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Originalmente publicado: Blog de Salto al reverso

«Unborn baby cave» por Daveysudan (CC0)

En La isla de Orión existía un soldado de las Tropas de la muerte que gustaba mucho de una sirvienta. Luego de cierto suceso, en el que la protegió del ataque de un par de soldados que pretendía abusar de ella, el soldado logró captar la atención de la mujer y enamorarla. Con el tiempo, la sirvienta quedó embarazada del soldado. Ningún miembro de las tropas tenía permitido ejercer la paternidad, solo los hombres del campo. Lo único que pudo hacer por la sirvienta, antes de abandonarla, fue usar un poderoso ritual sobre ella. El ritual provocaba que su útero saliera de su cuerpo para quedar oculto en una pequeña cueva. El útero quedaba conectado a ella por un ingenioso mecanismo de mahou, donde el intercambio sanguíneo entre madre e hijo ocurría con normalidad; como si la sangre fluyera a distancia a través de hilos invisibles.

Haciendo eso, logró parir a su primer hijo, al que puso por nombre Dimitri. Inmediatamente la sirvienta, usando mahou, dirigió al niño al centro de crianza más cercano. Allí fue educado hasta los trece años y se le obligó a construir su talismán de la muerte. Luego de la creación de su talismán, Dimitri quedó en coma durante unos meses. En cuanto despertó, de inmediato se lo reincorporó al programa de crianza para la etapa final. Allí le realizaron pruebas que definieron su destino dentro de la Isla de Orión. Fue considerado apto para participar en el entrenamiento inicial de las Tropas de la muerte.

***

Luego de años de entrenamiento en lucha cuerpo a cuerpo, habilidades vudú y mahou, Dimitri logró pasar las pruebas finales que lo calificaban como un miembro oficial de las Tropas de la muerte. Se le asignó una cantimplora prisión y un Ave del terror. Ejerció sus labores como soldado durante años con total normalidad, hasta que tuvo un extraño sueño. Un sueño recurrente.

—Dimitri, no me conoces —decía una voz femenina llorando—. Soy tu madre y necesito tu ayuda.

Dimitri se despertaba sudando frío cada vez que tenía esa pesadilla. Sin embargo, un día decidió realizar un ritual de vudú que le permitía acceder a sus sueños. Todo esto con el objetivo de confrontar la voz que lo atormentaba.

—Dimitri, no me conoces —decía la misma voz femenina llorando—. Soy tu madre y necesito tu ayuda.

—¿Cómo puedo ayudarte, mujer? —respondió Dimitri, dentro de su propio sueño.

—¿Puedes oírme? —la mujer dejó de llorar debido a la sorpresa, luego sonrió.

—¿De verdad eres mi madre? —preguntó un escéptico Dimitri.

—Llevo años intentando hallarte con un ritual de ubicación, hasta que logré contactarte en tus sueños —dijo una preocupada mujer—. Te explicaré todo con detalle.

La mujer envió una serie de visiones que le explicaron a Dimitri que, como sirvienta que era, no podía salir de la base central de las Tropas de la muerte y que necesitaba su ayuda. Le mostró la localización de la cueva que contenía su útero y le pidió que sacara a su medio hermana de allí.

—Dimitri, como varón que eres, podrías trabajar en los campos o ser soldado —dijo su madre—. Pero ella, siendo hembra, solo puede ser sirvienta o concubina.

—¿Y qué puedo hacer por ella? —respondió Dimitri, intentando brindar un genuino favor a su recién conocida madre.

—¡Sálvala del abuso! ¡Ocúltala, por favor! —gritó en ruego la atribulada madre—. Estoy muy vieja para parir. Luego del parto, de seguro moriré. ¡Ayúdame, hijo!

Dimitri quedó abrumado ante tal petición. Pero, sabiendo que a su madre le debió costar mucho tiempo y esfuerzo localizarlo para mantener esa única conversación telepática, aceptó ayudarla. Después de todo siempre tuvo el deseo de conocer a su madre y se sentía en deuda con ella por no haberse deshecho de él antes de nacer.

Llegó a la cueva donde estaba el útero de su madre y, tal como ella le indicó en las visiones, usó un cuchillo para sacar a la niña de allí y guardarla dentro de su cantimplora prisión para esconderla del sistema opresivo de la Constelación de Orión. También le dejó instrucciones para usar un ritual que convertiría los restos de su útero en una pequeña habitación dentro de la cantimplora, con el fin de ocultar la presencia de la niña y de protegerla de los efectos dañinos de la cantimplora prisión.

***

Dimitri tenía por costumbre robar a los demás soldados cualquier cosa que pudiera serle de utilidad, así fue como logró robar un reloj de inmenso valor. Cierto día, escuchó a unos soldados hablando sobre algo que enterraron en cierto lugar. Usando sus poderes de telepatía logró obtener información directamente de sus mentes, pudiendo llegar de manera muy sencilla a la ubicación de un supuesto tesoro.

Al llegar al punto en cuestión se dio cuenta de que los soldados no exageraban, efectivamente habían enterrado algo de mucho valor. Usando su poder de psicometría, llegó a la conclusión de que se trataba de un genuino amuleto alquímico que perteneció a algún desafortunado Caballero Rosacruz que intentó entrar a la Isla de Orión desde arriba. La barrera anuló el manto de aura que le permitía volar, provocando que su cuerpo se impactara contra el suelo y muriera. Como parte de su uniforme, los Caballeros rosacruces tenían un amuleto con el símbolo de su orden. Este amuleto especial contenía mucha información acumulada, a la que los alquimistas podían acceder para mejorar sus conocimientos tanto del mundo como de la alquimia.

Al ser un practicante de vudú y al tener su núcleo del alma separado de su cuerpo dentro de su talismán de la muerte, era imposible para Dimitri practicar la alquimia. Sin embargo, enseguida pensó que su hermana, al no haber sido obligada a crear un talismán de la muerte, podría aprender al menos las bases de la alquimia con los conocimientos teóricos que Dimitri adquirió en la milicia con respecto al núcleo del alma. Pero en lugar de entrenar a su hermana, Lucca, para separar el núcleo de su alma y encerrarlo en un objeto; este se centraría en ayudarla a descubrir por sí misma cómo sacar provecho de ese núcleo y generar, al menos, un mínimo de aura que permitiera activar el amuleto alquímico y así poder entrenar adecuadamente con la información contenida en él.

***

Eventualmente, Lucca consiguió usar las nociones que Dimitri le enseñó y, con mucho esfuerzo y dedicación, usó años de su encierro obligado para entrenar hasta el punto en que logró volverse consciente del núcleo de su alma. Como premio por sus logros, Dimitri tenía la costumbre de sacarla a pasear con mucha precaución muy cerca de la barrera. Siempre vigilando que ningún soldado la viera. Dado que, si era descubierta, sería abusada por las Tropas de la muerte y obligada a vivir como sirvienta o concubina sin que Dimitri pudiera hacer nada al respecto.

Luego de mucho entrenamiento, la brillante muchacha logró activar el amuleto usando un pulso de aura. Dimitri la llevó a celebrar cerca de la barrera y Lucca aprovechó para hablar con él.

—Hermano, ¿no quisieras dejar de ser soldado? —preguntó Lucca.

—Sabes que en esta maldita isla es imposible dejar la profesión que te asignan. Tú, que eres la más libre aquí, vives encerrada en una cantimplora —protestó Dimitri—. ¡Ya deja de soñar y termina de estirar las piernas!

—¿Sabes? Quisiera poder ver el sol más seguido —dijo Lucca mirando al cielo—. Y quiero que sonrías, que seamos libres y tengamos una larga vida.

—¡Tú solo dices disparates! —refunfuñó un amargado Dimitri.

—¡Escapemos! —sugirió Lucca.

Dimitri respiró y se armó de paciencia con su hermana. Recargó algo de sed de sangre en su mano y disparó una bola de energía oscura a la barrera. Esta anuló por completo el disparo y lo deshizo.

— ¿Ves? ¡Es imposible! —gritó Dimitri—. La barrera anula todo intento por impactarla . Y si la tocas, ¡mueres instantáneamente!

—¿Es que no lo ves? —respondió Lucca, con una seriedad que no era propia de ella—. Estoy aprendiendo alquimia.

— ¡Explícate! —exigió un intrigado Dimitri.

—En cuanto logré abrir el amuleto, vi que los alquimistas tienen muchas técnicas interesantes —dijo Lucca, con los ojos iluminados por una genuina pasión por el conocimiento—. La técnica de teletransportación podría ayudarnos a traspasar la barrera sin siquiera tocarla.

— ¿De qué demonios hablas? ¡Eso es imposible! —protestó Dimitri—. Pasar por una pared, sin siquiera tocarla, es algo absurdo.

—La alquimia es muy diferente al vudú, hermano. Funciona con principios totalmente diferentes —dijo Lucca mirando a su hermano fijamente—. Los alquimistas lo llaman física cuántica, quiero aprender todo sobre ella para que podamos escapar.

Dimitri jamás había visto unos ojos así, con un brillo azul intenso que lo convenció de que Lucca hablaba en serio y que realmente ella podría estar en lo correcto. Que tal vez sí existía la posibilidad de escapar de la Isla de Orión.

«Human skull and knife», CC0

Cierto día, un anciano practicante de vudú decidió que era tiempo de heredarle a su hijo el mahou que había pasado de generación en generación dentro de su familia. Esperaba lograr, como todas las Nobles familias oscuras, volver a su hijo lo suficientemente hábil en el arte del vudú como para superar Los juegos de las semillas y llegar a formar parte de las Diez plagas.

Las Diez plagas constituían el grupo de operaciones especiales del Dueño del mundo, un practicante de vudú que había sobrevivido a la Guerra de las lanzas y las lancetas, y que terminó por dominar y reorganizar todas las mafias que aún quedaban en el mundo. El Dueño del mundo, para esconder la presencia de sus múltiples cuerpos, dividía la información sobre su ubicación en diez fragmentos que debían ser introducidos en el talismán de la muerte de los practicantes de vudú más hábiles y jóvenes que pudiera encontrar. Si el practicante sobrevivía al ritual de iniciación, recibía dicho fragmento con cierta porción de la sed de sangre del Dueño del mundo. Este, a cambio, recibía la capacidad de no poder ser localizado mediante vudú o alquimia.

El hijo del anciano practicante de vudú, conocido como el Quebrantahuesos, decidió huir de su casa una vez que se enteró de lo que su padre planeaba hacer con él. Usó sus conocimientos de vudú para dejar un objeto impregnado con su sed de sangre y así engañar a su padre, haciéndole creer que aún estaba en casa mientras escapaba. Este hábil movimiento por parte del muchacho logró despistar al Quebrantahuesos y le permitió llegar a Ciudad capital para esconderse y vivir lejos de las obligaciones y torturas propias de las Nobles familias oscuras.

Pasaron muchos años desde su huida y el hijo del Quebrantahuesos dejó de esconderse dentro de la ciudad y decidió empezar una nueva vida. Durante el tiempo que estuvo oculto, se dedicó al desarrollo e implementación de un ritual para deshacer su talismán de la muerte y devolver el núcleo de su alma de nuevo al interior de su cuerpo, renunciando así a la práctica del vudú. Posteriormente conoció a una joven mujer de la que se enamoró y con la que llegó a establecer un hogar. Los años siguieron pasando y no había rastros del Quebrantahuesos. La joven pareja, confiada por el paso de los años, decidió tener un hijo.

***

El niño creció feliz y saludable dentro de la ciudad. Era su cumpleaños número cinco y sus padres lo celebraban con mucha alegría. Sin embargo, la búsqueda del Quebrantahuesos por un sucesor no había terminado. Y, en contra de todo pronóstico, el Quebrantahuesos traspasó todas las medidas de seguridad de Ciudad capital con el objetivo de visitar a su hijo una vez más.

Cuando llegó a casa de su hijo, decidió observarlo por un rato. Asqueado, se dio cuenta que él había decidido llevar la vida de una persona normal y que ya no se podía percibir sed de sangre por parte de él. Rápidamente, el Quebrantahuesos concluyó que su hijo había deshecho su talismán de la muerte y que esa era la razón por la que le costó tanto tiempo y trabajo encontrarlo.

Furioso ante aquella afrenta contra el honor de su familia, el anciano Quebrantahuesos decidió entrar a la casa. A diferencia de muchos practicantes de vudú, que manejan un repertorio considerable de técnicas, el Quebrantahuesos solo conocía el mahou familiar, que consistía en un conjuro que usaba la sed de sangre para otorgarle habilidades telequinéticas avanzadas a aquel que lo dominara. Sin embargo, dicha telequinesis estaba limitada exclusivamente a huesos u objetos construidos con dicho material.

El Quebrantahuesos había adquirido un dominio absoluto de su técnica. Se paró frente a la puerta y recitó rápidamente su conjuro de forma casi inaudible. Cuando completó el conjuro, se quitó sus prendas de vestir superiores. Usando un cuchillo se hizo un largo corte en su costado izquierdo, metió su mano dentro de la herida y se arrancó una costilla sin ninguna muestra aparente de dolor. Luego, sostuvo la costilla con sus manos, la hizo levitar frente a él y la quebró en decenas de pedazos puntiagudos de hueso. Finalmente, usó su telequinesis para disparar esos proyectiles contra el seguro de la puerta, haciendo que esta se abriera.

—Hijo, ¡cuánto tiempo sin vernos! —dijo el Quebrantahuesos, sonriendo de forma macabra.

El hijo del Quebrantahuesos no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Sabía que su padre no estaría muerto pese a su edad, pero nunca pensó que este pudiera encontrarlo luego de deshacer su talismán de la muerte. Asustado, decidió hacer frente a su padre con el objetivo de ganar tiempo para que su esposa e hijo tuvieran oportunidad de huir.

—¡Viejo! ¿Qué… qué haces… aquí? —dijo el muchacho, tartamudeando del miedo.

—¡Tonto! ¿Te crees indetectable por no tener un talismán de la muerte? —respondió su padre—. Cuando recuperaste el núcleo de tu alma, como cualquier otro ser viviente, empezaste a dejar un rastro involuntario de ánima.

—¡P… pero la ci… ciudad! —el muchacho estaba aterrado de ver que su plan de escape había fallado—. ¡La ciudad tiene una cubierta que impide la salida de energía y la recicla!

—Definitivamente debí entrenarte mejor —dijo el Quebrantahuesos, haciendo un gesto de decepción—. Basta un conjuro de rastreo, y estar lo suficientemente cerca, como para detectarte. Pero no, no lo hice, tengo un método más sencillo.

El Quebrantahuesos se sacó algo del bolsillo y lo mostró a su hijo. Era un trozo de hueso que había extraído de su hijo cuando este era muy pequeño.

—Este pequeño hueso tuyo te delató, funciona como brújula, siempre apuntará a tu dirección —el Quebrantahuesos sonreía de una forma oscura—. Bastó buscarte de pueblo en pueblo hasta que, eventualmente, estuve cerca de ciudad capital y el hueso delató tu ubicación.

El muchacho sabía que no tenía oportunidad si luchaba contra su padre; y menos ahora que ya no contaba con sus habilidades vudú. Así que, creyendo haber despistado al anciano, decidió sacrificarse para que su esposa e hijo tuvieran aún más tiempo para alejarse del lugar.

—¿Vienes para que ocupe tu lugar entre las Diez plagas? —dijo el muchacho, esperando que su padre simplemente se lo llevara de allí.

—¡Idiota! —gritó furioso el Quebrantahuesos mientras levantaba una mano y hacía el gesto de atraer algo.

—¡No puede ser! ¡Basta ya, por favor!—el muchacho gritó desesperado.

Su esposa e hijo levitaban en medio de la sala. No podían mover ni brazos ni piernas, tampoco hablar. Parecía que la fuerza de cadenas invisibles restringía sus movimientos. El Quebrantahuesos había aplicado su mahou en ellos desde el principio, ejerciendo presión para que los brazos, piernas y mandíbulas se atrajeran entre sí impidiendo la movilidad de las víctimas.

—¿Estás listo, muchacho? —dijo el anciano, mientras con una mano sostenía a sus víctimas en el aire y con la otra sacaba su cuchillo.

—Sí, padre. Iré contigo— dijo el resignado muchacho.

—¡No te hablaba a ti, inútil! —dijo el Quebrantahuesos, mientras se hacía otro corte en el costado y se sacaba otra costilla.

El muchacho no entendía, pero tampoco tuvo tiempo de pensarlo mucho. El anciano, sin necesidad de gesto alguno, rompió ambas piernas a su hijo que cayó al suelo y empezó gritar agónicamente.

—Le hablo a mi nieto, creo que contigo cometí muchos errores —dijo el Quebrantahuesos terminando de extraer su costilla—. ¡Tal vez con él sea diferente! Después de todo tenemos la misma sangre.

—¡B… basta! ¡Te dije que iría c… contigo, déjalo en p… paz! —gritó el muchacho mientras se arrastraba con los brazos hasta llegar a los pies de su padre.

El Quebrantahuesos se enfureció ante la supuesta insolencia de su hijo, por lo que decidió romperle los brazos también. Luego usó su telequinesis para colocar al niño contra el techo y dejarlo como espectador de lo que iba a hacer.

—¡Estoy harto de tu insolencia, te haré pagar el precio por renunciar al vudú!

Dicho esto, el anciano levantó ambos brazos y, con su telequinesis, tomó de la garganta tanto a su hijo como a su esposa y los empujó contra una pared para ahorcarlos. El niño lloraba e intentaba gritar al ver lo que pasaba, pero su mandíbula seguía bajo el efecto del mahou. Finalmente, el anciano cerró los puños y, con ese gesto, las costillas de sus víctimas se incrustaron en sus cuerpos perforando varios órganos, provocando una terrible tortura a la pareja mientras el niño lloraba desesperado y sin poder gritar o moverse.

—¿No quieres que sufran, niño?—dijo el quebrantahuesos dirigiendo una mirada fría hacia su nieto.

El niño intentó hacer un gesto de negación con la cabeza.

—Está bien, niño. ¡Cumpliré tu deseo! —dijo el Quebrantahuesos, mientras remataba a la pareja atravesando sus cuerpos con los proyectiles hechos de la segunda costilla que se extrajo.

El anciano bajó al niño del techo y se lo llevó para entrenarlo en lugar de su padre. Luego, desapareció del lugar sin dejar rastro.

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

«Brown wooden ankh on brown surface», CC0

El Alquimista del mar siguió cargando la piedra de su padre hasta que, luego de casi un año, esta pudo finalizar las reparaciones de emergencia que le permitieron al Alquimista marino sobrevivir en el exterior sin respirador y sin el soporte médico de la piedra filosofal incompleta conocida como La concha marina.

El proceso de cargar la piedra era bastante exigente para el cuerpo del Alquimista del mar, que pudo mantenerse sano gracias a su entrenamiento y a que siempre tenía ánima de reserva acumulada en su piedra filosofal incompleta conocida como la Perla negra. Pese a esto, para él fue un gran alivio detener el proceso de carga.

Luego de que la Concha marina enviara una instrucción clara al Alquimista del mar, este detuvo el proceso de carga y, horas más tarde, el Alquimista marino volvió al exterior. El Alquimista del mar se perturbó al ver el estado en el que se encontraba su padre. Pero, inmediatamente, se preocupó al comprender lo realmente importante.

—¿Quién te hizo esto, viejo? —preguntó su hijo, sin preocuparse por el protocolo.

El Alquimista marino, ciego de un ojo, en silla de ruedas, con quemaduras internas y una cicatriz que indicaba la pérdida de su pulmón derecho, respondió sin titubear.

—Una practicante de vudú conocida como Jorōgumo . Me paralizó con una técnica y me apuñaló con cuatro cuchillas que no alcancé a ver. Eran invisibles de alguna manera.

—¿Invisibles? ¿Pero no las pudiste sentir? —preguntó con asombro el Alquimista del mar.

—No, solo pude sentir la sed de sangre impregnada en algo que no podía verse. Pero estas son heridas de katana, estoy seguro —respondió el Alquimista marino.

Al Alquimista del mar le costaba creer que existiera un practicante de vudú lo suficientemente hábil como para dejar a su padre en ese estado. Se había topado con algunos a lo largo de su vida, pero nunca sintió que representaran un riesgo tan grande.

—¿Cómo era ella? —preguntó intrigado.

—Ya habíamos peleado antes, la derroté y la mutilé con una de mis técnicas de espada hace algunos años. Pero volvió con una extraña apariencia. Tenía un brazo de araña en lugar del que le corté y un parche con una piedra negra.

—¿Algo así como una piedra filosofal que amplifica la sed de sangre?

—Su funcionamiento no se parece en lo absoluto, intenté robarle una de esas piedras negras en nuestra primera pelea pero logró escapar con ella. Cuando volvió, ya tenía cinco en su poder. Una en su ojo y dos en cada costado. Pero, en esencia, es como dices, de alguna manera su sed de sangre aumenta mucho por cada una de ellas.

Ambos alquimistas callaron por un instante. Pero el Alquimista marino rompió el hielo diciéndole a su hijo que si deseaba ver todo con detalle, podría acceder a las grabaciones de vigilancia de La concha marina. El Alquimista del mar prefirió tomarle la palabra antes que continuar con aquel silencio incómodo. Luego de ver las grabaciones de las peleas de su padre contra Jorōgumo, entendió por qué terminó en esas condiciones y tuvo miedo de que alguien tan peligroso como ella estuviera suelta.

***

Cada noche, el Alquimista del mar realizaba sesiones de curación utilizando la energía que estaba estudiando y que almacenaba en su piedra filosofal.

—¿Qué es ese Splendor solis que usas? —preguntó el Alquimista marino.

—Es la energía más pura que puede tomarse del sol, el Ignis-Aqua del que hablan las leyendas. Es la energía solar que puede acumularse en agua de mar previamente infundida con ánima, para luego ser acumulada dentro de La perla negra.

—Brillante, has hecho una buena investigación, muchacho —dijo el Alquimista marino, sin percatarse de que era el primer cumplido que le daba a su hijo.

—¡Me llamo Thomas! —gritó el Alquimista del mar, fingiendo enfado para esconder la conflictiva alegría que despertó la primera señal de aprobación paterna que recibía en su vida.

***

El Alquimista marino conocía técnicas de sanación por medio de la canalización de ánima mundi a través de su cuerpo. Pero, debido al difícil manejo de dicha energía, la sanación de su cuerpo tomó mucho tiempo.

Pasó un año en silla de ruedas, tiempo que aprovechó para entrenar a su hijo para una posible pelea contra algún practicante de vudú que usara esas extrañas piedras negras. Entre dichas enseñanzas estaba una mejor percepción de la sed de sangre, información sobre el funcionamiento del vudú y datos valiosos que le permitieron mejorar la Perla negra.

Además, recibió un entrenamiento especial con el que el Alquimista marino le enseñó a incorporar el Splendor Solis en su estilo de combate por medio de dividir La perla negra en cuatro tatuajes, uno para cada mano y pie. Los tatuajes podían formar runas que cambiaban a voluntad y permitieron al Alquimista del mar perfeccionar su estilo de pelea para infundir hielo y fuego en sus puños y patadas.

Las runas en sus pies también le permitían canalizar su aura y el Splendor solis en sus piernas para moverse a grandes velocidades y saltar en el aire como si fuera capaz de patearlo para darse impulso adicional.

***

Luego de aquel año de entrenamiento, el Alquimista marino completó su proceso de reparación corporal y quedó en el mejor estado físico que le permitió su técnica de sanación. Fue capaz de ponerse de pie con ayuda de muletas, aún sentía dolor por las heridas internas y no logró reparar su ojo. Pese a ello, aún podía manejar la alquimia para potenciar su cuerpo y se concentró en incorporar más técnicas de emanación de energía al que sería su nuevo estilo de combate adaptado a sus limitaciones.

Incluso con sus secuelas, el Alquimista marino seguía siendo más hábil y experimentado que su hijo, por lo que siguió entrenando las habilidades de lucha del Alquimista del mar mientras usaba esos combates como rehabilitación para su cuerpo y manejo del aura. Le tomó otro año al Alquimista Marino recuperar suficiente salud como para dejar las muletas.

Cuando alcanzó una condición física aceptable decidió que era tiempo de emprender su siguiente viaje. El Alquimista marino sacó un extraño objeto que estaba dentro de su piedra filosofal y le empezó a contar a su hijo la historia de un lugar conocido como La aldea de los exiliados.

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

Sigo recibiendo lecciones de alquimia de la guardiana de este libro. En esta ocasión me muestra una visión sobre la primogénita de una familia importante entre los practicantes de vudú:

Estoy por cumplir 13 años y siento mucho miedo. En unos días, como es tradición en mi familia, recibiré el brazalete serpiente que se le otorga a los primogénitos de cada generación. Y, para mi desgracia, yo soy la primera de mis hermanas.

No quiero pasar por la ceremonia del talismán de la muerte. He escuchado rumores, pero no dejan de ser eso. No me dejan salir ni tener contacto con el mundo exterior. Solo conozco el negocio familiar y recibo la educación de mi tutor. Él me enseña muchas cosas como ciencias, arte, etiqueta, la historia y tradiciones de mi familia, etc.

***

Falta un día y ya no sé qué hacer. Siento mucho miedo, aunque todos me dicen que estaré bien. He investigado cuanto he podido entre los libros de la casa. No hay mucha información, salvo una especie de informe en el despacho de mi padre. El documento dice que algunas personas han muerto a causa de la destrucción de su talismán de la muerte. ¿Esa cosa que me quieren obligar a fabricar puede matarme?

***

Mi corazón está agitado, estoy sudando frío. Me han traído a un lugar con los ojos vendados. Escucho susurrar a mis padres mientras mi tutor recita palabras que no entiendo. De repente, me sacan la venda y el tutor me explica lo que debo hacer para terminar la ceremonia. ¡No tengo opción! Debo fabricar esa cosa que me piden para que me dejen en paz. Me da miedo, he seguido espiando entre los papeles de mi padre y leí cosas sobre los talismanes de la muerte como que enferman a quien los fabrica. Y siempre una cosa queda clara cuando leo esos documentos: si el talismán es destruido, su fabricante muere.

—Toma —dice mi tutor mientras me entrega un papel—, recita estas palabras y te diré lo que debes hacer luego.

No puedo mostrar mi temor, mi padre está cerca. Lo oigo susurrar junto a mi madre y mi abuelo. Han intentado esconderme la información sobre toda esta ceremonia y no debo mostrar indicios de que leí esos documentos. Le temo más al castigo de mi padre que a la misma ceremonia.

Recito lo que está escrito en el papel. En cuanto termino de pronunciar esas palabras, siento y veo claramente como salen unas extrañas runas desde mi boca que empiezan a flotar en forma de tiras en el aire. Las tiras se detienen de repente. ¡Se clavan a toda velocidad en mi pecho! ¡Me duele!

—¡Soporta el dolor! —grita mi tutor—. Ahora viene la parte crítica de la ceremonia: ¡el aislamiento del núcleo de tu alma!

Siento como si mi pecho estuviera a punto de estallar. ¡No puedo respirar! Siento como si algo estuviera saliendo desde mis entrañas hacia mi boca. Me oprime el pecho, ni siquiera puedo gritar del dolor. Siento náuseas.

—Ni se te ocurra vomitar en el suelo, a menos que quieras morir— dice mi tutor, sonriendo de una forma escalofriante

Ahora entiendo todo, me están obligando a hacer algo muy peligroso. Y no tengo escapatoria. ¿Por qué mi familia me hace esto?

—Mira —dice mi tutor, mientras me enseña un anillo en su puño izquierdo—. Este es mi talismán de la muerte. Si alguien lo destruye, moriré. Porque mantiene el núcleo de mi alma aislado fuera de mi cuerpo. Si no almacenas ese núcleo en algún objeto, y vomitas en el piso, se romperá y tu vida terminará en ese preciso instante.

No lo puedo creer. ¡Estoy a punto de vomitar mi propia vida! ¿Dónde lo almaceno? ¡Voy a morir!

—Toma —mi tutor se apresura a darme el brazalete emblema de mi familia—. Colócatelo y vomita en tus manos.

No tengo tiempo para pensar, siento un dolor insoportable en mis entrañas. Me queman, me ahogan. Vomito sangre en mis manos y veo un punto de luz azul entre la sangre.

—¡Allí está! ¡Rápido! Sostenlo en tus manos y estréllalo contra el brazalete —dice mi tutor, ya con evidente preocupación—. Si no lo haces rápido: ¡vas a morir!

¿Y si ese punto se rompe y muero? ¿Y si mi familia se quiere deshacer de mi con esta ceremonia? ¿Será que mi primo murió por algo similar? ¡Me falta el aire!

—¡Deja de mirar tus manos y estréllalo rápido! —gritó mi tutor—. Con el núcleo expuesto no vivirás más que unos segundos. ¡Debes aislarlo en el brazalete, rápido!

Me desmayo. No tengo tiempo para decidir. Estrello mi mano ensangrentada contra el brazalete. Siento como cada célula de mi cuerpo fuera apuñalada. Ya no puedo mantener la conciencia ¿Habré roto el núcleo y estaré muriendo?

***

Luego de un mes en coma, despierto. Estoy muy delgada y aún siento dolores inexplicables. Mi tutor me dice que es normal, que es parte del proceso. Cuando intento ahondar en el asunto, me cambia el tema. Desde la ceremonia no me han permitido quitar el brazalete.

***

Han pasado seis meses desde el incidente y ya puedo caminar y llevar una vida relativamente normal, aunque me siento muy débil y pierdo peso con facilidad. Mi tutor me dice que hoy empezaremos una especie de entrenamiento.

—Sus padres me han encomendado la noble tarea de iniciarla en el arte del vudú, señorita dice mi tutor en un tono solemne.

—¿Vudú? —respondo aterrada—. ¿Qué es eso?

—Tardaremos algún tiempo en llegar a esa respuesta. Primero deberás pasar la segunda prueba de aislamiento —dice mi tutor con una sonrisa aterradora, como si disfrutara lo que me espera.

***

Ya llevo tres meses encerrada en este calabozo. Hay una criatura extraña que se mueve con mucha rapidez. Siempre se lanza para intentar destruir mi brazalete. Ocurrió algo horrible el primer mes. La criatura logró dar un rasguño en mi talismán de la muerte y sentí claramente ese rasguño en mi interior durante días. Luego, me di cuenta que el brazalete regeneró el rasguño y dejó de dolerme. El destino del talismán ahora es el mío, por eso no puedo dormir: si me distraigo, moriré. Siento mucha rabia y rencor contra mi familia, contra mi tutor, contra todos. ¡Jamás había sentido tanto odio! ¡Quisiera matarlos!

***

Se ha cumplido el sexto mes. Mi tutor, en lugar de pasarme alimentos debajo de la puerta, ha decidido abrirla y soltarme. Me lanzo sobre él como una fiera e intento ahorcarlo. Mientras lo ahorco, me lanza una mirada que me paraliza y recita unas palabras que no entiendo. Cuando terminó de recitar, salí disparada por los aires y me golpeé contra una pared.

—Parece que ya despertaste tu sed de sangre —dice mi tutor, mientras sacude el polvo de su túnica—. Ahora ya podemos empezar las lecciones de vudú.

***

Después de tanto tiempo en ese entrenamiento infernal, se me ha permitido salir de esta casa para conocer el mundo exterior. Se me ha inscrito en algo que, según mi tutor, se llama El juego de las semillas. Gente tanto o más entrenada que yo me buscará para matarme, y yo tengo que buscarlos a ellos para asesinarlos y quitarles sus semillas.

No tengo ni idea de qué trata, solo sé que he pasado de una cárcel más pequeña a una más grande. Ahora el mundo es mi jaula, y allí también procuran lastimarme. Estoy harta de todos, pero con la semilla que me dio mi abuelo seré capaz de defenderme. ¡Pronto tendré suficientes semillas para matar a mi familia!

La guardiana del libro me dijo que, aparte de morir si el talismán es destruido, los practicantes de vudú son incapaces de ejecutar su arte sin ese objeto. Le he preguntado sobre la sed de sangre y las semillas de la codicia. Pero me ha dicho que eso me lo aclarará en otra lección. Mientras tanto, seguiré practicando los ejercicios de meditación del día de hoy.

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Reportó para ustedes, el #21.

 

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

Un grupo de trillizos escapó de un orfanato y pasó su niñez viviendo en casas abandonadas, subsistiendo mediante el robo de alimentos. Ya en su adolescencia tenían a su haber muchos crímenes por los que nunca recibieron un juicio. Para ese entonces eran conocidos como Los asesinos Delta, por el tatuaje en forma de triángulo negro que tenía cada uno en diferentes partes del cuerpo. Uno en la frente y,  los otros dos, en un muslo diferente. Esta información fue obtenida por una de las pocas personas que, sin morir en el intento, logró ver a los asesinos en serie y dar su testimonio.

Durante uno de sus constantes robos y asesinatos, encontraron una misteriosa escultura de un perro de tres cabezas encadenado por un hombre. La escultura tenía marcas de una escritura muy antigua, y cada perro tenía incrustadas dos piedras negras en lugar de ojos. Los hermanos, luego de matar al dueño de la casa, robaron la escultura impulsados por un extraño influjo. No se volvió a saber de ellos durante años.

***

Luego del robo de la escultura, los hermanos la llevaron a una de sus casas provisionales y la examinaron. Se dieron cuenta que no había nada aparentemente valioso en ella, salvo las piedras negras en los ojos de cada perro. Intentaron sacarlas a la fuerza, para cotizarlas en el mercado negro e intentar venderlas a buen precio. Pero, en cuanto intentaron quitar una de las piedras, la escultura se encendió en llamas, haciendo que la soltaran inmediatamente. Luego, para sorpresa de los hermanos, la escultura en llamas levitó hacia el centro de la habitación y empezó a hablar. (más…)