la guardiana del libro se despidió y cerró el libro. Luego de ver y sentir lo que Cleopatra me mostró, no me quedaron ganas de preguntar nada. Era una sensación abrumadora y oscura que Cleopatra llamaba sed de sangre.  Se sentía como agujas electrificadas invisibles intentando clavarse en mi piel. Jamás olvidaré esa sensación. Jamás quisiera sentirla de nuevo.

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Reportó para ustedes, el #21.

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«Spy vs Sci 558» por Anonymous 9000 (CC BY 2.0).

Cierto individuo fue entrenado desde niño en las artes del vudú, para convertirse en un mercenario de élite. Ya en su adolescencia poseía dominio sobre muchas técnicas de este arte. Cuando era un adulto joven, encontró una piedra cúbica de color negro con la que fabricó un amuleto. Usando sus conocimientos accedió a la información contenida en la piedra, que fue recopilada por una raza extraterrestre que dominaba un tipo de Mahou que permitía ‘hackear’ el cuerpo de un ser viviente, es decir, apagar la mente del ser y apoderarse temporalmente del uso de su cuerpo.

Con años de experimentación y práctica, este individuo conocido como El representante, pasó de dominar pequeños animales —para realizar atentados con explosivos— a poder tomar el control del cuerpo de otros seres humanos. Con este conocimiento pudo ofrecer servicios que ningún otro mercenario podía. En algunas ocasiones fue contratado para cometer asesinatos de gente muy vigilada, como ciertos líderes políticos o empresariales. También asesinó a varios líderes de la mafia con su técnica.

El requisito más importante para aplicar su Mahou era tener acceso visual del objetivo en tiempo real. Para algunos asesinatos, accedía a los sistemas de vigilancia para poder captar la cámara que enfocaba a su objetivo. Luego usaba su Mahou para hacer que la víctima se suicidara.

Se ganó su sobrenombre con las primeras operaciones que realizó contra la mafia. Ciertos clanes criminales lo enviaban como representante para negociaciones o diálogos. Siempre acompañado de alguien que confirmara visualmente los hechos. Debido a que los líderes de la mafia no se dejaban vigilar por cámaras ni permitían armas para personas que no fueran de su bando, El representante siempre asistía a sus reuniones completamente desarmado.

En los casos en que era obligatoria su presencia, su forma de trabajar era siempre la misma. En un murmullo casi inaudible, recitaba rápidamente un conjuro mientras miraba con disimulo a la persona más armada de la habitación. Finalmente tomaba control del cuerpo de aquella persona para matar a su objetivo y a todos en el lugar, excepto la persona contratada para verificar lo sucedido.

Los trabajos del El representante eran tan caros y exclusivos que su cantidad nunca llamó la atención.  Su existencia siempre fue clandestina y ninguno de sus ataques dejó rastros ni pudo ser atribuido a él.

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«Pavo real», por Ignacio Sanz (CC BY-ND 2.0)

El animal encerrado pierde la noción del tiempo.

Frustrado, con el cuerpo en alerta y la mente afligida,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado se irrita, pierde la noción del amor.

Confundido, con las lágrimas trabadas en sus ojos,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado llora, pierde la noción de la libertad.

Despierta presa del insomnio y, cansado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado no quiere morir, solo quiere descansar.

Presa del delirio del encierro se autolesiona y, anestesiado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado, añorando, ve la luz de afuera.

Desea, por un instante, ya no dar más vueltas en la jaula.

El animal encerrado fantasea con poder correr rápido hacia ella,

poder correr sobre la luz y consumirse….

…en miles de brillantes

…e irreconocibles…

pedazos

…de sí mismo

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Pero sigue opaco, reconocible, entero.

Sigue encerrado, el pobre animal muerto.

Un cadáver con apariencia de estar vivo.


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Fotografía: Donovan Rocester

A Serenella Rivera

Una canción que representa locura.

Agorafobia.

Una fuerza que te mantiene en tu asiento.

 

Y tú… tú aún vivías.

Mientras yo estaba muriendo.

Aunque ya sabía que tú también.

 

«Basta de tristeza», dice la canción.

O de nostalgia, como podría interpretarse.

Pero no es eso, es algo que se le parece.

 

«La realidad es que sin ti no puede ser».

Pero, entonces, ¿cómo es que estoy pudiendo?

No entiendo la realidad. O ella no me entiende a mi.

 

«Sin ti no hay belleza, solo tristeza y melancolía.

Que no salen de mí. No salen de mí. No salen».

Eso reza la letra. Eso murmuro yo.

 

¿Y tú? ¿Qué murmuras?

No te oigo.

Yo aún sigo muriendo.

 

Sigo rezando, como en la canción:

«Dile, en una plegaria, que ella regrese.

Porque no puedo sufrir más».