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Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Hercules and Cerberus statue», de WikiMedia (CC0)

Un grupo de trillizos escapó de un orfanato y pasó su niñez viviendo en casas abandonadas, subsistiendo mediante el robo de alimentos. Ya en su adolescencia tenían a su haber muchos crímenes por los que nunca recibieron un juicio. Para ese entonces eran conocidos como Los asesinos Delta, por el tatuaje en forma de triángulo negro que tenía cada uno en diferentes partes del cuerpo. Uno en la frente y,  los otros dos, en un muslo diferente. Esta información fue obtenida por una de las pocas personas que, sin morir en el intento, logró ver a los asesinos en serie y dar su testimonio.

Durante uno de sus constantes robos y asesinatos, encontraron una misteriosa escultura de un perro de tres cabezas encadenado por un hombre. La escultura tenía marcas de una escritura muy antigua, y cada perro tenía incrustadas dos piedras negras en lugar de ojos. Los hermanos, luego de matar al dueño de la casa, robaron la escultura impulsados por un extraño influjo. No se volvió a saber de ellos durante años.

***

Luego del robo de la escultura, los hermanos la llevaron a una de sus casas provisionales y la examinaron. Se dieron cuenta que no había nada aparentemente valioso en ella, salvo las piedras negras en los ojos de cada perro. Intentaron sacarlas a la fuerza, para cotizarlas en el mercado negro e intentar venderlas a buen precio. Pero, en cuanto intentaron quitar una de las piedras, la escultura se encendió en llamas, haciendo que la soltaran inmediatamente. Luego, para sorpresa de los hermanos, la escultura en llamas levitó hacia el centro de la habitación y empezó a hablar.

—El lazo de sangre es necesario para el conjuro de invocación. Solo tres hermanos de la misma edad podrán liberar el poder completo de esta escultura. ¿Serán ustedes aquellos que lo logren?— la escultura esperaba una respuesta de los impactados hermanos.

Los hermanos se miraron entre sí, sorprendidos y dudosos sobre qué respuesta dar. También estaban mareados por el humo negro que provenía de la escultura en llamas. Pero, bajo el oscuro influjo del humo negro, finalmente dijeron al unísono: “¡Queremos ese poder!”.

—¡Perfecto! —dijo la escultura—, pero antes deberán firmar el contrato y pagar el precio.

Dicho esto, la escultura empezó a explicarles paso a paso todo lo que debían hacer.

***

La escultura estaba lista y todos los ingredientes estaban reunidos en el sótano de una casa de la que se apoderaron una semana antes, secuestrando a sus dueños. Primero, cada uno tuvo que hacerse un corte en la muñeca izquierda y derramar, al mismo tiempo, su sangre sobre la escultura. Eso hizo que la escultura pasara de un color parecido al mármol, a tener el mismo color que la sangre. Luego, fueron a la habitación donde tenían a los dueños de la casa con su hijo. Los llevaron amarrados ante la presencia de la escultura, que levitó hasta el centro de la habitación y dijo: “¡Ahora!”. Dicho esto, los hermanos degollaron a sus tres rehenes, al mismo tiempo, y los ofrecieron como sacrificio ritual, recitando un conjuro que la misma escultura les había enseñado.

Inmediatamente después del sacrificio y el conjuro, la escultura empezó a convertirse en polvo, dejando solo los ojos de los perros. Los hermanos tomaron, cada uno, dos piedras negras y oyeron una voz que salía al mismo tiempo desde cada una de ellas

—De ahora en adelante, serán conocidos como Los hermanos Kérberos. El sello que mantenía encerrado el poder de la escultura se ha roto. Ahora es suyo. Aprendan a usarlo, ¡si es que son capaces!

***

Años pasaron. Los hermanos Kérberos, luego de mucha investigación, descubrieron que las piedras podían ser descifradas con un arte conocido como vudú. Aprendieron las bases de dicho arte y descifraron cada una de las seis piedras negras. Descubrieron que cada pareja de ojos contenía un conjuro de Mahou de efecto desconocido. Cada conjuro mostraba un mayor nivel de dificultad en cuanto a los pasos e ingredientes requeridos.

Eventualmente, intentaron el primero de los tres conjuros contenidos en las piedras negras. El conjuro tenía como requisito un sacrificio humano por cada una de las piedras, es decir, un sacrificio por cada cabeza de perro. Con los ingredientes reunidos, en un sitio apartado y al aire libre, Los hermanos Kérberos procedieron a la ejecución del conjuro. Con las piedras negras en cada una de sus manos, cada hermano tomó a un rehén y lo degolló. Luego, sumergieron sus piedras negras en la sangre de sus víctimas. Las piedras brillaron y, de cada par, empezó a salir una especie de humo negro que se acumulaba poco a poco hasta formar la silueta de un perro. Una vez formadas las encarnaciones de humo, los hermanos tomaron a los otros tres rehenes y los ofrecieron como sacrificio a los perros. Cada silueta de humo empezó a invadir y consumir a su víctima, que gritaba de dolor en el proceso. Al concluir el sacrificio, los perros tomaron forma material.

Los tres perros tenían un gran tamaño, alrededor de cinco metros de altura. Y empezaron a aullar al unísono. Luego de eso, los hermanos intentaron hablar con los perros. Cada perro eligió a su dueño y empezaron a explicar que, antiguamente, habían sido encerrados por un poderoso alquimista dentro de aquella escultura. Y que, durante siglos, habían esperado la remota posibilidad de hallar unos trillizos dispuestos a liberarlos, puesto que ese lazo de sangre era uno de los ingredientes principales para romper el sello. Dicho esto, cada perro dirigió la mirada a su dueño y, al unísono, dijeron: “Y, hablando de sangre, aún no recuperamos del todo nuestros poderes”.

Luego de aquellas palabras, cada perro empezó a atacar a su dueño. Los hermanos intentaron evadir los ataques con sus habilidades vudú, pero no lo lograron. Pese a ello, los perros no los mataron. Una vez dejaron gravemente heridos a Los hermanos Kérberos, los perros dijeron:

—Necesitábamos de su sangre, tomada por la fuerza, para así recuperar nuestros poderes. Tómenlo como un precio por el contrato de invocación.

Los perros, entonces, aullaron al unísono mirando la luna llena y cada uno lanzó un rugido. Uno de los perros emanaba un aliento con llamas. Otro, un aliento de hielo. Y, el último, un aliento eléctrico. Terminada la exhibición de poder, los perros se volvieron humo nuevamente y volvieron cada cual a su par de piedras negras. Luego de su larga recuperación, cada uno de los hermanos quedó con una secuela física diferente. Uno de ellos perdió un ojo. Otro, un brazo. Y, el último, una pierna.

***

Pasaron muchos años de dolorosa rehabilitación. Sin embargo, los hermanos estaban seguros que no había sido en vano. Los perros, para poder liberarse del sello, habían firmado un contrato de invocación con ellos, por lo que no podían negarse cuando se los llamara. Pero ellos ya sabían de la monstruosa fuerza y agresividad de los tres perros. Por lo que decidieron entrenar durante un tiempo antes de invocarlos de nuevo, para que no se repitiera el incidente de la primera vez. Además, tenían los ingredientes preparados para el segundo de los tres conjuros que contenían las piedras.

Esta vez, los ingredientes eran seis sacrificios humanos y tres semillas de la codicia. Los tres primeros rehenes fueron utilizados para el ritual de invocación. Los Hermanos Kérberos degollaron, al mismo tiempo, a tres de sus víctimas mientras recitaban un conjuro de Mahou. Inmediatamente, arriba de ellos, se abrieron tres grietas dimensionales que trajeron de vuelta a los perros. Los hermanos esquivaron el primer inconveniente y evitaron ser aplastados por los perros dando un rápido salto hacia atrás. Antes que los perros pudieran reaccionar, degollaron a los rehenes restantes y recitaron el segundo conjuro contenido en las piedras de la escultura. Luego, los hermanos embebieron sus piedras negras en la sangre. Es decir, las piedras que representaban los ojos de la escultura, más las semillas de la codicia que consiguieron matando a tres diferentes practicantes de vudú.

Una vez hecho eso, las piedras levitaron y empezaron a usar la sangre y huesos de los sacrificios para formar, en los cuerpos de los hermanos, los miembros perdidos. Tenían su ojo, brazo y pierna otra vez, pero eran de color negro y cada uno tenía incrustadas tres semillas de la codicia.

Con sus miembros ya regenerados, y el poder de las semillas de la codicia, su sed de sangre aumentó. Además, de cada miembro artificial, ellos podían enviar una señal que controlaba mentalmente a los perros. Así lograron el control de las criaturas que tanto esfuerzo y dolor les costó invocar.

***

Una vez logrado el control de sus invocaciones, Los Hermanos Kérberos se dirigieron al pueblo donde estaba el orfanato del que huyeron. Se hospedaron unos días en un departamento amoblado, sin llamar la atención. Durante ese tiempo, se dedicaron a conseguir nueve sacrificios más. Cuando dejaron a sus rehenes maniatados en la cueva más cercana, se dirigieron al pueblo a marcar tres paredes con símbolos pintados con una mezcla de su sangre y la de sus rehenes.

Hecho esto, volvieron a la cueva y, cada cual, tomó a una víctima, la degolló y recitó el conjuro correspondiente para abrir la grieta dimensional e invocar a su respectivo perro. Inmediatamente, enviaron la señal de control mental y mantuvieron quietos a los canes para dibujar símbolos de sangre en sus lomos. Luego, tomaron tres rehenes más, los degollaron y recitaron un conjuro. Eso abrió otra grieta dimensional que se llevó a los perros y los invocó en el lugar donde dejaron las marcas de sangre en el pueblo.

Finalmente, degollaron a las víctimas restantes y recitaron otro conjuro. Esto provocó que aparecieran tres grietas dimensionales que transportaron a los hermanos sobre las marcas de sangre dibujadas en los lomos de sus respectivos perros. Una vez completado el proceso, utilizaron a los perros para destruir todo a su paso. Usando el aliento del perro eléctrico, sobrecargaron el sistema de abastecimiento de energía para dejar la ciudad a oscuras. Usando el aliento del perro gélido, congelaron el suelo para evitar que cualquiera escapara en vehículos o a pie. Y, finalmente, quemaron todo y a todos a su paso usando el aliento del perro ígneo.

No hubo forma de registrar evidencia alguna de lo sucedido. No quedaron sobrevivientes en el pueblo. Las fuentes oficiales declararon un ataque terrorista de un grupo desconocido que decidió no atribuirse el atentado.

 

Ojos compartidos

Publicado: 11/11/2019 en Blog Salto al reverso, Relatos sueltos
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«Ojo cascada de la cuidad sombra», por Mystic Art Desing (CC BY)

Mientras vagaba en las tierras de la locura, sentí una presencia extraña dentro de mi cuerpo. Me costó años averiguar de qué o quién se trataba, pero su presencia no era nada agradable.

Aquella esencia, con la forma de un niño como de unos cinco o seis años, era una parte de mi ser. Una parte que, debido a la represión extrema a la que fue sometida,  tuvo que manifestarse en forma visible para captar mi atención.

Viendo esto, le pregunté:

—¿Qué necesitas? ¿Por qué intentas invadir mi ser con tus ganas de llorar?

Al darse cuenta de que al fin lo había notado, el niño contestó:

—Justo eso necesito. ¡Tus ojos para poder llorar!

Al notar su convicción, me preocupé y me intrigué al mismo tiempo. No aguanté la curiosidad y le dije:

—¿Por qué no usas tus propios ojos para llorar?

El niño, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, me dijo que yo no entendía nada.

—Tus ojos son los únicos que tienen acceso a la salida.

Sin entender, volví a preguntar:

—¿Acceso a la salida?

El niño, evidentemente molesto porque yo no entendía, me dijo:

—Si lloro con mis ojos, moriré ahogado dentro de la burbuja en la que me confinaste. Pero si uso los tuyos, el agua se irá por la salida.

Yo, habiendo comprendido sus palabras, le dije apenado:

—No puedo darte mis ojos.

El niño, dando la vuelta para marcharse y convertirse de nuevo en una incómoda esencia incorpórea dentro de mi cuerpo, reclamó:

—¡No me quieres dar tus ojos! ¡Son mis ojos también!

Convencido de mi respuesta, le dije:

—¡No! Pero puedo prestártelos.

El niño, sorprendido por la respuesta, se volvió hacia mí:

—¿Cómo podrías hacer eso?

Le respondí:

—Yo, en momentos convenientes, te prestaré mi acceso a la salida y dejaré que elimines el exceso de agua para que ya no te ahogues.

El niño, con un rostro de notorio agradecimiento, empezó a convertirse en una niebla plateada y salió de mi cuerpo. La niebla dijo:

—Te tomaré la palabra, esperaré mi momento para que cumplas tu promesa.

Era la voz del niño, que ya no habitaba en mi cuerpo entero. Tan solo en mis ojos, esperando su turno para usarlos.

Con eso desaparecieron las manifestaciones molestas de aquella esencia. Gracias al pacto de utilización de ojos que firmamos con aquella conversación.

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Jorō Spider», por Pamsai (CC BY-SA 2.0)

El alquimista marino gustaba de involucrarse en luchas clandestinas con el fin de medirse físicamente contra oponentes fuertes. Además, como cazador de rituales de vudú que era, ese tipo de lugares siempre le servía para obtener pistas que usualmente lo llevaban a capturar a ciertos practicantes de vudú de bajo rango.

El alquimista conoció una vez a un luchador de artes marciales que se hacía llamar Jorōgumo. Este luchador tenía la fama de excéntrico debido a su vestimenta; ropa muy holgada, capucha y máscara. Era considerado invencible y casi siempre se cobraba mucho dinero por verlo pelear, debido a que su fama de invicto hacía imposible realizar apuestas rentables.

El alquimista marino no dudó en retar a Jorōgumo a una pelea. Esta vez sí se realizaron apuestas. El alquimista marino era conocido por ganar cada encuentro al que se había presentado. Las apuestas estaban divididas. Sin embargo, casi todos los espectadores esperaban que Jorōgumo ganara la pelea.

Al momento del encuentro, El alquimista marino percibió en Jorōgumo la sed de sangre propia de un practicante de vudú. No dudó en luchar usando su aura para intensificar las capacidades de su cuerpo. Para sorpresa del público, El alquimista marino no solo pudo seguirle el ritmo a Jorōgumo y asestarle algunos golpes, hazaña que nadie había logrado hasta ese momento, sino que además logró quitarle la capucha y la máscara. De esta manera, expuso que detrás de la identidad de Jorōgumo se encontraba una mujer. Ella, sintiendo manchado su honor, renunció a la pelea. Y, antes de huir a toda velocidad, recitó un conjuro sobre El alquimista marino.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El conjuro lanzado por Jorōgumo era un sutil comando de Mahou que permitía al usuario ubicar en tiempo real la posición de su víctima. Jorōgumo había entrenado durante varios años mientras estudiaba el errático patrón de ubicación de El alquimista marino. Finalmente, sintiéndose completamente lista, persiguió y encontró al alquimista. Lo desafió a una pelea.

Esta vez su forma de vestir era muy diferente. Dejaba ver su rostro, usaba ceñidas ropas negras y una bandana con una piedra negra cúbica incrustada en su nudo. Además, su estilo de combate había cambiado dramáticamente. El alquimista marino, de inmediato, percibió que la sed de sangre que provenía de aquella mujer no era para nada algo normal. Nunca había escuchado de un entrenamiento u objeto que fuera capaz de amplificar a ese grado los poderes de un practicante de vudú.

Jorōgumo no le dio mucho tiempo al alquimista como para analizar la situación. Empezó a arremeter con rápidos puñetazos con el fin de hacerle perder la concentración. Sin embargo, El alquimista marino era un hábil pugilista y esquivaba con destreza los ataques de su adversaria. Mientras esquivaba, logró percibir una extraña energía procedente de la piedra negra de la bandana. Intentó arrebatársela a la fuerza, pero ella frustraba sus intentos a una velocidad sobrehumana. El alquimista marino usó su aura al máximo para potenciar su velocidad y logró acorralar a Jorōgumo.

—¡Dime qué demonios tiene esta bandana! —exigió El alquimista marino, mientras levantaba y ahorcaba a su adversaria con una mano y le quitaba la piedra negra con la otra.

Jorōgumo, viéndose en un aprieto, recitó un conjuro y materializó una katana en su mano. Gracias al factor sorpresa, y a un rápido movimiento, logró quitarle la piedra negra a su oponente. El alquimista marino dio un rápido salto hacia atrás, para evitar ser cortado, y sacó una piedra roja de su bolsillo.

—¡Yo también puedo hacer trucos, Jorōgumo! —dijo El alquimista marino, mientras sacaba una cimitarra desde dentro de su piedra filosofal.

La pelea a puño limpio se convirtió en un duelo de espadas. El alquimista marino decidió terminar la pelea con un solo movimiento. Usando la que era su técnica más poderosa hasta el momento, colocó su piedra filosofal en su espada para infundirle masivas cantidades de aura. Esto aumentaba, por mucho, el rango y poder de corte del arma. Y, con un brusco movimiento de dos manos, desató una ráfaga cortante de aura con la que derrotó a Jorōgumo, provocándole heridas muy graves que incluían quemaduras en varias partes de su cuerpo y la pérdida de un brazo y un ojo.

—Me llevaré esto para estudiarlo con detenimiento —dijo El alquimista marino, recogiendo la piedra negra.

Jorōgumo, usando su último recurso, convirtió su cuerpo en humo y desapareció del lugar antes de ser rematada por el alquimista.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El alquimista marino no lo sabía, pero seguía bajo el efecto del conjuro de rastreo de Jorōgumo quien lo encontró y emboscó durante uno de sus viajes. No esperaba un ataque de alguien a quien creía lisiada y sin la capacidad representar peligro alguno.

—¿Quién diablos eres y qué quieres de mi? —gruñó El alquimista marino.

—¿No me recuerdas, alquimista? —dijo Jorōgumo, mientras se quitaba la capucha con lo que parecía ser una gran pata de araña, dejando ver un deformado rostro con un parche que tenía una piedra negra incrustada.

El alquimista marino percibió una sed de sangre mucho mayor que la del último encuentro. Era evidente que las capacidades físicas de su adversaria habían aumentado considerablemente. Jorōgumo no perdió tiempo y conjuró su katana. La impregnó con una niebla negra que aumentaba su alcance y poder de corte. Una técnica muy parecida a la que El alquimista marino usaba con su cimitarra.

El alquimista respondió con su propia técnica. Parecía como si de su espada fluyeran flamas rojas, mientras que la katana estaba envuelta en unas extrañas llamas negras. Ambos sabían que, si recibían un ataque de su oponente, serían fulminados por la energía de su espada; por lo que la pelea se llevaba a cabo a mucha velocidad pero a la vez con mucha cautela.

Jorōgumo quería terminar el encuentro pronto. Dio un gran salto hacia atrás y empezó a recitar un conjuro. Inmediatamente después, se quitó las prendas de vestir superiores dejando al descubierto un torso lleno de quemaduras. En cada costado tenía incrustadas dos piedras cúbicas.

—En este momento cobraré venganza por mi honor, alquimista —dijo Jorōgumo, muy segura de sí misma.

El alquimista marino se sentía paralizado. No lo percibió a tiempo pero, al chocar espadas con Jorōgumo, había inhalado un poco del humo negro que manaba de su katana.

Jorōgumo seguía recitando su conjuro hasta completarlo. De repente, se deshizo el conjuro que materializaba su katana y las piedras negras de su torso desaparecieron a la vista. Lentamente, la practicante de vudú caminó hacia El alquimista marino que activó la trampa que tenía preparada.

Su piedra filosofal, conocida como La concha marina, estaba suspendida en el aire y empezó a lanzar potentes ráfagas de energía que eran desviadas en cuanto se acercaban a Jorōgumo, aparentemente sin que esta hiciera esfuerzo alguno.

El alquimista marino estaba sorprendido, pese a ello no había perdido la calma. Pero, sin darle tiempo para pensar en algo contra la parálisis, Jorōgumo se acercó y le dio un abrazo.

—¿Qué diablos haces? —balbuceó el paralizado alquimista.

—¡Este es El abrazo de la araña! —gritó con demencia Jorōgumo.

Era muy tarde para que El alquimista marino los percibiera, pero cuatro brazos invisibles salían del torso de Jorōgumo. Dos a cada costado, justo donde estaban incrustadas las piedras negras. Cada uno de ellos blandía katanas invisibles impregnadas con sed de sangre. Usando dichas armas había desviado las ráfagas de su piedra filosofal. Y esas mismas armas invisibles lo apuñalaron en tajo cruzado en el tórax.

El alquimista marino no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando pudo percatarse, estaba desangrándose, tendido en el suelo y perdiendo la conciencia. La concha marina  estaba programada para un evento de esa magnitud. Por lo que, al entrar en shock, una runa en forma de ojo brilló en la frente de El alquimista marino al mismo tiempo que brillaba una idéntica dentro de su piedra filosofal.

—Activando modo de emergencia —dijo La concha marina.

Inmediatamente, una barrera de energía impidió que Jorōgumo rematara al alquimista malherido. Eso le dio tiempo a la piedra para transportarlo a su interior y huir a un lugar seguro, convirtiéndose en lo que parecía una bengala roja que huía a toda velocidad. Jorōgumo no logró consumar su venganza.

Atónita por la forma en que escapó su adversario, se quedó con la satisfacción de saberse lo suficientemente hábil como para lastimar gravemente el cuerpo del alquimista que la había desfigurado y mutilado. Mientras tanto, los mecanismos internos de La concha marina, creados para regenerar el cuerpo del alquimista en caso de daño crítico, realizaban labores médicas de emergencia a toda velocidad con el objetivo de salvarle la vida.

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Mechanical brain», por Aytuguluturk (CC0)

Cierto día del siglo XXIII, la pareja de científicas conocida como Las Hermanas Alastor logró construir con éxito una máquina que incorporaba los últimos descubrimientos en computación cuántica y neurología. Con esta máquina lograron deconstruir la estructura cerebral de un ratón, que previamente fue preparado para memorizar ciertos patrones de colores, para luego reconstruirla en el cerebro de otro.

El ratón modificado, para objetos del estudio, mostraba una conducta y recuerdos estadísticamente idénticos a los del ratón deconstruido. Luego de muchos estudios confirmatorios por parte de la comunidad científica, se demostró que se trataba de una genuina transferencia de conciencia. Se había logrado copiar la mente de un ser vivo para luego colocarla en el cuerpo de otro. Los logros de Las Hermanas Alastor fueron publicados en muchas revistas importantes de ciencia y, eventualmente, se hicieron acreedoras al Premio Nobel en Medicina y Física por su hazaña.

***

Décadas después del logro de Las Hermanas Alastor, un lobby de inversionistas mostró mucho interés en el invento y dedicó grandes inversiones en investigación y desarrollo para perfeccionar la máquina al grado de que su aplicación fuera segura en seres humanos. Cuando la máquina estuvo lista, el lobby inició una campaña para recuperar su inversión. La campaña consistía en proveer a los gobiernos con muchas de las que se llegaron a conocer como Máquinas de Alastor. 

Debido a que las leyes internacionales prohibían el uso comercial de la tecnología de transferencia de conciencia, el lobby tuvo la idea de manipular a los gobiernos para conseguir una reforma en las leyes de derechos humanos y leyes de derecho penal, para así conseguir un cambio de sistema que permitiera el uso gubernamental de las Máquinas de Alastor. De esta forma lograron aplicar su plan piloto en los sistemas médicos y penitenciarios de diferentes países.

 

***

Con los años, la estructura ideada por el lobby llegó a popularizarse tanto que cientos de países copiaron el modelo e iniciaron sus propias reformas legales. Las reformas, casi siempre, consistían en cambiar las leyes para poder aplicar lo que ellos llamaban el Sistema de condena justa. 

El Sistema de condena justa logró popularizarse entre la población común.  Esto se logró mediante una maquinaria propagandística destinada a desviar la atención del público hacia una supuesta preocupación para con los enfermos terminales y otro tipo de personas con enfermedades degenerativas o trastornos que afectaban gravemente su estilo de vida.

El sistema consistía en un algoritmo que empataba a un enfermo con alguien de similares características elegidas por el programa. Una vez hallada una persona idónea, dentro de las bases de datos de las personas privadas de la libertad, se usaba una Máquina de Alastor para intercambiar las conciencias del enfermo y la persona privada de la libertad.

El sistema penitenciario, evidentemente, debió pasar por una reestructuración de fondo para convertirlo en una estructura eficiente que optimice la salud de los prisioneros para luego colocarlos en la base de datos del Sistema de condena justa. De esta forma, los prisioneros estaban listos para ceder sus cuerpos sanos a una persona enferma. Todo aprobado por las leyes correspondientes, que confiaban plenamente en el algoritmo que colocaba a los prisioneros en diferentes categorías de condena. Las categorías asignaban los cuerpos más dañados a los sentenciados por las faltas más graves. Dejando a los prisioneros condenados a sufrir los síntomas dentro de sus celdas, sin opción a recuperar su cuerpo original que pasaba a ser propiedad legal del enfermo beneficiario.

El lobby, luego de la implementación casi mundial de su Sistema de condena justa, utilizó la obsolescencia programada de ciertos componentes de las máquinas para poder venderlas con un lucrativo servicio de mantenimiento constante. También lograron imponer un sistema de reemplazo periódico de las máquinas, que muchas veces se declaraban en mal estado para poder realizar ajustes ilegales en el inventario. Todo esto con el objeto de que, tanto el lobby como los funcionarios gubernamentales corruptos,  ganaran enormes sumas de dinero.

Originalmente publicado en: Blog Salto al reverso

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«Tibetan ritual knife», Wikimedia (CC0)

Cierto día, un practicante de vudú se encontró con una piedrecilla cúbica de color negro. Al sentir la sutil energía que irradiaba, decidió tomarla y llevarla a su casa para investigarla con detenimiento. Mientras la examinaba, se percató de que no era una piedra sino un objeto sellado que almacenaba algo. Luego de intentar romper el sello durante algunas semanas, finalmente descifró el conjuro para la apertura del objeto. Al utilizarlo, pudo acceder al contenido de la piedra negra e inmediatamente escuchó una voz en dentro de su mente.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?

El practicante de vudú hizo un gesto de satisfacción y asombro. Estaba contento por el logro de romper el sello de un objeto tan complicado y, también, estaba asombrado por el contenido de la piedra negra. No esperaba encontrar a un ser capaz de comunicarse. Luego del asombro inicial, empezó la conversación.

—Humano. Humano. ¿Puedes oírme?  —dijo el ente dentro del objeto.

—Sí, puedo oírte en mi mente. ¿Quién eres? —preguntó el practicante de vudú.

—La pregunta correcta no es quien soy —dijo el ente—, sino qué soy y qué puedo hacer por tí.

—¡Explícate con claridad! —el practicante agarró la piedra negra en sus manos y le dirigió la palabra como si esta realmente hablara, pero no era más que una proyección telepática de la voz del ente dentro de la piedra cúbica.

—Soy el guardián del poder de esta semilla. Cumple con los requisitos que te pida y tu recompensa no será otra sino poder —dijo el ente, en el tono de voz de propio de un autómata.

El practicante de vudú se lo pensó mucho. Dejó la piedra negra en el suelo y se puso a conversar con aquel ente para pedirle detalles sobre aquello que le ofrecía.

***

El joven alquimista continuaba con su viaje de entrenamiento para comprender mejor la estructura y funcionamiento del núcleo del alma humana. Como era su costumbre, usó su piedra filosofal incompleta para entrar en un supermercado y  robar los implementos necesarios para luego internarse en el bosque e iniciar una profunda meditación que era parte de su entrenamiento de alquimia. La mayor parte de las veces, sus viajes empezaban y terminaban sin complicaciones.

Aquel joven alquimista había desarrollado, para su protección, una técnica de alquimia que amplificaba sus poderes propios usando la piedra filosofal incompleta como una batería que recargaba de forma perpetua usando su propia ánima. El proceso de cargar la piedra lo cansaba significativamente. Sin embargo, la piedra quedaba completamente cargada luego de un par de semanas. Esto se debía a que la piedra no estaba lo suficientemente desarrollada como para almacenar más energía. Pese a ello, el ánima acumulada era lo suficientemente poderosa como para lanzar seis potentes rayos de aura concentrada. Cada uno de estos rayos era tan potente como para impactar y dejar inconsciente a un oso, por lo que el alquimista se sentía bastante seguro vagando por los bosques durante cualquier hora del día.

Cuando llegó al bosque, el alquimista hizo su rutina de cada entrenamiento. Se concentró y buscó el lugar del bosque donde se sintiera más fuerte el Ánima Mundi.  Sobre ese lugar se sentó en una pose de meditación, con la piedra filosofal entre sus manos. Luego, como si se tratara de una ofrenda a la naturaleza, extendió las manos hacia el cielo y se concentró. La piedra filosofal quedó flotando en el aire mientras el alquimista, con los ojos cerrados, unió sus manos para completar el trance con el que accedía a su propia alma para continuar estudiando su núcleo. El estudio del núcleo del alma es una práctica peligrosa, cuyas técnicas deben manejarse con suma cautela. Además, el trance necesario para el estudio del núcleo del alma, requiere dejar el cuerpo expuesto a ataques. Para evitarlo, los alquimistas siempre tienen un truco para su propia protección. En este caso, el joven alquimista dejaba su piedra filosofal incompleta como un guardián flotante que, al detectar alguna presencia hostil, dispara inmediatamente.

***

El practicante de vudú, usando un ritual, fusionó la semilla con su cuchillo ceremonial. De esta forma, la recompensa que otorgaba el ente era un aumento en el poder del arma del practicante de vudú. El practicante de vudú acababa de cumplir con el siguiente requisito que le pedía el ente dentro de la piedra negra. Llevaba cumpliendo varios. Al principio, el ente pidió como requisito veinte dedos de diferentes enemigos del practicante. Luego de cumplir con esto, el ente le otorgó el don de la telepatía.

En los siguientes encargos variaban las partes corporales y la cantidad de éstas, así como el tipo de persona del que debían obtenerse: hombres, mujeres, niños, ancianos, amigos, enemigos, familiares, y una larga lista de etcéteras.  Luego de varios encargos el practicante de vudú obtuvo acceso a muchas habilidades que, de otra forma, le hubieran sido complicadas o imposibles de dominar.

—Muy bien muchacho, has cumplido con el requisito —dijo el ente dentro del cuchillo al observar lo que el joven practicante de vudú presentaba ante sí—. Toma el arma y termina de entregar la ofrenda.

—Como pediste, aquí está —dijo el joven practicante de vudú, mientras colocaba a un hombre en el suelo—. ¿Qué hago ahora?

—Usa el cuchillo y mátalo, apuñálalo exactamente así —el ente dentro del cuchillo envió una visión a la mente del practicante de vudú donde se mostraba claramente la forma correcta de apuñalar la ofrenda.

Esta era la primera vez que se le pedía como requisito un asesinato. El practicante de vudú hizo tal como el ente le pidió y esperó su recompensa. De repente, el cuchillo cobró vida propia y levitó hasta estar frente al rostro del practicante, que estaba de rodillas y manchado de la sangre del asesinato que acababa de cometer.

—Muy bien muchacho, has cumplido con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente en el cuchillo.

Una especie de humo oscuro empezó a salir del cuchillo, llegando a envolver por completo al joven practicante de vudú. En cuanto el humo se disipó, el practicante lanzó una fuerte y perturbadora carcajada.

—Este, ¡este es el poder que estaba buscando! ¡Necesito más! ¡Dame más! —dijo gritando y riendo, debido a la euforia provocada por el gran aumento en su sed de sangre.

El practicante no lo había notado, pero desde que empezó a exponerse al humo oscuro que le otorgaba los dones prometidos, su apariencia física se deterioraba más y más. Tenía unas marcadas ojeras, estaba muy delgado y pálido, y mostraba signos de envejecimiento prematuro. El practicante de vudú no sentía los efectos en su cuerpo debido que el humo oscuro generaba sensaciones falsas de bienestar en su cerebro. El humo, además, desbloqueaba habilidades en el usuario a cambio de un gran desgaste en el cuerpo. Además, el usuario mostraba  una marcada dependencia física y psicológica hacia el humo oscuro y sus efectos.

El practicante de vudú calmó su euforia y cerró los ojos para sentir los nuevos alcances de sus habilidades. Inmediatamente, una sensación de urgencia invadió su cuerpo.

—¿Cuál es el siguiente requisito? —preguntó el practicante, aún respirando agitado por el reciente efecto del humo oscuro.

—Necesito que mates a uno de nuestros enemigos, un alquimista —dijo el ente contenido en el cuchillo.

—¿No se supone que están extintos? —reclamó el muchacho— ¿Cómo se supone que voy a encontrar uno?

—Usa tus nuevas habilidades, ahora ya deberías ser capaz de sentir las auras de los alquimistas. Estudia a los más cercanos y ataca al que consideres el más indefenso  de todos —ordenó el ente, con su característico tono de automáta.

***

—Aquí debe estar, siento que está cerca —dijo el practicante de vudú, que olfateaba y observaba como una bestia cazando.

Se había internado en un bosque siguiendo la presencia de un joven alquimista que entrenaba cerca del lugar. Sin ninguna precaución, el practicante de vudú empezó a correr para arremeter contra el joven alquimista.

—Enemigo detectado: ¡Disparo! —dijo la voz de un autómata dentro de la piedra filosofal incompleta que flotaba en el aire.

El disparo alertó al alquimista, que inició el proceso de regreso desde dentro de su alma para recuperar el control de su cuerpo. Este proceso solía tomar unos cuantos segundos, por lo que el alquimista tuvo la precaución de ordenar telepáticamente otro disparo hacia el practicante de vudú para rematarlo, en caso de que aún siguiera con vida. Pero justo antes de que el rayo impactara, el practicante de vudú usó su velocidad sobrehumana para evadirlo. El practicante de vudú seguía acercándose, corriendo a cuatro patas como si fuera una bestia.

La piedra filosofal incompleta era incapaz de pensar por sí misma, por lo que su programación contra amenazas la llevó a lanzar dos disparos más. El practicante de vudú esquivó ambos. El alquimista recobró el control de su cuerpo y, para no desperdiciar los disparos restantes, tomó la piedra filosofal en su mano para sacarla del modo automático.  El practicante de vudú se lanzó sobre el alquimista y empezó a ahorcarlo en el suelo. En un sutil movimiento, el alquimista lanzó su piedra filosofal lejos de él y le ordenó telepáticamente que lanzara otro disparo.

El potente disparo logró sacar de encima al enemigo del alquimista, que aprovechó para incorporarse, tomar su piedra filosofal y empezar a correr. Sabía que el disparo de su piedra no podía matarlo, que el enemigo era físicamente superior y que solo le quedaba un disparo. Asustado, empezó a usar su aura para potenciar su cuerpo y acelerar la velocidad de su huida desde dentro del bosque hacia la carretera más cercana.

—No tiene sentido que intentes escapar —el alquimista oyó la voz del practicante de vudú dentro de su mente—. Puedo olerte, verte, sentir tu presencia. Estás herido y desgastado, no llegarás muy lejos.

—¡No voy a escucharte! —gritó el alquimista dentro de la mente del practicante de vudú— ¿Qué quieres de mi?

Una vez que el practicante de vudú percibió que el alquimista también poseía el poder de la telepatía, se enfureció mucho. En su rabia, aumentó la intensidad de su poder para transmitir no solo su voz, sino también imágenes dentro la mente del joven alquimista. El truco logró perturbar profundamente al alquimista, que fue obligado a ver escenas de cómo el practicante de vudú lo mataba con múltiples puñaladas en medio del bosque, para luego ofrecer su vida como sacrificio.

Mientras más corría el alquimista, más intensas y perturbadoras eran las visiones. Hasta que, finalmente, el cuerpo del alquimista se detuvo por completo presa del pánico. El practicante de vudú lo alcanzó y empezó a golpearlo con mucha violencia, rompiendo sus extremidades para que éste no pudiera escapar de nuevo.

Dándole el resto de sus energías a su piedra filosofal, el alquimista ordenó a su piedra lanzar su último disparo. La piedra flotó en el aire y apuntó al practicante de vudú. Esta vez, el practicante estaba muy atento a su llegada, por lo que sacó rápidamente su cuchillo ceremonial y, recitando un rápido conjuro, logró repeler el disparo.

—¿No lo entiendes? ¡No tienes esperanza! Solo debes resignarte a morir, maldita escoria —gritó enfurecido el practicante de vudú, mientras llevaba a su víctima hacia lo profundo del bosque.

Durante el trayecto, el alquimista quedó inconciente. Al llegar al bosque, el practicante de vudú lo ató de todas sus extremidades. El practicante de vudú estaba ansioso por terminar la ofrenda, por lo que decidió despertar al joven alquimista con una puñalada en la pierna. El alquimista gritó de dolor.

—¡Empecemos esto de una buena vez! —dijo el practicante de vudú, extasiado por la mera idea de recibir de nuevo el humo oscuro.

El practicante de vudú sacó su cuchillo ceremonial y, usando un extraño humo rojo que emanaba de él, paralizó el cuerpo del joven alquimista. Luego, presionó fuertemente la punta del cuchillo en la frente del alquimista, que no podía gritar ni reaccionar debido a la parálisis. El practicante de vudú empezó a recitar un conjuro, con éste no solo podía transferir imágenes en la mente del alquimista, sino que además podía estimular las zonas del cerebro relacionadas con el dolor. De esta forma, torturó al joven con mil visiones de puñaladas que se sentían como si vinieran de un cuchillo al rojo vivo.

Cuando la tortura mental terminó, el practicante de vudú atravesó el corazón del joven alquimista y acabó con su vida. Terminada la ofrenda, el cuchillo levitó y habló.

—Muy bien muchacho. Cumpliste con el requisito. Ponte de pie y recibe tu recompensa —dijo el ente contenido en el cuchillo mientras expulsaba más humo negro para el practicante de vudú—. El siguiente requisito será más complicado.

—¡Acepto! —dijo el joven practicante de vudú.