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Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

Cierto día, un demonio conocido como Saratu, el descifrador fue atrapado y juzgado por los dioses mayoresLa pena para Saratu fue la de pasar la eternidad en la prisión conocida como La galería de jarrones, una cárcel para delincuentes con habilidades destructivas en la que se depositaba a los prisioneros dentro de un jarrón restrictivo que convertía la materia física en astral, impidiendo su manifestación en el mundo material.

Gracias a sus sorprendentes habilidades, Saratu logró descifrar una manera de escapar. Usando ciertas artimañas, logró usar el estado inmaterial de su cuerpo para entrar en los sueños de uno de sus sirvientes. El sirviente, siguiendo las instrucciones, usó ciertos objetos de su amo para colarse dentro de La galería de jarrones sin ser vistoUna vez dentro, reemplazó el jarrón que contenía a Saratu por un señuelo. El jarrón señuelo emitía señales falsas de su presencia para poder engañar a los supervisores de la cárcel.

Luego de colocar el jarrón señuelo en su sitio, el sirviente activó otro de los objetos de su amo. El objeto estaba diseñado para usar como combustible al ser que lo activara, abrir un portal hacia otra dimensión y desparecer cualquier rastro que indicara su activación o destino. Así fue como Saratu escapó de La galería de jarrones y nadie, salvo él mismo, conocía la posición exacta del jarrón que lo contenía.

***

Eventualmente el jarrón llegó a parar al planeta Tierra. En la cárcel, los supervisores realizaban constante mantenimiento a los jarrones. Verificaban también que estos estuvieran siempre alejados de cualquier fuente de energía que pudiera absorber el delincuente. Ya lejos de aquellos cuidados, el jarrón que contenía a Saratu tuvo acceso a varias fuentes sutiles de energía.

Usando los recursos disponibles, Saratu recuperó algunas de sus habilidades. Sin embargo, el jarrón era un objeto de restricción muy poderoso. Liberarse de la prisión seguía siendo algo que estaba fuera de sus capacidades. Así fue como Saratu empezó un entrenamiento que llamaba rehabilitación aural.

Luego de algunos años de rehabilitación aural, Saratu recuperó su percepción extrasensorial, su telepatía políglota y su avanzada capacidad para descifrar patrones matemáticos. También, después de mucho tiempo de poner todo su intelecto en descifrar una vía para escapar del jarrón, se ideó una larga y complicada forma de hacerlo. Aunque todavía no podía moverse por voluntad propia, podía usar su telepatía para manipular a los seres humanos y así cambiar de sitio.

***

Luego de mucho buscar, Saratu al fin logró encontrar a un ser humano con el tipo de sangre adecuado para su plan. Manipuló todas las circunstancias a su alrededor para poder llegar, en calidad de adorno, a la casa del ser humano en cuestión, un niño. Saratu ya estaba donde quería y solo debía esperar a que el niño alcanzara la edad de veintiún años para poder usar su sangre para sus propósitos. Mientras tanto, usando su telepatía de forma sutil, moldeó secretamente la mente del niño para que creciera bajo ciertos ideales que le convenían. También lo manipuló  para que se abstuviera de ciertos alimentos.

Entonces llegó el cumpleaños número de veintiuno de Teobaldo.

—Buenos días, Teobaldo. Te hablo desde dentro de tu mente —dijo Saratu desde el jarrón, usando su poder de telepatía.

Teobaldo se exaltó al oír la voz, pero no estaba asustado. La manipulación mental de Saratu había surtido efecto muchos años antes.

—No te asustes, necesito conversar contigo —dijo Saratu, en un tono que transmitía la idea de que todo estaba bajo control—. Ven a la sala y lleva el jarrón a tu cuarto. Yo soy el jarrón.

Teobaldo no cuestionó, llevó el jarrón al cuarto y empezó a examinarlo.

—¿Qué buscas, Teobaldo? ¿Quieres hablar conmigo? —increpó Saratu.

—Sí. Reviso el jarrón para verificar que no estoy loco —dijo Teobaldo.

—No lo estás. Las historias que has leído todos estos años sobre demonios y pactos son ciertas. Vengo a ofrecerte el pacto que buscabas —dijo Saratu—. Sé que quieres grandeza y yo vengo a ofrecértela.

—Sé que los pactos tienen un precio —respondió Teobaldo—. Dime el tuyo y lo consideraré.

Dentro de la manipulación mental de Saratu hacia Teobaldo, estaba el inculcarle historias sobre pactos demoníacos, ideales misántropos y una sensación de superioridad moral. De esta forma, al ofrecerle el pacto a Teobaldo, este aceptaría sin poner objeciones. El hecho de que Teobaldo aceptara el pacto por voluntad propia era sumamente importante para Saratu.

—De ti solo pediré tu sangre y cierta alimentación ritual —respondió Saratu—. A cambio yo te daré acceso ciertos beneficios que detallo en un contrato.

—¿Dónde está el contrato? —dijo Teobaldo, interesado en analizar con calma la propuesta.

—Necesito que hagas algo para mostrarte el contrato —respondió Saratu, percibiendo que el adiestramiento de Teobaldo había sido un éxito rotundo—. Necesito que sigas las instrucciones que te voy a dar.

Saratu le dio instrucciones muy detalladas para crear un dispositivo electrónico que permitiría conectar el jarrón con su computadora.

***

Saratu estaba por terminar su plan para salir de prisión. Una vez que Teobaldo terminó el dispositivo de conexión con la computadora, Saratu usó sus habilidades para dominar por completo el sistema computacional y usarlo como interfaz de comunicación.

—Todo está listo, Teobaldo —dijo Saratu—. Enciende la computadora y podrás ver el contrato, imprímelo.

Teobaldo leyó con mucha atención, se tomó su tiempo. Luego de despejar todas sus dudas, consideró que el trato era bastante justo. Entonces se dirigió a la computadora y habló con Saratu.

—Quiero aceptar, Saratu —dijo Teobaldo.

—Entonces firma con tu sangre el contrato impreso y quémalo como se te indicó —dijo Saratu, bastante satisfecho por dentro—. Luego ven a la computadora y termina de seguir las instrucciones.

Teobaldo hizo tal como se le ordenó y regresó a la computadora.

—Bien, ¿ahora qué tengo que hacer? —preguntó Teobaldo, ya saboreando la grandeza.

—Instala la aplicación y empecemos con todo —respondió Saratu, que ya había preparado la computadora para ese momento.

Teobaldo instaló la aplicación especial de Saratu y la abrió. En esta se mostraban gráficos de todas las mediciones químicas y médicas  del cuerpo de Teobaldo: glucosa, glóbulos rojos, glóbulos blancos, temperatura y una larga lista de etcéteras. Además de estos datos, se presentaba un itinerario completo de la alimentación exacta que debía seguir: tipos de alimentos, horarios, cantidades y otra gran lista de etcéteras.

—Está bien, me familiarizaré con esto —dijo Teobaldo—. ¿Desde cuándo puedo usar los beneficios?

—Desde este preciso instante —dijo Saratu, muy complacido.

***

Saratu necesitaba que, cada cierto tiempo, Teobaldo le diera de beber cierta cantidad de su sangre. La sangre de Teobaldo era el ingrediente principal de la receta que permitiría a Saratu recuperar su forma física. La sangre debía contener ciertos niveles de nutrientes que solo podían conseguirse mediante la dieta ritual. También debía ser entregada por voluntad propia y de un ser cumpliendo su más ferviente ideal. Esta era la razón por la que Saratu manipuló los ideales de Teobaldo, al igual que su alimentación. Solo haciendo las cosas como lo había hecho, hubiera podido lograr todos los ingredientes de su ritual. Con el tiempo Saratu tomó cierta forma física, que usó para beber la sangre de forma más cómoda.

La alimentación ritual era un completo suplicio. Incluía temporadas de completa inanición, junto a otras temporadas de atracones y molestos cambios alimentarios. La salud de Teobaldo se veía constantemente afectada. Sin embargo, lo que él obtenía de Saratu era algo invaluable. Saratu funcionaba como un descifrador de contraseñas que Teobaldo usó para amasar una gran fortuna y un enorme poder político.

Teobaldo tenía un gran sentido de justicia social, inculcado por Saratu. Con el tiempo logró reunir  un grupo selecto de seguidores. Junto a estos, empezó una campaña de hacktivismo que consistía en la revelación pública de documentos que implicaban en corrupción a miembros de los gobiernos de todo el mundo. Puesto que el trabajo de Saratu era impecable, nunca pudo rastrearse a quienes filtraron los documentos.

El proceso de revelación pública de dichos documentos se realizó por muchos años, de forma sistemática, y provocó un impacto social profundo en la democracia mundial. Las pruebas contra los políticos eran contundentes y, sin embargo, nadie iba a la cárcel. En todo el mundo estallaron protestas, se exigieron renuncias. La campaña de hacktivismo respaldaba al pueblo. Los políticos no podían usar los métodos convencionales para parar la situación. No podían comprar a nadie porque ya todos estaban expuestos. Empezaron las renuncias y los juicios.

Otras personas tomaron el lugar de los corruptos. Pero, de vez en cuando, se volvían a cometer los mismos crímenes. Entonces Teobaldo y sus seguidores repetían el proceso de revelación pública y los corruptos caían presos. Con el tiempo ya no se cometían actos de corrupción. Todos aquellos que ocupaban un puesto público se sentían vigilados. La corrupción a nivel público ya casi no existía. Teobaldo y su grupo manejaban los hilos de la política mundial a su antojo y se favorecían a sí mismos al no revelar sus propios actos de corrupción.

Con el tiempo el poder de Teobaldo y su grupo fue casi absoluto. Sin embargo, aunque Teobaldo no estaba enterado, estaba cercano el momento en que Saratu recuperaría su libertad.

***

—Bien, bestia, necesito acceder a otro servidor —dijo Teobaldo, con mucha arrogancia—. Dame la clave.

—¡No! —dijo Saratu, en un tono aun más arrogante.

—¿Quieres romper el pacto? —contestó Teobaldo, enojado con el demonio con el que había coexistido por años—. ¡Si no me das la clave arruinaré tu ritual comiendo lo que no se debe!

—¡No me importa! —dijo Saratu.

—¿Ah sí? ¿Y qué piensas hacer, estúpido jarrón?

—¡Matarte con mis propias manos!

En ese momento Saratu terminó el ritual que le había costado décadas. Recuperó su cuerpo y mató a Teobaldo. Luego, eliminó cualquier evidencia del asunto del jarrón y fue a buscar a los seguidores de Teobaldo, para acabar con ellos uno a uno.


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Originalmente publicado en: Revista Pluma Roja

En el siglo XXIII, luego de una explotación masiva e indiscriminada, el suelo fértil de la mayor parte del planeta se volvió estéril.  Los científicos, en su afán por dar una solución al problema, realizaron investigación tras investigación. Luego de un gran esfuerzo, lograron inventar un proceso revolucionario que permitía imprimir moléculas orgánicas a partir de moléculas inorgánicas, proceso que sirvió de base para el diseño de las primeras proteínas, carbohidratos y grasas de origen totalmente sintético.

Con el paso del tiempo, muchos alimentos fueron reemplazados por la comida sintética. La alimentación de prácticamente toda la población humana llegó a estar basada en las moléculas sintéticas, puesto que eran baratas y, hasta donde proclamaban los gobiernos, eran muy seguras para el ser humano. Las décadas pasaron y ya pocos recordaban comida alguna que hubiera sido cultivada o criada de forma natural.

 

***

«Sigue vigente la polémica surgida por la publicación de los estudios del doctor Dusell Meyer —dice una voz desde la televisión—. La comunidad científica ha negado categóricamente que los alimentos basados en moléculas orgánicas sintéticas impliquen algún riesgo para la salud humana. También critican la investigación del doctor Meyer, alegando que es una simple correlación malintencionada y que la reducción de la esperanza de vida en todo el mundo no tiene relación con las moléculas sintéticas».

—Mira, otra vez mencionan eso en las noticias.

—¿Lo del loco que dice que la comida sintética nos está matando?

—¿Tú no crees en eso que dice el doctor Meyer?

—Yo no creo en esas cosas, me parecen patrañas.

—Yo sí creo que es verdad. Antes de que él anunciara algo, nadie se explicaba por qué cada año se reduce la tasa de nacimientos y la esperanza de vida.

—Es solo un vago que se dio cuenta porque ha pasado su vida entre números. No hay que hacerle caso.

—No sé, todo me parece raro. Muy convincente. Antes, nadie se había tomado la molestia de observar esos datos. Además, si fuera un loco, la comunidad científica no lo perseguiría tanto.

—Bueno, eso no te lo niego. Eso del atentado del año pasado sí que me llamó la atención. Esas cosas nunca son casualidades.

 

***

Las investigaciones y anuncios del doctor Meyer fueron ignorados. El argumento que utilizaba la comunidad científica  era que no existía un incremento significativo en cuanto a cáncer u otro tipo de enfermedades y que, por tanto, los alimentos sintéticos no dañaban la salud del ser humano como para culparlos de la reducción de la esperanza de vida. Los medios se quedaron contentos con la explicación y el doctor Meyer cayó en el descrédito científico mundial.

Pero aquel descrédito no fue el fin de la carrera de Dusell Meyer. El doctor dedicó su vida a una investigación muy importante, que lo hubiera hecho digno de un gran reconocimiento. Sin embargo, la política y la industria alimentaria no dejaron que tuviera su momento de gloria. Antes de completar su investigación, el doctor Meyer murió en condiciones muy sospechosas. La versión oficial fue la de un accidente de tránsito.

El doctor Meyer inició, sin darse cuenta, un movimiento que lo seguía. Con el paso de los años este grupo se fue tornando un tanto místico y casi sectario, hasta que desapareció del panorama público.

 

***

Otros años pasaron, y se volvió evidente que las declaraciones del doctor Meyer eran totalmente ciertas. Ni los medios ni la comunidad científica pudieron negar lo evidente: existía una relación entre la alimentación basada en moléculas sintéticas y el descenso de la fertilidad y de la esperanza de vida en la población humana.

La humanidad no podía explicarse aquel fenómeno, que ya mermaba diez años su promedio de vida, y temía por su futuro. Los científicos no lograron averiguar nada útil. Rediseñaban una y otra vez las moléculas sintéticas. Cambiaban la receta, añadían. Buscaban partes que tal vez hubieran pasado por alto, partes que los alimentos convencionales tenían pero que las moléculas sintéticas no.

Hallaron muchos componentes nuevos, los añadieron a la fórmula. Pero nada pasaba. Los alimentos que se suponían perfectamente funcionales, y que incluso acabaron con muchas enfermedades, estaban restándole vida a la humanidad.

 

***

—¿De verdad cree que venir a conocer a esta tribu de locos nos va a ayudar en algo, doctor?

—Claro que sí, estoy seguro de que estas personas son a las que se refieren los manuscritos del doctor Meyer.

—Usted lleva años estudiando esas antiguas teorías. ¿No cree que tal vez el problema de la esperanza de vida humana ya se solucionó? Ya van como cinco años que no se reportan disminuciones en ningún lugar del mundo.

—¿De verdad le crees a esos estudios?

—Es lo que tenemos, señor.

—No. Esto que investigamos es lo que tenemos. Ya lo verás. Todos lo verán.

—¿Y qué trata de aprender con esta gente primitiva, doctor?

—Ellos, en su cultura, tienen un ritual dedicado a una diosa conocida como Pachamama.

—¿La Madre Tierra?

—Sí, esa misma. Ellos afirman que existe algo que la Pachamama nos daba en los alimentos cultivados, algo que los humanos no podemos fabricar.

—Doctor, con todo respeto, ¿no cree que esas son locuras? Ya se demostró hasta el cansancio que los alimentos sintéticos tienen exactamente los mismos componentes que los cultivados y que…

—…incluso son mejores que los mismos alimentos naturales. Sí, yo estudié en la misma universidad que tú, me sé el discurso de memoria.

—Usted es un hombre de ciencia, ¿por qué creer en dioses y magia?

—Yo no creo en dioses ni en magia, yo creo en evidencias. Y las evidencias me dicen que aunque los científicos no han logrado descifrar qué es: existe algo que le falta a la comida sintética, y la falta de ese algo hará que la humanidad no llegue a vivir ni dos siglos más.

—¿Y qué puede ser?

—Eso mismo es lo que vamos a averiguar. Lo único que sé, es que la comunidad a la que vamos ha logrado aumentar su esperanza de vida en al menos diez años con respecto a la población promedio. Nadie está más cerca de la respuesta que ellos.

—Entiendo. Me intriga, la verdad.

—Ven, terminemos de comer y subamos el tramo de montaña que falta.

 

***

—Doctor, doctor, ¿está bien? ¿Qué le dieron? —preguntó el ayudante, asustado porque el doctor llevaba casi media hora inconsciente, luego de comer y beber lo que el líder del culto le dio.

—El doctor está bien. Solo descansa, está teniendo la visión —respondió el líder del culto.

—¿Lo drogaron? ¡Dígame!

—Señor, le sugiero que se calme y que espere otros treinta minutos. A veces el ánima demora en recorrer el cuerpo cuando éste no la ha recibido durante mucho tiempo.

—¿Ánima?

—Sí. Cuando el doctor despierte le dirá todo, luego dependerá de usted el creerle o no.

Pasados cuarenta y dos minutos de haber quedado inconsciente, el doctor despertó. Se incorporó y empezó a ver su alrededor, como extrañado de estar de vuelta.

—¿Se siente bien, doctor? —preguntó el desesperado ayudante.

—Cuéntenos qué vio —dijo el líder del culto.

—Usted tenía razón, hombre sabio. El doctor Meyer tenía razón. Eso que usted me dio de comer y beber estaba hecho con un alimento cultivado, ¿verdad?

—Sí —respondió el líder—, estaba hecho de solanum lycopersicum. Una de esas plantas  que se consideran extintas. Fue cultivada siguiendo el ritual del Anima Mundi.

—No entiendo nada de lo que hablan, doctor —dijo el ayudante—. ¿Me pueden explicar?

—Cuando comí el preparado, sentí como si algo en mi cuerpo por fin se saciara. Esa sensación desagradable a la que estamos tan acostumbrados, de la que normalmente ni nos fijamos, desapareció. Luego de eso me dio mucho sueño y me recosté a descansar. Sentía que eso que había comido me recorría todo el cuerpo. Tuve un sueño. Me vi a mi mismo vestido de armadura, con doce soles a mi alrededor. En cada sol se podía ver una de las etapas del crecimiento del tomate. Vi la semilla germinar, la vi crecer, la vi florecer y fructificar, vi el fruto caerse y pudrirse, vi a las nuevas semillas repetir el proceso.

—¿Y todo eso lo vio solamente por haber comido tomates?

—No, no fueron solo los tomates. Era el alma de La Tierra. Con los alimentos sintéticos no existe transferencia de ánima de La Tierra a nosotros. Es como si estuviéramos desconectados de la fuente de la vida. Es necesario volver a comer cosas que nos den vida, de otra forma toda la humanidad simplemente desaparecerá, porque se alejó del ciclo.

—No entiendo nada de lo que dice, doctor. ¿Está usted bien? —preguntó el ayudante, bastante preocupado.

—Nunca me he sentido mejor. Si el líder me lo permite, puedo darte a probar una comida de verdad, para que entiendas lo que realmente nos hace falta en esta vida.

El líder trajo otra ración de puré y sopa de tomate y se la sirvió al incrédulo ayudante.

—Está bien, probaré.

El ayudante comió, tuvo la visión y despertó. Entonces sonrió, sus ojos brillaron y se sintió saciado por primera vez. Miró al doctor y le hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Al fin lo había comprendido todo.


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Mi relato “Edrel’ch y el #21” fue publicado en la Revista Salto al reverso #8.

Además los invito a conocer más sobre el proyecto de crowdfunding de Salto al reverso.

Puedes colaborar dando clic aquí.

Aquí el relato:

Revista 8 Salto al reverso impresa 215

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Originalmente publicado en: Azahar literario

—No es la primera vez que me corta la conversación de golpe. Nunca he sido celoso, pero está muy raro todo esto —dijo Matías, algo contrariado—. ¡Siempre son los viernes, siempre a esta hora! Estamos conversando de lo más normal y…

— ¿De repente se desaparece por tres horas y te escribe como si nada hubiera pasado? —interrumpió Marcos, luego de darle una calada a su cigarrillo.

—Sí, eso —Matías dio un largo trago a su cerveza—. Por eso te llamé. Tú me puedes ayudar.

— ¡Para eso son los amigos! —Marcos le dio un abrazo a Matías, siempre tuvo sus sospechas—. Ella no te merece y lo sabes.

— ¡No quiero sermones, Marcos! Quiero respuestas —Matías no soportaba ni la sugerencia del tema de los cuernos.

— Está bien. Yo solo decía. No te enojes y mantén el plan. Respóndele como siempre.

— Me sigue escribiendo como si nada —Matías vio la hora en su celular, eran las 21:17—. Aún no es hora.

—Bueno, pues. Si lo que dices es cierto, en cuatro minutos dejará de responderte y podremos ver si sale de su casa —Marcos lanzó su cigarrillo al suelo y lo pisó.

— ¿Tienes todo listo? —Matías se acabó media cerveza de un tirón.

— ¡Sí, patrón! —dijo Marcos en tono de burla.

—Ya dejó de responder —Matías le enseñó su celular a su amigo—. Mira su última conexión, 21:21. Como cada viernes. Luego de eso no aparecerá hasta luego de tres horas.

—Interesante, mira —Marcos le dio unos binoculares a su amigo.

Se vio a la novia de Matías salir de su casa.

—Bien, pues. Veamos a donde va tu novia cada viernes por la noche —dijo Marcos, disfrutando del misterio.

Los muchachos siguieron a la joven, guardando cierta distancia para que ella no pudiera detectarlos. Marcos era experto siguiendo a la gente, se ganaba la vida haciendo investigaciones de infidelidad y cosas así.

—Hemos caminado alrededor de una hora y Sandra no se detiene, no entiendo nada —dijo Matías, algo cansado de tanto caminar.

Ambos se preguntaban qué podía hacer Sandra a esas horas y en un lugar tan solitario.

— ¿Escuchas eso? —Matías se mostraba algo nervioso.

—Son pasos, de mucha gente —Marcos casi nunca se asustaba, esta no era la excepción—. ¿Estás asustado, amigo?

— ¡Deja de decir estupideces y dame los otros binoculares! —renegó Matías por la burla de su amigo.

Matías se extrañó más cuando vio con los binoculares infrarrojos. Se podía observar claramente un grupo de personas caminando en el bosque, adentrándose más en él. Sandra estaba entre esas personas.

—Marcos, ¡mira esto! —dijo Matías a quien creyó que estaba a su lado. Marcos había desaparecido.

La reacción de Matías fue de sobresalto.

— ¡Marcos! ¿Dónde estás? —gritaba un asustado Matías.

—Ja, ja, ja —rió Marcos desde atrás del árbol donde se estuvo escondiendo—. Debiste ver tu cara, fue única.

— ¡Payaso! ¿No te parece lo suficientemente rara la cosa como para andarte con chistes? —dijo Matías

— ¡Relájate! —Marcos recuperaba la respiración luego de su ataque de risa—. De seguro son un culto raro de niños. Alégrate de que no se fue a ver con otro.

—A mí esto me da muy mala espina. ¿Me puedes decir qué es esto? —Matías le mostraba a Marcos una zona de rojo intenso que se veía con los binoculares, más adelante en el bosque.

—Jamás había visto una marca así —Marcos estaba intrigado—. ¡Vamos a verla!

—No hay de otra, el grupo parece dirigirse hacia allá. Adelantémonos.

Los dos muchachos se dirigieron hacia la zona roja que se veía en los binoculares. Sin embargo, no lograron ver ninguna fuente de calor. Solo se veía un extraño arbusto sin hojas, en un claro del bosque, con cuatro piedras rodeándolo.

—Marcos, mira —Matías usó los binoculares y se dio cuenta de que era el arbusto el que emitía el color rojo que se veía.

Marcos no se lo podía explicar. Se suponía que, forzosamente, el arbusto debía estar en llamas para emitir una señal como esa. Marcos se acercó a examinar el extraño arbusto. Matías estaba más preocupado en usar los binoculares para no perder de vista a los que caminaban junto a su novia. Perdió de vista a su amigo unos minutos mientras observaba.

Se escuchó un estruendo y un grito cortado bruscamente. Matías regresó al lugar del arbusto y no vio a Marcos.

— ¡Qué gracioso! —gritó Matías al aire—. ¡Sal de allí y vamos a escondernos! Esa gente se acerca.

Marcos no respondió. Matías buscó a su amigo por los alrededores, pero no halló nada. Se vio obligado a esconderse solo, mientras esperaba la llegada de los caminantes.

Matías, escondido detrás de un árbol,  vio a cada uno de los caminantes hacer el mismo proceso: caminar alrededor del arbusto, tocar cada una de las cuatro piedras y regresar por donde vino. Las piedras brillaban cada vez que un caminante las tocaba. Cada vez que las cuatro piedras eran tocadas, el arbusto brillaba una vez y crecía ligeramente.

Era el turno de Sandra.

— ¡Vámonos de aquí! ¿Qué haces con estos dementes? —gritó Matías mientras agarraba del brazo a su novia, intentando llevársela a la fuerza.

Sandra estaba bajo un estupor. No parecía estar consciente de sus actos. Una luz empezó a salir de una de las ramas del árbol, tomó forma de rayo y tocó a Matías. El rayo lo paralizó. En un abrir y cerrar de ojos se vio en un lugar completamente diferente.

—Siento que todo tenga que terminar así para ti, muchacho —dijo un extraño anciano con capucha negra, a su lado se encontraba el cuerpo petrificado de Marcos—. Si permito que te lleves a la chica, descompleto el número necesario para el ritual. Si arruinas el ritual, mi planta perderá la energía acumulada y será inútil.

El encapuchado parecía tener muchas ganas de hablar, como si no hubiese tenido contacto humano por un largo tiempo. Le explicó al petrificado Matías que él era un practicante de vudú, y que la planta era un instrumento que robaba energía vital a aquellos que llegara a influenciar con sus esporas. Dijo que, al no tener una piedra filosofal para su cometido, se vio obligado a usar el recurso de la planta.

Luego de un mes la planta fue movida de sitio y usada para su propósito. Sandra no volvió a caminar involuntariamente por el bosque luego de eso. No se volvió a saber nada de Matías ni de Marcos. Dos plantas extrañas aparecieron en dos lugares lejanos. Tal como con la primera, nadie advirtió de su presencia.


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“El hombre es una especie narcisista por naturaleza, hemos colonizado hasta el último rincón de nuestro planeta, no somos la cúspide de la llamada evolución. Ese honor le corresponde a la cucaracha, capaz de vivir durante meses sin alimento y durante semanas si le arrancas la cabeza. Resiste la radiación. Si dios se ha creado a si mismo a su imagen y semejanza, entonces yo declaro que Dios es una cucaracha.” Mohinder Suresh

La estructura social y hábitos de las cucarachas son muy diferentes de lo que conocemos. La verdadera naturaleza de las cucarachas no la conoce nadie, salvo yo, que las observo desde el principio de los tiempos. Las cucarachas, gracias a su maravilloso cuerpo, han logrado evolucionar a pasos agigantados. Hace ya millones de años que desarrollaron su conciencia y su inteligencia. Han coexistido silenciosamente con la raza humana, llegando incluso a aprender su lenguaje escrito en cientos de idiomas. Sin embargo, no han logrado desarrollar su tecnología a un nivel comparable al de ellos, debido, más que nada, a su tamaño.

Sin embargo, usted que me lee, se preguntará: ¿cómo es posible que eso sea verdad, si las cucarachas parecen ser seres torpes y relativamente indefensos ante nosotros? Pues bien, resulta que las cucarachas que deambulan en la superficie son las exiliadas de la sociedad de las cucarachas.

Las cucarachas viven organizadas debajo de la tierra. Tienen una sociedad compleja y desarrollada. Las cucarachas que cometen crímenes atroces, o aquellas reincidentes de crímenes menores, son condenadas a una degradación genética que atrofia sus capacidades mentales y las de sus descendientes. Luego son enviadas a la superficie, a la penosa condena de convivir con los humanos y comer de sus desechos.

Las cucarachas de debajo de la tierra llegaron a percatarse del daño que la raza humana causa al planeta. Las sociedad de las cucarachas pasó mucho tiempo pensando y planeando que hacer ante tal amenaza. Sus líderes convocaron a sus mentes más brillantes para buscar una solución. Sin embargo, debido al retraso tecnológico de su sociedad, era poco lo que podían hacer. Fue entonces que se organizó una búsqueda incesante de conocimiento por parte de las cucarachas. Enviaron infinidad de soldados a infiltrarse en bibliotecas humanas para robar libros que pudieran darles una pista de cómo cambiar el destino del planeta.

Eventualmente aprendieron a controlar las mentes de las cucarachas exiliadas. De esta forma aceleraron su trabajo de recolección de datos. 

Leyeron y leyeron. Pensaron y pensaron. Debatieron y debatieron. Hasta que llegaron a una conclusión: la única manera de salvar al planeta de los seres humanos, es deshaciéndose de ellos.

El plan de las cucarachas consiste básicamente en una intoxicación programada, sistemática y rápida de todos los humanos. Tienen planeado asaltar poco a poco los cuarteles militares que posean ojivas nucleares, usando la mano de obra de las cucarachas exiliadas controladas mentalmente. Luego de reunir cierta cantidad de material radiactivo, planean procesarlo y convertirlo en un potente veneno. El veneno será almacenado en los cuerpos de las exiliadas, para luego enviar a una cucaracha por cada ser humano existente, más refuerzos (la población mundial de cucarachas da para eso y más). Las cucarachas tienen previsto que será casi imposible sincronizar el ataque para que todos los humanos mueran al mismo tiempo, o que puedan realmente inocular el veneno con éxito a todos. Así que planean dividir la intoxicación masiva en etapas: primero los médicos, para que su ausencia impida el tratamiento del resto de la población; luego militares y policía, para que su ausencia provoque caos y los humanos empiecen a destruirse a sí mismos. Finalmente, con la población general vulnerable, podrán eliminar fácilmente a aquellos que no pudieron ser inoculados, dispersando el veneno por el aire.

Los líderes de la sociedad de las cucarachas consideran que ese es el mejor plan de acción, puesto que si liberaran el veneno por el aire sin antes eliminar a los médicos, militares y policía, los humanos tal vez podrían organizar un contraataque o protegerse. Tampoco desean hacer explotar las ojivas nucleares, puesto que su objetivo secundario es apoderarse de lo que consideran lo único notable de la humanidad: su tecnología.

Así las cucarachas planean, organizan y ejecutan su plan poco a poco, esperando el momento oportuno para deshacerse de los seres humanos.


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