Posts etiquetados ‘alquimia sagrada’

Originalmente publicado en: El triángulo de las lecturas

Se dice que cierto alquimista logró crear la piedra filosofal y que, llegado el momento en que la naturaleza se lo dictó, decidió marcharse del mundo terrenal creando un objeto.

Antes del día señalado por la naturaleza, el alquimista ya había preparado todos los ingredientes:

  • Su libro de investigación de alquimia.
  • Su piedra filosofal.
  • Su diario viviente.

Realizó un ritual y, en el justo instante de su muerte, usó su cuerpo como combustible para su último portento filosofal en el mundo terrenal. Logró fundir su alma con el alma de su piedra filosofal, usando como catalizador el diario —para captar la esencia de la persona— y el libro que contenía su investigación alquímica —para captar la esencia de la piedra—.

Al juntar todos esos ingredientes se obtuvo como resultado un libro con siete sellos. El libro contaba con las siguientes características:

  • Era capaz de elegir a su dueño.
  • Interactuaba con el portador del libro, proyectando en su mente una habitación astral —contenida dentro del libro— y un guardián del libro —un holograma con la misma personalidad del alquimista que lo creó—.

El guardián del libro tiene como misión buscar un dueño digno del cual alimentarse. El libro contiene sellos que impiden el acceso a sus siete secciones. El portador debe pasar siete pruebas para abrir los siete sellos.

El guardián del libro no explica al portador absolutamente nada sobre su alimentación ni sobre cuándo se están llevando a cabo las pruebas . El libro puede irse de manos del portador cuando desee. El libro, en su contraportada, tiene dos inscripciones:

El libro contiene la receta de la piedra filosofal. El mecanismo que mantiene funcionando al libro se alimenta de la apertura de los sellos, que solo pueden abrirse luego de recibir cierta cantidad de la luz que emana un ser cuando logra aquello que consideraba imposible.


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Imagen por: Ted Drake

Desde el punto de vista de un papel sobre un escritorio:

Memorandum #32768:

Le recordamos a todo el personal del CCEK que deben repasar de vez en cuando el Manual de Identificación de Evasores del Karma.

El día de ayer se observó el retraso por parte de cierto funcionario en aplicar la pena a un evasor menor (Clase D), a causa de una demora en la identificación del crimen.

Estamos aquí para descongestionar el servidor de la rueda del Dharma, no descuidemos nuestros deberes básicos.

Atte. 

Gerencia Operativa 728


Desde el punto de vista del funcionario descuidado:

Me parece sorprendente la habilidad de este humano. He investigado un poco, ellos llaman ‘Vudú‘  a aquel arte penado. Jamás había visto, fuera de los libros, el traspaso de información kármica de un aura a otra. Este humano es capaz de “maldecir” a otro para que reciba en su lugar los daños de su consumo abusivo de tabaco y alcohol.

Llevo meses observando como se marchita el humano con una vida saludable, mientras el vicioso empedernido goza de excelente salud.

Acaban de enviar otro memorandum refiriéndose a otro de mis descuidos. Es que no puedo dejar de estudiar a los humanos ahora que los tengo casi en vivo gracias a las herramientas disponibles en el CCEK.

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Reporta clandestinamente, el #21.


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Originalmente publicado en: AZAhAR literario

Imaginario borgeano

Imagen por: Blacksmith Dragonheart

El Maestro y yo llevábamos meses estudiando la exploración de mi subconsciente, intentado recuperar ciertos recuerdos bloqueados de mi infancia.

—La mente tiene muchas puertas, con destinos muy diferentes —dijo Duncan, el shamán, en el tono ceremonioso que acostumbraba usar—. Es cuestión de saber buscar, de atreverse a pasarlas.

— ¿Y cómo sabré a qué destino me llevará tal o cual puerta? —dije, sediento como siempre de los aprendizajes psiconáuticos que me ofrecía mi Maestro.

El Maestro me dijo que era muy posible que aquellas memorias que yo buscaba, para mi propia protección, estuvieran almacenadas detrás de una de las incontables Puertas de la Mente. Me explicó mucho sobre aquellas puertas y cómo acceder a ellas, pero no lo entendí muy bien.

 

***

Luego de muchos rituales de purificación, el shamán me consideró digno y preparado para beber la poción sagrada que me permitiría acceder a una especie de estado astral dentro de mi propia mente. Estaba emocionado y nervioso, pero la bebí.

Era un líquido amargo y turbio, difícil de beber. De entre los tantos ingredientes que mencionó solo uno llamó realmente mi atención. El Maestro me explicó que la liana, conocida como la soga del muerto, era clave para acceder al estado de conciencia necesario para mi exploración. No tuve objeciones. Todas las enseñanzas, todas las pociones, todos los rituales, todo llegó a tener sentido para mí. Había poder en los actos del Maestro, un poder innegable.

 

***

—¿Dónde estoy? —dije yo, luego de despertar y verme rodeado por un paisaje de arena infinita, un desierto.

—Estás dentro del desierto del conocimiento, dentro de tu mente —me respondió telepáticamente el Shamán, que me guiaba en forma de voz en mi cabeza.

—¿Qué debo hacer? ¿Busco la pirámide de las inscripciones que me mostró, Maestro?

—Efectivamente, Daniel. El ojo de Horus es la señal.

Busqué por mucho tiempo. Vagué por ese desierto lo que se sintió como días. No había nada. Mi apariencia física se sentía igual, aunque mi vestimenta era una armadura de lo más extraña, con una capa y unas extrañas estrellas que flotaban sobre mi cabeza. El Maestro dijo que aquellas estrellas eran reflejo de mi alma. Una era blanca y representaba mi bondad. Otra era negra y representaba mi maldad. La del medio era mitad blanca y mitad negra y representaba el mal dentro de mi bondad y el bien dentro de mi maldad.

Luego de lo que sentí como semanas, hallé una extraña pirámide en medio de la nada. El Maestro cada vez hablaba menos conmigo, pero supe enseguida que era la que estaba buscando. Era una pirámide invertida, girando como trompo. Arriba de ella estaba el ojo de Horus, protegiéndola con una esfera de viento que giraba más rápido que cualquier tornado que haya visto. Era una imagen imponente, intimidante.

—Al fin la hallas, Daniel —dijo el Maestro Duncan, dentro de mi mente.

—Sí, Maestro. ¿Qué es? ¿Qué debo hacer? —dije realmente confundido.

—Es la pirámide del conocimiento. Todo lo que has sabido, sabes y sabrás, está contenido dentro de aquel lugar —me respondió, con un tono que me transmitía calma, como si realmente supiera con certeza todo lo que decía.

—¿Dentro? ¿Debo entrar?

—Así es. Allí dentro está lo que buscas… y más.

—¿Cómo desactivo el tornado que la protege? —era evidente que aquel tornado me espantaba al punto de no querer siquiera dar un paso hacia adelante.

—¿Temes, Daniel? Si temes al conocimiento, el conocimiento nunca será tuyo. Debes perder el temor a entrar.

—Siento, en lo más profundo de mi ser, que si entro: el tornado me matará —dije con toda la sinceridad del caso.

—Esa es tu lección. Decide: o te quedas y la superas, o regresas sin nada —el Maestro fue severo en sus palabras.

—¡No regresaré! Llevo mucho tiempo intentando hallarme a mí mismo como para retroceder.

—Aquí estaré, llámame si decides renunciar.

 

***

Sentí que tenía todo el tiempo del mundo. Y lo usé. Pasaron meses, medité en aquel lugar durante todo ese tiempo. Debía perder el miedo a la muerte si quería cruzar aquel tornado. Pensé y pensé, hasta que mi miedo se desvaneció. Decidido, me acerqué al tornado. El ruido era ensordecedor y el viento me hacía cortes en la piel, más profundos mientras más me acercaba. No me dolían.

Cuando estuve frente a frente con el tornado, medité mucho. El ojo de Horus me habló:

—Si te acercas más, perderás tu alma.

Tomé esas palabras como una medida de seguridad, diseñadas para alejar por completo a quien haya llegado tan lejos. Debo confesar que esa voz retumbaba en mi alma y me generaba un terror profundo.

—Lánzate. Supera el miedo —me dijo el shamán.

Me lancé, decidido. Y el viento destrozó mi cuerpo.

 

***

—¿Dónde estoy? —pregunté. Me hallaba en un lugar muy oscuro, con una puerta que brillaba levemente en el fondo del lugar.

—Estás en el jarrón —me dijo una pequeña bola de luz blanca, de brillo tenue.

— ¿Cuál jarrón? ¿Qué rayos es todo esto? —pregunté, muy asustado al darme cuenta de que ya no tenía cuerpo y que yo también era una bola de luz tenue.

Eres la víctima número veintiuno del alquimista de las almas.

—No entiendo nada —dije asustado.

—El que considerabas tu maestro, te engañó. Al igual que a todos nosotros —dijo aquella alma, señalando a otras bolas que murmuraban cosas raras—. La pirámide del conocimiento no existe. Lo que viste era la Puerta del Alma. Tu alma salió de tu cuerpo y, por medio de los poderes del alquimista, terminó dentro de este jarrón.

—¿Pero este jarrón qué es? ¿Por qué nadie sale por la puerta?

—El jarrón es la fuente de los poderes del alquimista. Se alimenta de nosotros, de la cordura de las almas encerradas en este lugar —había un tono de resignación en su voz—. No toco la puerta porque aquel que lo hace enloquece en el acto, como los demás que ves aquí.

—¡Yo no me pienso quedar aquí por mucho! —grité y me desplacé hacia la puerta.

—Daniel, ¡espera!

Toqué la puerta sin pensarlo mucho. Ya me había deshecho de mi miedo cruzando la falsa pirámide del conocimiento.

 

***

—¡Daniel, Daniel! —oí una voz, no supe bien de donde venía.

—¿Quién eres? —pregunté. Me percaté de que estaba de nuevo en el cuarto del falso shamán.

—Soy el alma que habló contigo en el jarrón. Estoy a tu derecha.

A mi derecha estaba no solo el jarrón, sino también mi cuerpo casi inerte. Al fin lo entendía todo. Al traspasar la puerta y superar la locura de la que estaba impregnada, me terminé apoderando del cuerpo del shamán.

—Ya puedes romper el jarrón, Daniel. ¡Y todo volverá a la normalidad!

Toda mi vida había sido engañado, incluso esta vez. Estaba harto de los engaños, así que le respondí a la voz que venía del jarrón:

—¡Yo no quiero que nada vuelva a la normalidad! Ahora yo soy el alquimista y me quedaré con su conocimiento y su poder.

—Pero, Daniel, si dejas pasar mucho tiempo, no volverás a tu cuerpo.

—Pagué con mi vida este poder.  Tengo derecho a quedármelo.

—Daniel, ¡no!

Acallé la voz del jarrón tapándolo con un libro y grité:

—¡Gracias al Caos por la vida!


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