Posts etiquetados ‘Ánima’

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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Luego de mucho entrenamiento, cierto joven alquimista logró crear una piedra filosofal incompleta. Usó sus conocimientos de alquimia para replicar la estructura espacial de un alma humana y depositarla dentro de una piedra creada mediante la condensación de ánima. Tanto la piedra como la réplica del alma fueron elaboradas de forma muy rudimentaria, por lo que su apariencia y capacidades no eran, ni de cerca, comparables a las de una piedra filosofal completa.

Entre las principales diferencias estaban la textura y el color. La piedra incompleta era áspera, de un color rosa pálido y opaco. La piedra completa debía ser suave, de un color rojo y brillante. Pero la diferencia fundamental radicaba en su naturaleza. La piedra incompleta no era un objeto viviente. La funcionalidad del objeto incompleto era también muy inferior. El intento de piedra filosofal tan solo servía para contener una porción de espacio muy superior a la de sus dimensiones físicas.

El joven alquimista, muy contento por su logro, decidió usar la piedra para asegurarse una vida tranquila que dedicaría a su investigación acerca del núcleo del alma humana. Apenas había descubierto que el alma es, en sí misma, un lugar. Aquel conocimiento fue el que utilizó para crear su piedra incompleta. Copió una porción del espacio de su alma y lo colocó dentro de una piedra pequeña, obteniendo como resultado el espacio equivalente al de un casillero dentro de una piedra que cabía en la palma de su mano.

Con aquel objeto, visitaba las tiendas para robar alimentos, ropa o cualquier cosa que le permitiera mantenerse sin necesidad de trabajar. El resto del tiempo lo pasaba en las montañas o en los bosques, realizando la investigación necesaria para completar su proyecto más ambicioso: una piedra filosofal viviente.


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Originalmente publicado en: Revista Pluma Roja

En el siglo XXIII, luego de una explotación masiva e indiscriminada, el suelo fértil de la mayor parte del planeta se volvió estéril.  Los científicos, en su afán por dar una solución al problema, realizaron investigación tras investigación. Luego de un gran esfuerzo, lograron inventar un proceso revolucionario que permitía imprimir moléculas orgánicas a partir de moléculas inorgánicas, proceso que sirvió de base para el diseño de las primeras proteínas, carbohidratos y grasas de origen totalmente sintético.

Con el paso del tiempo, muchos alimentos fueron reemplazados por la comida sintética. La alimentación de prácticamente toda la población humana llegó a estar basada en las moléculas sintéticas, puesto que eran baratas y, hasta donde proclamaban los gobiernos, eran muy seguras para el ser humano. Las décadas pasaron y ya pocos recordaban comida alguna que hubiera sido cultivada o criada de forma natural.

 

***

«Sigue vigente la polémica surgida por la publicación de los estudios del doctor Dusell Meyer —dice una voz desde la televisión—. La comunidad científica ha negado categóricamente que los alimentos basados en moléculas orgánicas sintéticas impliquen algún riesgo para la salud humana. También critican la investigación del doctor Meyer, alegando que es una simple correlación malintencionada y que la reducción de la esperanza de vida en todo el mundo no tiene relación con las moléculas sintéticas».

—Mira, otra vez mencionan eso en las noticias.

—¿Lo del loco que dice que la comida sintética nos está matando?

—¿Tú no crees en eso que dice el doctor Meyer?

—Yo no creo en esas cosas, me parecen patrañas.

—Yo sí creo que es verdad. Antes de que él anunciara algo, nadie se explicaba por qué cada año se reduce la tasa de nacimientos y la esperanza de vida.

—Es solo un vago que se dio cuenta porque ha pasado su vida entre números. No hay que hacerle caso.

—No sé, todo me parece raro. Muy convincente. Antes, nadie se había tomado la molestia de observar esos datos. Además, si fuera un loco, la comunidad científica no lo perseguiría tanto.

—Bueno, eso no te lo niego. Eso del atentado del año pasado sí que me llamó la atención. Esas cosas nunca son casualidades.

 

***

Las investigaciones y anuncios del doctor Meyer fueron ignorados. El argumento que utilizaba la comunidad científica  era que no existía un incremento significativo en cuanto a cáncer u otro tipo de enfermedades y que, por tanto, los alimentos sintéticos no dañaban la salud del ser humano como para culparlos de la reducción de la esperanza de vida. Los medios se quedaron contentos con la explicación y el doctor Meyer cayó en el descrédito científico mundial.

Pero aquel descrédito no fue el fin de la carrera de Dusell Meyer. El doctor dedicó su vida a una investigación muy importante, que lo hubiera hecho digno de un gran reconocimiento. Sin embargo, la política y la industria alimentaria no dejaron que tuviera su momento de gloria. Antes de completar su investigación, el doctor Meyer murió en condiciones muy sospechosas. La versión oficial fue la de un accidente de tránsito.

El doctor Meyer inició, sin darse cuenta, un movimiento que lo seguía. Con el paso de los años este grupo se fue tornando un tanto místico y casi sectario, hasta que desapareció del panorama público.

 

***

Otros años pasaron, y se volvió evidente que las declaraciones del doctor Meyer eran totalmente ciertas. Ni los medios ni la comunidad científica pudieron negar lo evidente: existía una relación entre la alimentación basada en moléculas sintéticas y el descenso de la fertilidad y de la esperanza de vida en la población humana.

La humanidad no podía explicarse aquel fenómeno, que ya mermaba diez años su promedio de vida, y temía por su futuro. Los científicos no lograron averiguar nada útil. Rediseñaban una y otra vez las moléculas sintéticas. Cambiaban la receta, añadían. Buscaban partes que tal vez hubieran pasado por alto, partes que los alimentos convencionales tenían pero que las moléculas sintéticas no.

Hallaron muchos componentes nuevos, los añadieron a la fórmula. Pero nada pasaba. Los alimentos que se suponían perfectamente funcionales, y que incluso acabaron con muchas enfermedades, estaban restándole vida a la humanidad.

 

***

—¿De verdad cree que venir a conocer a esta tribu de locos nos va a ayudar en algo, doctor?

—Claro que sí, estoy seguro de que estas personas son a las que se refieren los manuscritos del doctor Meyer.

—Usted lleva años estudiando esas antiguas teorías. ¿No cree que tal vez el problema de la esperanza de vida humana ya se solucionó? Ya van como cinco años que no se reportan disminuciones en ningún lugar del mundo.

—¿De verdad le crees a esos estudios?

—Es lo que tenemos, señor.

—No. Esto que investigamos es lo que tenemos. Ya lo verás. Todos lo verán.

—¿Y qué trata de aprender con esta gente primitiva, doctor?

—Ellos, en su cultura, tienen un ritual dedicado a una diosa conocida como Pachamama.

—¿La Madre Tierra?

—Sí, esa misma. Ellos afirman que existe algo que la Pachamama nos daba en los alimentos cultivados, algo que los humanos no podemos fabricar.

—Doctor, con todo respeto, ¿no cree que esas son locuras? Ya se demostró hasta el cansancio que los alimentos sintéticos tienen exactamente los mismos componentes que los cultivados y que…

—…incluso son mejores que los mismos alimentos naturales. Sí, yo estudié en la misma universidad que tú, me sé el discurso de memoria.

—Usted es un hombre de ciencia, ¿por qué creer en dioses y magia?

—Yo no creo en dioses ni en magia, yo creo en evidencias. Y las evidencias me dicen que aunque los científicos no han logrado descifrar qué es: existe algo que le falta a la comida sintética, y la falta de ese algo hará que la humanidad no llegue a vivir ni dos siglos más.

—¿Y qué puede ser?

—Eso mismo es lo que vamos a averiguar. Lo único que sé, es que la comunidad a la que vamos ha logrado aumentar su esperanza de vida en al menos diez años con respecto a la población promedio. Nadie está más cerca de la respuesta que ellos.

—Entiendo. Me intriga, la verdad.

—Ven, terminemos de comer y subamos el tramo de montaña que falta.

 

***

—Doctor, doctor, ¿está bien? ¿Qué le dieron? —preguntó el ayudante, asustado porque el doctor llevaba casi media hora inconsciente, luego de comer y beber lo que el líder del culto le dio.

—El doctor está bien. Solo descansa, está teniendo la visión —respondió el líder del culto.

—¿Lo drogaron? ¡Dígame!

—Señor, le sugiero que se calme y que espere otros treinta minutos. A veces el ánima demora en recorrer el cuerpo cuando éste no la ha recibido durante mucho tiempo.

—¿Ánima?

—Sí. Cuando el doctor despierte le dirá todo, luego dependerá de usted el creerle o no.

Pasados cuarenta y dos minutos de haber quedado inconsciente, el doctor despertó. Se incorporó y empezó a ver su alrededor, como extrañado de estar de vuelta.

—¿Se siente bien, doctor? —preguntó el desesperado ayudante.

—Cuéntenos qué vio —dijo el líder del culto.

—Usted tenía razón, hombre sabio. El doctor Meyer tenía razón. Eso que usted me dio de comer y beber estaba hecho con un alimento cultivado, ¿verdad?

—Sí —respondió el líder—, estaba hecho de solanum lycopersicum. Una de esas plantas  que se consideran extintas. Fue cultivada siguiendo el ritual del Anima Mundi.

—No entiendo nada de lo que hablan, doctor —dijo el ayudante—. ¿Me pueden explicar?

—Cuando comí el preparado, sentí como si algo en mi cuerpo por fin se saciara. Esa sensación desagradable a la que estamos tan acostumbrados, de la que normalmente ni nos fijamos, desapareció. Luego de eso me dio mucho sueño y me recosté a descansar. Sentía que eso que había comido me recorría todo el cuerpo. Tuve un sueño. Me vi a mi mismo vestido de armadura, con doce soles a mi alrededor. En cada sol se podía ver una de las etapas del crecimiento del tomate. Vi la semilla germinar, la vi crecer, la vi florecer y fructificar, vi el fruto caerse y pudrirse, vi a las nuevas semillas repetir el proceso.

—¿Y todo eso lo vio solamente por haber comido tomates?

—No, no fueron solo los tomates. Era el alma de La Tierra. Con los alimentos sintéticos no existe transferencia de ánima de La Tierra a nosotros. Es como si estuviéramos desconectados de la fuente de la vida. Es necesario volver a comer cosas que nos den vida, de otra forma toda la humanidad simplemente desaparecerá, porque se alejó del ciclo.

—No entiendo nada de lo que dice, doctor. ¿Está usted bien? —preguntó el ayudante, bastante preocupado.

—Nunca me he sentido mejor. Si el líder me lo permite, puedo darte a probar una comida de verdad, para que entiendas lo que realmente nos hace falta en esta vida.

El líder trajo otra ración de puré y sopa de tomate y se la sirvió al incrédulo ayudante.

—Está bien, probaré.

El ayudante comió, tuvo la visión y despertó. Entonces sonrió, sus ojos brillaron y se sintió saciado por primera vez. Miró al doctor y le hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Al fin lo había comprendido todo.


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Originalmente publicado en: Azahar literario

—No es la primera vez que me corta la conversación de golpe. Nunca he sido celoso, pero está muy raro todo esto —dijo Matías, algo contrariado—. ¡Siempre son los viernes, siempre a esta hora! Estamos conversando de lo más normal y…

— ¿De repente se desaparece por tres horas y te escribe como si nada hubiera pasado? —interrumpió Marcos, luego de darle una calada a su cigarrillo.

—Sí, eso —Matías dio un largo trago a su cerveza—. Por eso te llamé. Tú me puedes ayudar.

— ¡Para eso son los amigos! —Marcos le dio un abrazo a Matías, siempre tuvo sus sospechas—. Ella no te merece y lo sabes.

— ¡No quiero sermones, Marcos! Quiero respuestas —Matías no soportaba ni la sugerencia del tema de los cuernos.

— Está bien. Yo solo decía. No te enojes y mantén el plan. Respóndele como siempre.

— Me sigue escribiendo como si nada —Matías vio la hora en su celular, eran las 21:17—. Aún no es hora.

—Bueno, pues. Si lo que dices es cierto, en cuatro minutos dejará de responderte y podremos ver si sale de su casa —Marcos lanzó su cigarrillo al suelo y lo pisó.

— ¿Tienes todo listo? —Matías se acabó media cerveza de un tirón.

— ¡Sí, patrón! —dijo Marcos en tono de burla.

—Ya dejó de responder —Matías le enseñó su celular a su amigo—. Mira su última conexión, 21:21. Como cada viernes. Luego de eso no aparecerá hasta luego de tres horas.

—Interesante, mira —Marcos le dio unos binoculares a su amigo.

Se vio a la novia de Matías salir de su casa.

—Bien, pues. Veamos a donde va tu novia cada viernes por la noche —dijo Marcos, disfrutando del misterio.

Los muchachos siguieron a la joven, guardando cierta distancia para que ella no pudiera detectarlos. Marcos era experto siguiendo a la gente, se ganaba la vida haciendo investigaciones de infidelidad y cosas así.

—Hemos caminado alrededor de una hora y Sandra no se detiene, no entiendo nada —dijo Matías, algo cansado de tanto caminar.

Ambos se preguntaban qué podía hacer Sandra a esas horas y en un lugar tan solitario.

— ¿Escuchas eso? —Matías se mostraba algo nervioso.

—Son pasos, de mucha gente —Marcos casi nunca se asustaba, esta no era la excepción—. ¿Estás asustado, amigo?

— ¡Deja de decir estupideces y dame los otros binoculares! —renegó Matías por la burla de su amigo.

Matías se extrañó más cuando vio con los binoculares infrarrojos. Se podía observar claramente un grupo de personas caminando en el bosque, adentrándose más en él. Sandra estaba entre esas personas.

—Marcos, ¡mira esto! —dijo Matías a quien creyó que estaba a su lado. Marcos había desaparecido.

La reacción de Matías fue de sobresalto.

— ¡Marcos! ¿Dónde estás? —gritaba un asustado Matías.

—Ja, ja, ja —rió Marcos desde atrás del árbol donde se estuvo escondiendo—. Debiste ver tu cara, fue única.

— ¡Payaso! ¿No te parece lo suficientemente rara la cosa como para andarte con chistes? —dijo Matías

— ¡Relájate! —Marcos recuperaba la respiración luego de su ataque de risa—. De seguro son un culto raro de niños. Alégrate de que no se fue a ver con otro.

—A mí esto me da muy mala espina. ¿Me puedes decir qué es esto? —Matías le mostraba a Marcos una zona de rojo intenso que se veía con los binoculares, más adelante en el bosque.

—Jamás había visto una marca así —Marcos estaba intrigado—. ¡Vamos a verla!

—No hay de otra, el grupo parece dirigirse hacia allá. Adelantémonos.

Los dos muchachos se dirigieron hacia la zona roja que se veía en los binoculares. Sin embargo, no lograron ver ninguna fuente de calor. Solo se veía un extraño arbusto sin hojas, en un claro del bosque, con cuatro piedras rodeándolo.

—Marcos, mira —Matías usó los binoculares y se dio cuenta de que era el arbusto el que emitía el color rojo que se veía.

Marcos no se lo podía explicar. Se suponía que, forzosamente, el arbusto debía estar en llamas para emitir una señal como esa. Marcos se acercó a examinar el extraño arbusto. Matías estaba más preocupado en usar los binoculares para no perder de vista a los que caminaban junto a su novia. Perdió de vista a su amigo unos minutos mientras observaba.

Se escuchó un estruendo y un grito cortado bruscamente. Matías regresó al lugar del arbusto y no vio a Marcos.

— ¡Qué gracioso! —gritó Matías al aire—. ¡Sal de allí y vamos a escondernos! Esa gente se acerca.

Marcos no respondió. Matías buscó a su amigo por los alrededores, pero no halló nada. Se vio obligado a esconderse solo, mientras esperaba la llegada de los caminantes.

Matías, escondido detrás de un árbol,  vio a cada uno de los caminantes hacer el mismo proceso: caminar alrededor del arbusto, tocar cada una de las cuatro piedras y regresar por donde vino. Las piedras brillaban cada vez que un caminante las tocaba. Cada vez que las cuatro piedras eran tocadas, el arbusto brillaba una vez y crecía ligeramente.

Era el turno de Sandra.

— ¡Vámonos de aquí! ¿Qué haces con estos dementes? —gritó Matías mientras agarraba del brazo a su novia, intentando llevársela a la fuerza.

Sandra estaba bajo un estupor. No parecía estar consciente de sus actos. Una luz empezó a salir de una de las ramas del árbol, tomó forma de rayo y tocó a Matías. El rayo lo paralizó. En un abrir y cerrar de ojos se vio en un lugar completamente diferente.

—Siento que todo tenga que terminar así para ti, muchacho —dijo un extraño anciano con capucha negra, a su lado se encontraba el cuerpo petrificado de Marcos—. Si permito que te lleves a la chica, descompleto el número necesario para el ritual. Si arruinas el ritual, mi planta perderá la energía acumulada y será inútil.

El encapuchado parecía tener muchas ganas de hablar, como si no hubiese tenido contacto humano por un largo tiempo. Le explicó al petrificado Matías que él era un practicante de vudú, y que la planta era un instrumento que robaba energía vital a aquellos que llegara a influenciar con sus esporas. Dijo que, al no tener una piedra filosofal para su cometido, se vio obligado a usar el recurso de la planta.

Luego de un mes la planta fue movida de sitio y usada para su propósito. Sandra no volvió a caminar involuntariamente por el bosque luego de eso. No se volvió a saber nada de Matías ni de Marcos. Dos plantas extrañas aparecieron en dos lugares lejanos. Tal como con la primera, nadie advirtió de su presencia.


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