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«Source code Brain» por Christiaan Colen (CC BY – SA 2.0).

Cierta raza extraterrestre descubrió algo parecido a un lenguaje de programación con el que está escrita la realidad. Luego de que muchas generaciones estudiaran dicho lenguaje, bautizado por ellos como Mahou, lograron utilizarlo para su crecimiento y evolución.

Dependiendo de su objetivo, el Mahou necesitaba del cumplimiento de una serie de requisitos por parte del programador para que las instrucciones surtieran efecto. Era un proceso muy complicado, que requería de mucho conocimiento y mucha destreza por parte del programador. Sin embargo, una vez cumplidos los requisitos, una serie de instrucciones completas de Mahou eran capaces alterar el tejido de la realidad misma. De esa forma, podían realizarse acciones aparentemente imposibles como la automatización de ciertos procesos, la resolución de problemas y la materialización de una extensa variedad de materiales y artefactos que lograron que la tecnología de aquella civilización avanzara a un ritmo vertiginoso.

Con el pasar del tiempo se llegó a conocer como conjuro a cualquier algoritmo escrito en lenguaje Mahou, hasta que finalmente los conjuros fueron llamados genéricamente como Mahou. La tecnología basada en Mahou, así como los conjuros, aumentaron en variedad y aplicaciones. Esto permitió que aquella civilización lograra contacto con otras razas inteligentes.

Los contactos se volvieron alianzas comerciales, donde los expertos en Mahou utilizaban sus conocimientos para dar soluciones a otras civilizaciones, que pagaban con tecnologías que no podían fabricarse mediante conjuros, con recursos minerales o agropecuarios, o con lunas o planetas que quedaban a disposición de la élite de los expertos en Mahou.

Durante el auge de aquella civilización, recibieron un gran encargo procedente de una raza de seres Interdimensionales conocida como Los limitantes. Estos clientes, sin embargo, se presentaron con otras identidades. Con este engaño contrataron los servicios de los expertos en Mahou durante el suficiente tiempo como para ganarse su confianza.

Eventualmente, Los limitantes tomaron cautivos a los expertos e invadieron todas las lunas y planetas de aquella civilización. Una vez logrado esto, volvieron esclavos a los expertos y tomaron como rehenes a todas las mujeres y niños. Cuando finalmente se apoderaron de todos los secretos del Mahou, que incluía los conjuros y artefactos desarrollados hasta el momento, mataron a las mujeres y niños. Luego congelaron los cerebros de los expertos, de tal manera que pudieran usarse como bases de datos vivientes sobre el Mahou.

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Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Pavo real», por Ignacio Sanz (CC BY-ND 2.0)

El animal encerrado pierde la noción del tiempo.

Frustrado, con el cuerpo en alerta y la mente afligida,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado se irrita, pierde la noción del amor.

Confundido, con las lágrimas trabadas en sus ojos,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado llora, pierde la noción de la libertad.

Despierta presa del insomnio y, cansado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado no quiere morir, solo quiere descansar.

Presa del delirio del encierro se autolesiona y, anestesiado,

da vueltas en su jaula sin saber qué hacer.

 

El animal encerrado, añorando, ve la luz de afuera.

Desea, por un instante, ya no dar más vueltas en la jaula.

El animal encerrado fantasea con poder correr rápido hacia ella,

poder correr sobre la luz y consumirse….

…en miles de brillantes

…e irreconocibles…

pedazos

…de sí mismo

.

.

.

Pero sigue opaco, reconocible, entero.

Sigue encerrado, el pobre animal muerto.

Un cadáver con apariencia de estar vivo.


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Ilustración por: Jie Qi

Estoy y no estoy.

Vivo y soy los extremos.

Muero y me vuelvo los medios.

 

Me veo al espejo y,

al no verme, me doy cuenta

de que existo y que no.

 

Me percato,

al ver mi cuerpo desgastado,

de que estoy muerto y vivo.

 

Y veo que soy un ser capaz

de una gran bondad

y de una muy afilada crueldad .

 

Brillo y no brillo.

Curo y enveneno.

Amo y no amo.

 

Por años busqué definir

a qué extremo

pertenecía yo.

 

Tomó mucho tiempo saber

que la verdad estaba

en todos y en ningún lado.


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Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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Fotografía: Donovan Rocester

A Serenella Rivera

Una canción que representa locura.

Agorafobia.

Una fuerza que te mantiene en tu asiento.

 

Y tú… tú aún vivías.

Mientras yo estaba muriendo.

Aunque ya sabía que tú también.

 

«Basta de tristeza», dice la canción.

O de nostalgia, como podría interpretarse.

Pero no es eso, es algo que se le parece.

 

«La realidad es que sin ti no puede ser».

Pero, entonces, ¿cómo es que estoy pudiendo?

No entiendo la realidad. O ella no me entiende a mi.

 

«Sin ti no hay belleza, solo tristeza y melancolía.

Que no salen de mí. No salen de mí. No salen».

Eso reza la letra. Eso murmuro yo.

 

¿Y tú? ¿Qué murmuras?

No te oigo.

Yo aún sigo muriendo.

 

Sigo rezando, como en la canción:

«Dile, en una plegaria, que ella regrese.

Porque no puedo sufrir más».

El gusano en el camino

Ilustración: Blacksmith Dragonheart

Existía un hombre que nació con el don de hablar con los insectos. Cierto día vio, en un camino muy largo, a un gusano arrastrándose para llegar hasta el final.

El hombre se acercó y lo saludó, le preguntó si quería que él lo llevara en su hombro hasta el final del sendero, porque sentía compasión por él y no quería que se cansara o muriera en el camino.

El gusano, atónito porque un hombre hablaba su idioma, rechazó la oferta. Le dijo: “Gracias, pero puedo seguir por mí mismo. Si no hubieras aparecido, de todas formas hubiera tenido que seguir mi camino. No necesito compasión por el hecho de llevar la vida de cualquier gusano, ni requiero de un trato especial. Sigue tu camino, buen hombre”.

El hombre, pensativo, se despidió del gusano y siguió su camino. Al llegar a su destino pensó en las palabras del gusano y dejó de esperar a que un ser más grande que él le tendiera la mano y le ofreciera un atajo a su destino.

El hombre nunca supo que el gusano, al rechazar su amabilidad, le salvó la vida.