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Originalmente publicado: Blog de Salto al reverso

«Unborn baby cave» por Daveysudan (CC0)

En La isla de Orión existía un soldado de las Tropas de la muerte que gustaba mucho de una sirvienta. Luego de cierto suceso, en el que la protegió del ataque de un par de soldados que pretendía abusar de ella, el soldado logró captar la atención de la mujer y enamorarla. Con el tiempo, la sirvienta quedó embarazada del soldado. Ningún miembro de las tropas tenía permitido ejercer la paternidad, solo los hombres del campo. Lo único que pudo hacer por la sirvienta, antes de abandonarla, fue usar un poderoso ritual sobre ella. El ritual provocaba que su útero saliera de su cuerpo para quedar oculto en una pequeña cueva. El útero quedaba conectado a ella por un ingenioso mecanismo de mahou, donde el intercambio sanguíneo entre madre e hijo ocurría con normalidad; como si la sangre fluyera a distancia a través de hilos invisibles.

Haciendo eso, logró parir a su primer hijo, al que puso por nombre Dimitri. Inmediatamente la sirvienta, usando mahou, dirigió al niño al centro de crianza más cercano. Allí fue educado hasta los trece años y se le obligó a construir su talismán de la muerte. Luego de la creación de su talismán, Dimitri quedó en coma durante unos meses. En cuanto despertó, de inmediato se lo reincorporó al programa de crianza para la etapa final. Allí le realizaron pruebas que definieron su destino dentro de la Isla de Orión. Fue considerado apto para participar en el entrenamiento inicial de las Tropas de la muerte.

***

Luego de años de entrenamiento en lucha cuerpo a cuerpo, habilidades vudú y mahou, Dimitri logró pasar las pruebas finales que lo calificaban como un miembro oficial de las Tropas de la muerte. Se le asignó una cantimplora prisión y un Ave del terror. Ejerció sus labores como soldado durante años con total normalidad, hasta que tuvo un extraño sueño. Un sueño recurrente.

—Dimitri, no me conoces —decía una voz femenina llorando—. Soy tu madre y necesito tu ayuda.

Dimitri se despertaba sudando frío cada vez que tenía esa pesadilla. Sin embargo, un día decidió realizar un ritual de vudú que le permitía acceder a sus sueños. Todo esto con el objetivo de confrontar la voz que lo atormentaba.

—Dimitri, no me conoces —decía la misma voz femenina llorando—. Soy tu madre y necesito tu ayuda.

—¿Cómo puedo ayudarte, mujer? —respondió Dimitri, dentro de su propio sueño.

—¿Puedes oírme? —la mujer dejó de llorar debido a la sorpresa, luego sonrió.

—¿De verdad eres mi madre? —preguntó un escéptico Dimitri.

—Llevo años intentando hallarte con un ritual de ubicación, hasta que logré contactarte en tus sueños —dijo una preocupada mujer—. Te explicaré todo con detalle.

La mujer envió una serie de visiones que le explicaron a Dimitri que, como sirvienta que era, no podía salir de la base central de las Tropas de la muerte y que necesitaba su ayuda. Le mostró la localización de la cueva que contenía su útero y le pidió que sacara a su medio hermana de allí.

—Dimitri, como varón que eres, podrías trabajar en los campos o ser soldado —dijo su madre—. Pero ella, siendo hembra, solo puede ser sirvienta o concubina.

—¿Y qué puedo hacer por ella? —respondió Dimitri, intentando brindar un genuino favor a su recién conocida madre.

—¡Sálvala del abuso! ¡Ocúltala, por favor! —gritó en ruego la atribulada madre—. Estoy muy vieja para parir. Luego del parto, de seguro moriré. ¡Ayúdame, hijo!

Dimitri quedó abrumado ante tal petición. Pero, sabiendo que a su madre le debió costar mucho tiempo y esfuerzo localizarlo para mantener esa única conversación telepática, aceptó ayudarla. Después de todo siempre tuvo el deseo de conocer a su madre y se sentía en deuda con ella por no haberse deshecho de él antes de nacer.

Llegó a la cueva donde estaba el útero de su madre y, tal como ella le indicó en las visiones, usó un cuchillo para sacar a la niña de allí y guardarla dentro de su cantimplora prisión para esconderla del sistema opresivo de la Constelación de Orión. También le dejó instrucciones para usar un ritual que convertiría los restos de su útero en una pequeña habitación dentro de la cantimplora, con el fin de ocultar la presencia de la niña y de protegerla de los efectos dañinos de la cantimplora prisión.

***

Dimitri tenía por costumbre robar a los demás soldados cualquier cosa que pudiera serle de utilidad, así fue como logró robar un reloj de inmenso valor. Cierto día, escuchó a unos soldados hablando sobre algo que enterraron en cierto lugar. Usando sus poderes de telepatía logró obtener información directamente de sus mentes, pudiendo llegar de manera muy sencilla a la ubicación de un supuesto tesoro.

Al llegar al punto en cuestión se dio cuenta de que los soldados no exageraban, efectivamente habían enterrado algo de mucho valor. Usando su poder de psicometría, llegó a la conclusión de que se trataba de un genuino amuleto alquímico que perteneció a algún desafortunado Caballero Rosacruz que intentó entrar a la Isla de Orión desde arriba. La barrera anuló el manto de aura que le permitía volar, provocando que su cuerpo se impactara contra el suelo y muriera. Como parte de su uniforme, los Caballeros rosacruces tenían un amuleto con el símbolo de su orden. Este amuleto especial contenía mucha información acumulada, a la que los alquimistas podían acceder para mejorar sus conocimientos tanto del mundo como de la alquimia.

Al ser un practicante de vudú y al tener su núcleo del alma separado de su cuerpo dentro de su talismán de la muerte, era imposible para Dimitri practicar la alquimia. Sin embargo, enseguida pensó que su hermana, al no haber sido obligada a crear un talismán de la muerte, podría aprender al menos las bases de la alquimia con los conocimientos teóricos que Dimitri adquirió en la milicia con respecto al núcleo del alma. Pero en lugar de entrenar a su hermana, Lucca, para separar el núcleo de su alma y encerrarlo en un objeto; este se centraría en ayudarla a descubrir por sí misma cómo sacar provecho de ese núcleo y generar, al menos, un mínimo de aura que permitiera activar el amuleto alquímico y así poder entrenar adecuadamente con la información contenida en él.

***

Eventualmente, Lucca consiguió usar las nociones que Dimitri le enseñó y, con mucho esfuerzo y dedicación, usó años de su encierro obligado para entrenar hasta el punto en que logró volverse consciente del núcleo de su alma. Como premio por su logros, Dimitri tenía la costumbre de sacarla a pasear con mucha precaución muy cerca de la barrera. Siempre vigilando que ningún soldado la viera. Dado que, si era descubierta, sería abusada por las Tropas de la muerte y obligada a vivir como sirvienta o concubina sin que Dimitri pudiera hacer nada al respecto.

Luego de mucho entrenamiento, la brillante muchacha logró activar el amuleto usando un pulso de aura. Dimitri la llevó a celebrar cerca de la barrera y Lucca aprovechó para hablar con él.

—Hermano, ¿no quisieras dejar de ser soldado? —preguntó Lucca.

—Sabes que en esta maldita isla es imposible dejar la profesión que te asignan. Tú, que eres la más libre aquí, vives encerrada en una cantimplora —protestó Dimitri—. ¡Ya deja de soñar y termina de estirar las piernas!

—¿Sabes? Quisiera poder ver el sol más seguido —dijo Lucca mirando al cielo—. Y quiero que sonrías, que seamos libres y tengamos una larga vida.

—¡Tú solo dices disparates! —refunfuñó un amargado Dimitri.

—¡Escapemos! —sugirió Lucca.

Dimitri respiró y se armó de paciencia con su hermana. Recargó algo de sed de sangre en su mano y disparó una bola de energía oscura a la barrera. Esta anuló por completo el disparo y lo deshizo.

— ¿Ves? ¡Es imposible! —gritó Dimitri—. La barrera anula todo intento por impactarla . Y si la tocas, ¡mueres instantáneamente!

—¿Es que no lo ves? —respondió Lucca, con una seriedad que no era propia de ella—. Estoy aprendiendo alquimia.

— ¡Explícate! —exigió un intrigado Dimitri.

—En cuanto logré abrir el amuleto, vi que los alquimistas tienen muchas técnicas interesantes —dijo Lucca, con los ojos iluminados por una genuina pasión por el conocimiento—. La técnica de teletransportación podría ayudarnos a traspasar la barrera sin siquiera tocarla.

— ¿De qué demonios hablas? ¡Eso es imposible! —protestó Dimitri—. Pasar por una pared, sin siquiera tocarla, es algo absurdo.

—La alquimia es muy diferente al vudú, hermano. Funciona con principios totalmente diferentes —dijo Lucca mirando a su hermano fijamente—. Los alquimistas lo llaman física cuántica, quiero aprender todo sobre ella para que podamos escapar.

Dimitri jamás había visto unos ojos así, con un brillo azul intenso que lo convenció de que Lucca hablaba en serio y que realmente ella podría estar en lo correcto. Que tal vez sí existía la posibilidad de escapar de la Isla de Orión.

«Royal tomb», CC0

Para sorpresa del Alquimista marino, ningún enemigo se cruzó en el camino y llegaron fácilmente a su destino gracias a la llave de la aldea.

—No tengo autorización para traer a nadie a este lugar. Necesitaré que te ocultes en la Concha marina —mientras decía esto, con un rápido movimiento y sin darle tiempo a reaccionar, el Alquimista marino atrapó a su hijo en su piedra filosofal, dejándolo como mero espectador desde ese momento en adelante.

—¡Maldición, viejo! ¡Eso no se hace! —protestó un resignado Alquimista del mar, que se sentó en lo que parecía la cabina de un submarino con pantallas hacia el exterior—. Supongo que me dedicaré a explorar el interior de la piedra del viejo.

Mientras que el interior de la Perla Negra era solo una gran habitación, el de la Concha marina era como una especie de búnker con muchas habitaciones donde el Alqumista marino guardaba no solamente ánima, sino también espectros, sed de sangre y otros artefactos recolectados de toda una vida de estudio sobre la alquimia y el vudú. Pero lo que más le sorprendió fue ver las sofisticadas instalaciones médicas y de entrenamiento. En ese momento, el Alquimista del mar comprendió la diferencia de poder entre su padre y él, y supo que necesitaría muchísimo entrenamiento para construir una piedra filosofal igual de compleja.

***

El Alquimista del mar podía ver todo lo que pasaba en el exterior pese a que la Concha marina estaba en el bolsillo del pantalón de su padre. Cuando el Alquimista marino se adentró en la aldea, se empezaron a escuchar llantos en cada casa. Se oían saludos y reverencias, pero todas acompañadas con un llanto desgarrador. Finalmente, se acercó hasta el palacio y el rey le dio la bienvenida.

—Es una gran alegría y una gran desdicha verte, viejo amigo de mi padre —dijo el rey de la Aldea de los exiliados, esforzándose por no romper en llanto también—. Vienes a cobrar tu favor, ¿verdad?

El Alquimista marino asintió con la cabeza.

—¿Qué favor vas a pedir a la realeza?

—Quiero que me fabriquen un sarcófago de los reyes —respondió el alquimista.

—Sí, lo imaginé —dijo el rey mientas rompía en llanto—. Mi padre nunca debió contarte sobre eso. Por eso estábamos exiliados en primer lugar, para que nadie nos obligara de nuevo a darle de los tesoros de uso exclusivo de la familia real.

—Pero tu padre lo prometió —dijo el Alquimista marino mientras mostraba la llave de la aldea—. ¡Así que no es una obligación, sino el cumplimiento de una promesa real!

—Lo sé. No tienes la culpa, nadie te dio más información que el poder curativo del sarcófago, es natural que lo pidas —dijo el rey, llorando de una forma más resignada—. ¡Que se hagan los preparativos!

Los sirvientes del rey desvistieron al Alquimista marino y lo pusieron a dormir en los aposentos reales. Le dieron los mismos cuidados que se le darían al rey. El Alquimista del mar observaba todo desde dentro de la Concha marina, sin poder interactuar de forma alguna, pero solo lograba ver a su padre durmiendo.

***

Al terminar los preparativos, el Alquimista marino y todas sus pertenencias fueron trasladados al interior de un cuarto ceremonial. Desde allí, su hijo pudo ver el ritual que su padre ignoraba al seguir durmiendo. El sacerdote, llorando, empezó a traer a un grupo de mujeres de diferentes edades y con los ojos vendados. La mayor de ellas era la primera hija del rey, las otras eran las primeras hijas de cada uno de los príncipes. Las más pequeñas formaron un círculo alrededor del Alquimista marino, la mayor se sentó sobre su cuerpo y empezó a llorar mientras recitaba un conjuro de mahou. Cuando terminó, las niñas que formaban el círculo empezaron a llorar y a repetir, una por una, el mismo conjuro.

Cuando la última de las niñas recitó el conjuro, todas empezaron a desmayarse y a desintegrarse. La materia y vida de cada uno de los sacrificios humanos empezó a formar una bruma gris que envolvió al Alquimista marino y se materializó con la forma de un sarcófago alrededor de su cuerpo. El Alquimista del mar estaba muy perturbado por lo que acababa de presenciar. Finalmente, el sumo sacerdote, que era el mismo rey, lloró amargamente sobre el sarcófago que hasta hace unos instantes eran su hija y sus nietas. Las lágrimas genuinas del sacerdote eran el último ingrediente para activar el sarcófago, que empezó a brillar como si estuviera al rojo vivo y emanaba un humo rojo con olor a sangre, indicando que el proceso de renovación del cuerpo del Alquimista marino estaba ocurriendo en ese preciso instante.

Cuando el proceso terminó, el sarcófago se empezó a cuartear y el Alquimista marino salió de la misma forma que un polluelo rompe el huevo al nacer. El Alquimista del mar, aún no podía procesar todo lo que acababa de ver. El Alquimista Marino, por su parte, dio las gracias y se despidió del rey que lloraba desconsoladamente sobre los restos del sarcófago.

***

Al salir de la Aldea de los exiliados, el Alquimista marino liberó a su hijo del interior de la Concha marina. En cuanto salió, el Alquimista del mar le propinó un puñetazo al rostro de su padre mientras lo miraba con asco.

—¿Por qué tanta furia, muchacho? —respondió un frío e inmutable Alquimista Marino.

—¿¡Acaso no sabías lo que iba a costar el favor que pediste!? —gritó el Alquimista del mar.

—Nunca pregunté los detalles, Thomas —dijo su padre, mientras se limpiaba la sangre del labio roto que le dejó el golpe—. Prefiero no saber.

—¿Prefieres no saber? —el Alquimista del mar se llenó de indignación e intentó golpear de nuevo a su padre, que se defendió con una sola mano y mandó a volar a su hijo contra un árbol que se agrietó por el impacto.

—No necesito saber detalles innecesarios que puedan contaminarme —replicó el Alquimista marino—. ¡Como alquimista deberías conocer el valor de mantener la pureza del alma!

—¿A eso le llamas pureza? ¡Asesinaron niñas para restaurar tu cuerpo! —gritó el golpeado alquimista, con sangre y lágrimas en el rostro—. ¿¡Acaso crees que tu pureza o tu vida valen más que la de esas niñas!?

—No lo entenderías, Thomas. La visión que tienes en tu collar es más amplia de lo que crees, y yo debo cumplir un rol en ella —respondió el Alquimista marino, ocultando el dolor que sentía al enterarse del asunto de las niñas sacrificadas.

—¡A la mierda la maldita visión! —gritó un enfurecido Thomas, mientras se incorporaba para intentar darle otro golpe a su padre.

Dimitri me dijo que yo ayudaría a evitar la invasión —dijo el Alquimista marino—. ¡Mi vida vale más que la de esas niñas porque si no cumplo mi misión, morirán millones!

—No has cambiado nada, viejo —el Alquimista del mar intentó darle otro golpe a su padre, que volvió a defenderse con una sola mano; impactándolo contra el mismo árbol, que terminó por romperse.

El Alquimista marino no dijo palabra alguna.

—¡Me das asco, viejo! Me agradabas más cuando estabas lisiado —gritó el Alquimista del mar, mientras miraba con repulsión a su padre, que estaba completamente sano y se veía incluso más joven que él.

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

«Reloj de Telésforo» por Blacksmith Dragonheart

Cierta raza extraterrestre desarrolló una civilización basada en el misticismo. Dentro de su jerarquía, existía un sumo sacerdote capaz de acceder a estados alterados de conciencia que le permitían vislumbrar el futuro. Puliendo dicha destreza, lograron avances importantes en el desarrollo de su cultura. Una vez que esta raza extraterrestre adquirió más conocimiento sobre el tiempo y su funcionamiento, llegó a la conclusión de que existía un ente inmaterial que ellos llamaban Akasha.

Describían aquella entidad como una diosa de seis brazos y una cabeza con tres rostros. Cada rostro y cada par de brazos estaban escribiendo en un pergamino eterno que iba pasando por sus manos, conocido como Los registros akáshicos. El primer rostro y un par de brazos registraban con tinta indeleble el pasado. El segundo rostro y otro par de brazos registraban con tinta los eventos del presente conforme iban ocurriendo. El tercer rostro con el último par de brazos escribían el futuro más probable con lápiz. Conforme el futuro se volvía presente, la parte con lápiz pasaba a manos del rostro que escribía el presente para que este colocara tinta o ajustara aquello que el borrador con lápiz había descrito. Finalmente, el rostro que escribía el pasado, sellaba todo con tinta indeleble para que no pudiera ser alterado.

Los sumos sacerdotes de esta raza extraterrestre encontraron una manera de vislumbrar la parte escrita con lápiz, es decir, el futuro más probable. De esta manera, lograron predicciones más exactas, lo que les permitió optimizar sus decisiones y acelerar su proceso de evolución como civilización. Debido a esto, la raza de seres interdimensionales conocida como Los limitantes los consideró una amenaza potencial y destruyó su planeta, provocando su extinción. Pese a ello, un sumo sacerdote que estaba fuera del planeta por motivos rituales, retrasó unos días su regreso debido a una vislumbre del futuro que le indicó que sería peligroso volver en ese momento. Cuando regresó, a lo que debía ser su planeta, solo encontró un cinturón de asteroides. Por lo que, temiendo a lo que causó la destrucción de su planeta, decidió exiliarse en una galaxia lejana donde la vida inteligente recién empezaba a desarrollarse.

***

El sumo sacerdote dedicó lo que le quedaba de vida a perfeccionar su método para vislumbrar el futuro. Pese a ello, nunca logró tener una visión clara de él. Lo que sí logró fue tener visiones claras y precisas del pasado, lo que le permitió identificar a los culpables de la extinción de su raza. Se dedicó, por tanto, a intentar tener una visión clara del futuro. Anotaba y dibujaba cada vislumbre por más borrosa que fuera. Con el pasar del tiempo, usó sus apuntes para descubrir cómo crear un objeto para extender su vida y así poder entrenar a otra persona que cumpliera su más ferviente ideal, que consistía en la destrucción de la amenaza que constituían Los limitantes para la vida en general. Dicho objeto era parecido en funcionamiento a un Libro de los siete sellos. Sin embargo, tenía algunas diferencias fundamentales.

El objeto era condicional y obligaba al portador a cumplir con el ideal de la institución creada por el último sumo sacerdote, que bautizó como Los devotos de Akasha. Además, dentro del objeto se guardó la esencia misma del sumo sacerdote, no una copia basada en inteligencia artificial. Es decir, de alguna manera, el sumo sacerdote seguía con vida dentro del objeto como una manifestación incorpórea pero capaz de comunicarse e interactuar parcialmente con su entorno.

Los devotos de Akasha se hicieron cargo del amuleto conocido como El reloj de Telésforo. Este amuleto enseñaba a aquel que aceptara el pacto y el título de Alquimista del tiempo y que, además, jurara por su vida no solo cumplir los objetivos de Los devotos de Akasha, sino también a guardar su esencia en el reloj una vez hubiera llegado a una edad muy avanzada. De esta forma, acumularon una larga lista de Alquimistas del tiempo dentro del reloj, donde interactuaban entre sí y aprendían entre ellos, aumentando enormemente el conocimiento que podía otorgar el objeto a quien aceptara el pacto.

***

Se sabe que la última persona en heredar El reloj de Telésforo fue un practicante de vudú llamado Dimitri. Él encontró el reloj y, eventualmente, logró descifrar su mecanismo para contactar con los incontables alquimistas del tiempo acumulados dentro. Ellos le ofrecieron el pacto, pero Dimitri decidió tomarse su tiempo para considerarlo. No fue sino hasta que estuvo en una terrible persecución, en la que corría grave peligro su vida, que Dimitri recurrió al reloj como último recurso. Aceptó el pacto y el reloj le transfirió inmediatamente el conocimiento necesario para teletransportarse y salvar su vida.

Eventualmente, haciendo uso del conocimiento que El reloj de Telésforo le brindaba, con la única restricción del pacto inicial, Dimitri logró convertirse en el primer Alquimista del tiempo en conseguir una visión clara del futuro. Logró dominar un arte que combinaba vudú y alquimia, conocido como Tanatomancia, en el que usaba el asesinato de una persona como ingrediente para lograr ver el futuro con claridad. Dimitri descubrió que Los registros Akáshicos funcionaban como una gran red informática universal ejecutando un sistema de seguridad muy parecido al blockchain. Pero solo podía hackear el sistema para descargar un bloque pequeño de la cadena, que contenía la información del futuro más probable del día siguiente.

Dimitri empezó un duro entrenamiento para pulir su Tanatomancia, lo que implicaba más asesinatos. El reloj de Telésforo decidió enseñarle por ser el más talentoso en siglos y porque sentía que el objetivo de Los devotos de Akasha estaba por encima de cualquier código moral, por lo que decidió apoyar a Dimitri en el perfeccionamiento de su técnica y así superar la limitación de su visión del futuro. Durante ese entrenamiento, luego de muchos intentos, Dimitri logró superar la barrera de un día y empezó a explorar las visiones del futuro. Sin embargo, no tenía control alguno en dicha exploración. Debido a esto, tuvo una visión involuntaria pero muy clara y sobrecogedora sobre el futuro del planeta Tierra. En dicha visión se veía a una raza de seres, que el reloj confirmó que eran Los limitantes. Estos invadirían y devastarían la vida en el planeta luego de unas cuantas décadas. También, antes de salir del trance de su visión involuntaria, logró vislumbrar que para evitar dicho futuro necesitaba construir algo en el sol. Pero esa parte de la visión estaba tan borrosa que no pudo definir ni qué debía construir ni cómo hacerlo.