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Originalmente publicado: Blog de Salto al reverso

Lagrima filosofal

Ilustración: Blacksmith Dragonheart

Cierto alquimista del planeta Tierra dedicó su vida a la investigación del alma humana. Con el pasar de los años descubrió que el alma era, en sí misma, una fuente de energía. Este conocimiento fue el que utilizó para perfeccionar una técnica conocida como salto etéreo. La técnica consistía en la proyección de su aura hacia el plano astral, lo que le permitió explorar la frecuencia correspondiente al planeta Tierra.

Luego de pasar años explorando la frecuencia astral terrestre, el alquimista descubrió ciertas leyes naturales que rigen el plano astral. Se dio cuenta, por ejemplo, de que cada objeto celeste con capacidad de doblar la gravedad era, en teoría, capaz de emitir su propia frecuencia astral. Ese conocimiento le permitió transportarse de forma prácticamente instantánea a través de grandes distancias en el plano astral y, con el tiempo, también le permitió acceder a la frecuencia astral correspondiente a la luna terrestre.

Con el salto etéreo a la luna, el alquimista empezó a entender al plano astral como una gran red informática. Se dio cuenta de que no necesitaba contacto físico con el objeto celeste para acceder a su frecuencia astral, por lo que se dispuso a explorar el universo conocido. Mediante la proyección astral, el alquimista podía trascender el espacio físico a su antojo, es decir, podía observar el mundo material con total claridad. Debido a que solo su aura estaba presente en las frecuencias astrales, no podía interactuar físicamente con los objetos. Sin embargo, podía acceder a zonas conocidas como habitaciones astrales, espacios a los que solo puede accederse con la contraseña adecuada. El alquimista logró descifrar la existencia de ciertas contraseñas genéricas, gracias a las cuales accedió a la gran cantidad de datos contendida en muchos objetos del cosmos y su conocimiento aumentó de forma considerable.

***

Como resultado de muchos experimentos, el alquimista logró acceder a una frecuencia astral de una dimensión diferente a la suya. La exploró y se percató de que las frecuencias de ese nuevo plano astral se regían básicamente por las mismas leyes que las de su dimensión. De esa forma terminó por explorar esa y muchas otras dimensiones. Conforme más dimensiones exploraba, más aprendía. Mientras más aprendía, su aura era capaz de almacenar cada vez más información y de forma más eficiente. La velocidad con la que el alquimista recorría las dimensiones lo llevó aprender y a existir en una escala de tiempo diferente a la humana.

Mientras más frecuencias exploraba, era menos extraño encontrarse con entidades que se dedicaran a la misma actividad que él. El alquimista astral había llegado a una red interdimensional habitada, donde cada uno de los miembros tenía capacidades tanto o más avanzadas que las suyas. Compartió conocimientos con múltiples entidades astrales, incluso con seres que realizaban el salto etéreo de la misma forma que él, es decir, con un cuerpo físico proyectado mediante un proceso de alquimia. De entre todas las entidades que conoció, una llamó mucho su atención. Era una manifestación de energía con un nombre que no puede pronunciarse en lengua humana.

El alquimista y aquella entidad establecieron una amistad. Compartieron ideas, pensamientos e ideales. El tiempo pasó y la relación entre ambos empezó a estrecharse, al punto de convertirse en una intimidad emocional. En el plano material el alquimista practicaba reprogramando su cuerpo, de tal manera que pudiera mantenerlo semiconsciente para que realizara por su cuenta actividades como la alimentación y el ejercicio. De esa manera aumentaba progresivamente el tiempo que pasaba en la red astral compartiendo su vida con la entidad de energía con la que intimaba. Con mucha práctica, el alquimista convirtió su cuerpo en un mero accesorio que necesitaba mantener a salvo para seguir viviendo, y decidió ir un paso más allá en la consolidación de su vínculo con su pareja astral.

El alquimista, una vez solucionó el asunto de su cuerpo, decidió establecer un ritual de hieros gamos con la entidad de energía. La entidad aceptó y empezaron un proceso de complementación que les reportó crecimiento y satisfacción. Lograron una conexión estable y poderosa. Gracias a la calidad de esa conexión, fueron capaces de construir su propia frecuencia astral, donde solo ellos vivirían. Dentro de aquella frecuencia, tanto el alquimista como la entidad de energía, construyeron una réplica de sus galaxias originales, así como la réplica de un planeta lleno de sus plantas favoritas. Compartieron sus vidas astrales durante un período que trascendía el tiempo humano.

En el plano material, el cuerpo del alquimista, gracias a su programación, se mantenía saludable y en forma.

*** 

Cierto día, el alquimista enfermó gravemente. La frecuencia astral donde vivía con su pareja de hieros gamos desapareció de forma súbita. Eso generó un error en el salto etéreo, lo que provocó el regreso brusco de la proyección de su aura a su cuerpo físico. El shock de aquel evento dejó al alquimista en un estado de salud muy delicado, por lo que programó su cuerpo para las reparaciones necesarias con el fin de volver a realizar otro salto etéreo.

Una vez que su salud le permitió dar un nuevo salto, el alquimista astral dedicó su tiempo material a sanar su cuerpo y su tiempo astral a recopilar información sobre las causas de su  desconexión súbita y permanente de la frecuencia astral donde habitaba. Empezó por investigar el paradero físico de su pareja. No demoró mucho en llegar, pues conocía la dimensión y la galaxia exacta donde se encontraba la entidad de energía. El alquimista descubrió que el planeta que buscaba había sido destruido y que la desconexión que sufrió fue causada por la muerte de su compañera.

El alquimista realizó otra investigación que le llevó a determinar que el planeta de su pareja estaba en medio de la implementación de una ruta de transporte intergaláctico de agua. Otra investigación lo ayudó a definir que, con toda certeza, los responsables directos de las rutas de transporte intergaláctico de agua son una raza de seres interdimensionales conocidos como Los Limitantes.

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Luego de identificar a los culpables de su tragedia, el alquimista astral empezó a contaminar su alma con resentimiento. Decidió entonces construirse un arma para llevar a cabo su venganza contra Los Limitantes. De entre todos los conocimientos que adquirió en sus innumerables viajes astrales, estaba el de la fabricación de un amplificador alquímico conocido como la piedra filosofal. La construcción de dicho objeto requiere de un conocimiento amplio sobre el núcleo del alma humana. El alquimista astral tenía los conocimientos necesarios. Pese a ello, no era capaz de construir una piedra filosofal completa. Las réplicas del núcleo del alma, que introducía en sus piedras, eran inestables y acababan fundiéndose.

Viendo que no lograba completar la piedra, decidió fabricarse un amplificador lo más cercano posible. Usó, como base de su objeto, los restos del ritual de hieros gamos que quedaron alojados en su cuerpo físico. Condensó aquellos restos y los convirtió en una gota de sangre que finalmente expulsó por uno de sus lacrimales. Esto dio origen a la piedra filosofal incompleta conocida como la lágrima de sangre.

Usando la lágrima de sangre, el alquimista astral se dedica a la custodia de objetos valiosos, guardándolos dentro de ella para hacerlos llegar a sus respectivos dueños. Esta actividad le permite conseguir los recursos necesarios para su venganza.

Dentro de esos objetos estoy yo, esperando a ser entregado.


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SALTO AL REVERSO

Presentamos un video para despedir a nuestro segundo autor destacado del mes, Donovan Rocester.
(donovanrocester.com).

La obra es «El árbol de la vida», un poema publicado originalmente en el blog del autor.

De nuevo felicitamos a Donovan y agradecemos su labor en Salto al reverso. Más información aquí: Autores destacados.

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Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

Cierto día, un demonio conocido como Saratu, el descifrador fue atrapado y juzgado por los dioses mayoresLa pena para Saratu fue la de pasar la eternidad en la prisión conocida como La galería de jarrones, una cárcel para delincuentes con habilidades destructivas en la que se depositaba a los prisioneros dentro de un jarrón restrictivo que convertía la materia física en astral, impidiendo su manifestación en el mundo material.

Gracias a sus sorprendentes habilidades, Saratu logró descifrar una manera de escapar. Usando ciertas artimañas, logró usar el estado inmaterial de su cuerpo para entrar en los sueños de uno de sus sirvientes. El sirviente, siguiendo las instrucciones, usó ciertos objetos de su amo para colarse dentro de La galería de jarrones sin ser vistoUna vez dentro, reemplazó el jarrón que contenía a Saratu por un señuelo. El jarrón señuelo emitía señales falsas de su presencia para poder engañar a los supervisores de la cárcel.

Luego de colocar el jarrón señuelo en su sitio, el sirviente activó otro de los objetos de su amo. El objeto estaba diseñado para usar como combustible al ser que lo activara, abrir un portal hacia otra dimensión y desparecer cualquier rastro que indicara su activación o destino. Así fue como Saratu escapó de La galería de jarrones y nadie, salvo él mismo, conocía la posición exacta del jarrón que lo contenía.

***

Eventualmente el jarrón llegó a parar al planeta Tierra. En la cárcel, los supervisores realizaban constante mantenimiento a los jarrones. Verificaban también que estos estuvieran siempre alejados de cualquier fuente de energía que pudiera absorber el delincuente. Ya lejos de aquellos cuidados, el jarrón que contenía a Saratu tuvo acceso a varias fuentes sutiles de energía.

Usando los recursos disponibles, Saratu recuperó algunas de sus habilidades. Sin embargo, el jarrón era un objeto de restricción muy poderoso. Liberarse de la prisión seguía siendo algo que estaba fuera de sus capacidades. Así fue como Saratu empezó un entrenamiento que llamaba rehabilitación aural.

Luego de algunos años de rehabilitación aural, Saratu recuperó su percepción extrasensorial, su telepatía políglota y su avanzada capacidad para descifrar patrones matemáticos. También, después de mucho tiempo de poner todo su intelecto en descifrar una vía para escapar del jarrón, se ideó una larga y complicada forma de hacerlo. Aunque todavía no podía moverse por voluntad propia, podía usar su telepatía para manipular a los seres humanos y así cambiar de sitio.

***

Luego de mucho buscar, Saratu al fin logró encontrar a un ser humano con el tipo de sangre adecuado para su plan. Manipuló todas las circunstancias a su alrededor para poder llegar, en calidad de adorno, a la casa del ser humano en cuestión, un niño. Saratu ya estaba donde quería y solo debía esperar a que el niño alcanzara la edad de veintiún años para poder usar su sangre para sus propósitos. Mientras tanto, usando su telepatía de forma sutil, moldeó secretamente la mente del niño para que creciera bajo ciertos ideales que le convenían. También lo manipuló  para que se abstuviera de ciertos alimentos.

Entonces llegó el cumpleaños número de veintiuno de Teobaldo.

—Buenos días, Teobaldo. Te hablo desde dentro de tu mente —dijo Saratu desde el jarrón, usando su poder de telepatía.

Teobaldo se exaltó al oír la voz, pero no estaba asustado. La manipulación mental de Saratu había surtido efecto muchos años antes.

—No te asustes, necesito conversar contigo —dijo Saratu, en un tono que transmitía la idea de que todo estaba bajo control—. Ven a la sala y lleva el jarrón a tu cuarto. Yo soy el jarrón.

Teobaldo no cuestionó, llevó el jarrón al cuarto y empezó a examinarlo.

—¿Qué buscas, Teobaldo? ¿Quieres hablar conmigo? —increpó Saratu.

—Sí. Reviso el jarrón para verificar que no estoy loco —dijo Teobaldo.

—No lo estás. Las historias que has leído todos estos años sobre demonios y pactos son ciertas. Vengo a ofrecerte el pacto que buscabas —dijo Saratu—. Sé que quieres grandeza y yo vengo a ofrecértela.

—Sé que los pactos tienen un precio —respondió Teobaldo—. Dime el tuyo y lo consideraré.

Dentro de la manipulación mental de Saratu hacia Teobaldo, estaba el inculcarle historias sobre pactos demoníacos, ideales misántropos y una sensación de superioridad moral. De esta forma, al ofrecerle el pacto a Teobaldo, este aceptaría sin poner objeciones. El hecho de que Teobaldo aceptara el pacto por voluntad propia era sumamente importante para Saratu.

—De ti solo pediré tu sangre y cierta alimentación ritual —respondió Saratu—. A cambio yo te daré acceso ciertos beneficios que detallo en un contrato.

—¿Dónde está el contrato? —dijo Teobaldo, interesado en analizar con calma la propuesta.

—Necesito que hagas algo para mostrarte el contrato —respondió Saratu, percibiendo que el adiestramiento de Teobaldo había sido un éxito rotundo—. Necesito que sigas las instrucciones que te voy a dar.

Saratu le dio instrucciones muy detalladas para crear un dispositivo electrónico que permitiría conectar el jarrón con su computadora.

***

Saratu estaba por terminar su plan para salir de prisión. Una vez que Teobaldo terminó el dispositivo de conexión con la computadora, Saratu usó sus habilidades para dominar por completo el sistema computacional y usarlo como interfaz de comunicación.

—Todo está listo, Teobaldo —dijo Saratu—. Enciende la computadora y podrás ver el contrato, imprímelo.

Teobaldo leyó con mucha atención, se tomó su tiempo. Luego de despejar todas sus dudas, consideró que el trato era bastante justo. Entonces se dirigió a la computadora y habló con Saratu.

—Quiero aceptar, Saratu —dijo Teobaldo.

—Entonces firma con tu sangre el contrato impreso y quémalo como se te indicó —dijo Saratu, bastante satisfecho por dentro—. Luego ven a la computadora y termina de seguir las instrucciones.

Teobaldo hizo tal como se le ordenó y regresó a la computadora.

—Bien, ¿ahora qué tengo que hacer? —preguntó Teobaldo, ya saboreando la grandeza.

—Instala la aplicación y empecemos con todo —respondió Saratu, que ya había preparado la computadora para ese momento.

Teobaldo instaló la aplicación especial de Saratu y la abrió. En esta se mostraban gráficos de todas las mediciones químicas y médicas  del cuerpo de Teobaldo: glucosa, glóbulos rojos, glóbulos blancos, temperatura y una larga lista de etcéteras. Además de estos datos, se presentaba un itinerario completo de la alimentación exacta que debía seguir: tipos de alimentos, horarios, cantidades y otra gran lista de etcéteras.

—Está bien, me familiarizaré con esto —dijo Teobaldo—. ¿Desde cuándo puedo usar los beneficios?

—Desde este preciso instante —dijo Saratu, muy complacido.

***

Saratu necesitaba que, cada cierto tiempo, Teobaldo le diera de beber cierta cantidad de su sangre. La sangre de Teobaldo era el ingrediente principal de la receta que permitiría a Saratu recuperar su forma física. La sangre debía contener ciertos niveles de nutrientes que solo podían conseguirse mediante la dieta ritual. También debía ser entregada por voluntad propia y de un ser cumpliendo su más ferviente ideal. Esta era la razón por la que Saratu manipuló los ideales de Teobaldo, al igual que su alimentación. Solo haciendo las cosas como lo había hecho, hubiera podido lograr todos los ingredientes de su ritual. Con el tiempo Saratu tomó cierta forma física, que usó para beber la sangre de forma más cómoda.

La alimentación ritual era un completo suplicio. Incluía temporadas de completa inanición, junto a otras temporadas de atracones y molestos cambios alimentarios. La salud de Teobaldo se veía constantemente afectada. Sin embargo, lo que él obtenía de Saratu era algo invaluable. Saratu funcionaba como un descifrador de contraseñas que Teobaldo usó para amasar una gran fortuna y un enorme poder político.

Teobaldo tenía un gran sentido de justicia social, inculcado por Saratu. Con el tiempo logró reunir  un grupo selecto de seguidores. Junto a estos, empezó una campaña de hacktivismo que consistía en la revelación pública de documentos que implicaban en corrupción a miembros de los gobiernos de todo el mundo. Puesto que el trabajo de Saratu era impecable, nunca pudo rastrearse a quienes filtraron los documentos.

El proceso de revelación pública de dichos documentos se realizó por muchos años, de forma sistemática, y provocó un impacto social profundo en la democracia mundial. Las pruebas contra los políticos eran contundentes y, sin embargo, nadie iba a la cárcel. En todo el mundo estallaron protestas, se exigieron renuncias. La campaña de hacktivismo respaldaba al pueblo. Los políticos no podían usar los métodos convencionales para parar la situación. No podían comprar a nadie porque ya todos estaban expuestos. Empezaron las renuncias y los juicios.

Otras personas tomaron el lugar de los corruptos. Pero, de vez en cuando, se volvían a cometer los mismos crímenes. Entonces Teobaldo y sus seguidores repetían el proceso de revelación pública y los corruptos caían presos. Con el tiempo ya no se cometían actos de corrupción. Todos aquellos que ocupaban un puesto público se sentían vigilados. La corrupción a nivel público ya casi no existía. Teobaldo y su grupo manejaban los hilos de la política mundial a su antojo y se favorecían a sí mismos al no revelar sus propios actos de corrupción.

Con el tiempo el poder de Teobaldo y su grupo fue casi absoluto. Sin embargo, aunque Teobaldo no estaba enterado, estaba cercano el momento en que Saratu recuperaría su libertad.

***

—Bien, bestia, necesito acceder a otro servidor —dijo Teobaldo, con mucha arrogancia—. Dame la clave.

—¡No! —dijo Saratu, en un tono aun más arrogante.

—¿Quieres romper el pacto? —contestó Teobaldo, enojado con el demonio con el que había coexistido por años—. ¡Si no me das la clave arruinaré tu ritual comiendo lo que no se debe!

—¡No me importa! —dijo Saratu.

—¿Ah sí? ¿Y qué piensas hacer, estúpido jarrón?

—¡Matarte con mis propias manos!

En ese momento Saratu terminó el ritual que le había costado décadas. Recuperó su cuerpo y mató a Teobaldo. Luego, eliminó cualquier evidencia del asunto del jarrón y fue a buscar a los seguidores de Teobaldo, para acabar con ellos uno a uno.


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Mi relato “Edrel’ch y el #21” fue publicado en la Revista Salto al reverso #8.

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Aquí el relato:

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