Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Hercules and Cerberus statue», de WikiMedia (CC0)

Un grupo de trillizos escapó de un orfanato y pasó su niñez viviendo en casas abandonadas, subsistiendo mediante el robo de alimentos. Ya en su adolescencia tenían a su haber muchos crímenes por los que nunca recibieron un juicio. Para ese entonces eran conocidos como Los asesinos Delta, por el tatuaje en forma de triángulo negro que tenía cada uno en diferentes partes del cuerpo. Uno en la frente y,  los otros dos, en un muslo diferente. Esta información fue obtenida por una de las pocas personas que, sin morir en el intento, logró ver a los asesinos en serie y dar su testimonio.

Durante uno de sus constantes robos y asesinatos, encontraron una misteriosa escultura de un perro de tres cabezas encadenado por un hombre. La escultura tenía marcas de una escritura muy antigua, y cada perro tenía incrustadas dos piedras negras en lugar de ojos. Los hermanos, luego de matar al dueño de la casa, robaron la escultura impulsados por un extraño influjo. No se volvió a saber de ellos durante años.

***

Luego del robo de la escultura, los hermanos la llevaron a una de sus casas provisionales y la examinaron. Se dieron cuenta que no había nada aparentemente valioso en ella, salvo las piedras negras en los ojos de cada perro. Intentaron sacarlas a la fuerza, para cotizarlas en el mercado negro e intentar venderlas a buen precio. Pero, en cuanto intentaron quitar una de las piedras, la escultura se encendió en llamas, haciendo que la soltaran inmediatamente. Luego, para sorpresa de los hermanos, la escultura en llamas levitó hacia el centro de la habitación y empezó a hablar.

—El lazo de sangre es necesario para el conjuro de invocación. Solo tres hermanos de la misma edad podrán liberar el poder completo de esta escultura. ¿Serán ustedes aquellos que lo logren?— la escultura esperaba una respuesta de los impactados hermanos.

Los hermanos se miraron entre sí, sorprendidos y dudosos sobre qué respuesta dar. También estaban mareados por el humo negro que provenía de la escultura en llamas. Pero, bajo el oscuro influjo del humo negro, finalmente dijeron al unísono: “¡Queremos ese poder!”.

—¡Perfecto! —dijo la escultura—, pero antes deberán firmar el contrato y pagar el precio.

Dicho esto, la escultura empezó a explicarles paso a paso todo lo que debían hacer.

***

La escultura estaba lista y todos los ingredientes estaban reunidos en el sótano de una casa de la que se apoderaron una semana antes, secuestrando a sus dueños. Primero, cada uno tuvo que hacerse un corte en la muñeca izquierda y derramar, al mismo tiempo, su sangre sobre la escultura. Eso hizo que la escultura pasara de un color parecido al mármol, a tener el mismo color que la sangre. Luego, fueron a la habitación donde tenían a los dueños de la casa con su hijo. Los llevaron amarrados ante la presencia de la escultura, que levitó hasta el centro de la habitación y dijo: “¡Ahora!”. Dicho esto, los hermanos degollaron a sus tres rehenes, al mismo tiempo, y los ofrecieron como sacrificio ritual, recitando un conjuro que la misma escultura les había enseñado.

Inmediatamente después del sacrificio y el conjuro, la escultura empezó a convertirse en polvo, dejando solo los ojos de los perros. Los hermanos tomaron, cada uno, dos piedras negras y oyeron una voz que salía al mismo tiempo desde cada una de ellas

—De ahora en adelante, serán conocidos como Los hermanos Kérberos. El sello que mantenía encerrado el poder de la escultura se ha roto. Ahora es suyo. Aprendan a usarlo, ¡si es que son capaces!

***

Años pasaron. Los hermanos Kérberos, luego de mucha investigación, descubrieron que las piedras podían ser descifradas con un arte conocido como vudú. Aprendieron las bases de dicho arte y descifraron cada una de las seis piedras negras. Descubrieron que cada pareja de ojos contenía un conjuro de Mahou de efecto desconocido. Cada conjuro mostraba un mayor nivel de dificultad en cuanto a los pasos e ingredientes requeridos.

Eventualmente, intentaron el primero de los tres conjuros contenidos en las piedras negras. El conjuro tenía como requisito un sacrificio humano por cada una de las piedras, es decir, un sacrificio por cada cabeza de perro. Con los ingredientes reunidos, en un sitio apartado y al aire libre, Los hermanos Kérberos procedieron a la ejecución del conjuro. Con las piedras negras en cada una de sus manos, cada hermano tomó a un rehén y lo degolló. Luego, sumergieron sus piedras negras en la sangre de sus víctimas. Las piedras brillaron y, de cada par, empezó a salir una especie de humo negro que se acumulaba poco a poco hasta formar la silueta de un perro. Una vez formadas las encarnaciones de humo, los hermanos tomaron a los otros tres rehenes y los ofrecieron como sacrificio a los perros. Cada silueta de humo empezó a invadir y consumir a su víctima, que gritaba de dolor en el proceso. Al concluir el sacrificio, los perros tomaron forma material.

Los tres perros tenían un gran tamaño, alrededor de cinco metros de altura. Y empezaron a aullar al unísono. Luego de eso, los hermanos intentaron hablar con los perros. Cada perro eligió a su dueño y empezaron a explicar que, antiguamente, habían sido encerrados por un poderoso alquimista dentro de aquella escultura. Y que, durante siglos, habían esperado la remota posibilidad de hallar unos trillizos dispuestos a liberarlos, puesto que ese lazo de sangre era uno de los ingredientes principales para romper el sello. Dicho esto, cada perro dirigió la mirada a su dueño y, al unísono, dijeron: “Y, hablando de sangre, aún no recuperamos del todo nuestros poderes”.

Luego de aquellas palabras, cada perro empezó a atacar a su dueño. Los hermanos intentaron evadir los ataques con sus habilidades vudú, pero no lo lograron. Pese a ello, los perros no los mataron. Una vez dejaron gravemente heridos a Los hermanos Kérberos, los perros dijeron:

—Necesitábamos de su sangre, tomada por la fuerza, para así recuperar nuestros poderes. Tómenlo como un precio por el contrato de invocación.

Los perros, entonces, aullaron al unísono mirando la luna llena y cada uno lanzó un rugido. Uno de los perros emanaba un aliento con llamas. Otro, un aliento de hielo. Y, el último, un aliento eléctrico. Terminada la exhibición de poder, los perros se volvieron humo nuevamente y volvieron cada cual a su par de piedras negras. Luego de su larga recuperación, cada uno de los hermanos quedó con una secuela física diferente. Uno de ellos perdió un ojo. Otro, un brazo. Y, el último, una pierna.

***

Pasaron muchos años de dolorosa rehabilitación. Sin embargo, los hermanos estaban seguros que no había sido en vano. Los perros, para poder liberarse del sello, habían firmado un contrato de invocación con ellos, por lo que no podían negarse cuando se los llamara. Pero ellos ya sabían de la monstruosa fuerza y agresividad de los tres perros. Por lo que decidieron entrenar durante un tiempo antes de invocarlos de nuevo, para que no se repitiera el incidente de la primera vez. Además, tenían los ingredientes preparados para el segundo de los tres conjuros que contenían las piedras.

Esta vez, los ingredientes eran seis sacrificios humanos y tres semillas de la codicia. Los tres primeros rehenes fueron utilizados para el ritual de invocación. Los Hermanos Kérberos degollaron, al mismo tiempo, a tres de sus víctimas mientras recitaban un conjuro de Mahou. Inmediatamente, arriba de ellos, se abrieron tres grietas dimensionales que trajeron de vuelta a los perros. Los hermanos esquivaron el primer inconveniente y evitaron ser aplastados por los perros dando un rápido salto hacia atrás. Antes que los perros pudieran reaccionar, degollaron a los rehenes restantes y recitaron el segundo conjuro contenido en las piedras de la escultura. Luego, los hermanos embebieron sus piedras negras en la sangre. Es decir, las piedras que representaban los ojos de la escultura, más las semillas de la codicia que consiguieron matando a tres diferentes practicantes de vudú.

Una vez hecho eso, las piedras levitaron y empezaron a usar la sangre y huesos de los sacrificios para formar, en los cuerpos de los hermanos, los miembros perdidos. Tenían su ojo, brazo y pierna otra vez, pero eran de color negro y cada uno tenía incrustadas tres semillas de la codicia.

Con sus miembros ya regenerados, y el poder de las semillas de la codicia, su sed de sangre aumentó. Además, de cada miembro artificial, ellos podían enviar una señal que controlaba mentalmente a los perros. Así lograron el control de las criaturas que tanto esfuerzo y dolor les costó invocar.

***

Una vez logrado el control de sus invocaciones, Los Hermanos Kérberos se dirigieron al pueblo donde estaba el orfanato del que huyeron. Se hospedaron unos días en un departamento amoblado, sin llamar la atención. Durante ese tiempo, se dedicaron a conseguir nueve sacrificios más. Cuando dejaron a sus rehenes maniatados en la cueva más cercana, se dirigieron al pueblo a marcar tres paredes con símbolos pintados con una mezcla de su sangre y la de sus rehenes.

Hecho esto, volvieron a la cueva y, cada cual, tomó a una víctima, la degolló y recitó el conjuro correspondiente para abrir la grieta dimensional e invocar a su respectivo perro. Inmediatamente, enviaron la señal de control mental y mantuvieron quietos a los canes para dibujar símbolos de sangre en sus lomos. Luego, tomaron tres rehenes más, los degollaron y recitaron un conjuro. Eso abrió otra grieta dimensional que se llevó a los perros y los invocó en el lugar donde dejaron las marcas de sangre en el pueblo.

Finalmente, degollaron a las víctimas restantes y recitaron otro conjuro. Esto provocó que aparecieran tres grietas dimensionales que transportaron a los hermanos sobre las marcas de sangre dibujadas en los lomos de sus respectivos perros. Una vez completado el proceso, utilizaron a los perros para destruir todo a su paso. Usando el aliento del perro eléctrico, sobrecargaron el sistema de abastecimiento de energía para dejar la ciudad a oscuras. Usando el aliento del perro gélido, congelaron el suelo para evitar que cualquiera escapara en vehículos o a pie. Y, finalmente, quemaron todo y a todos a su paso usando el aliento del perro ígneo.

No hubo forma de registrar evidencia alguna de lo sucedido. No quedaron sobrevivientes en el pueblo. Las fuentes oficiales declararon un ataque terrorista de un grupo desconocido que decidió no atribuirse el atentado.

 

Originalmente publicado en: Blog Salto al reverso

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«Sign from the Great Depression», por Philip Bump (CC BY)

 

I: AUSENCIA

Ya no sueño que vuelo.

Ahora sueño que huyo,

como corre una bestia.

 

II: DELIRIO

Las paredes se mueven,

se cierran, me aplastan.

¿Qué será de mi?

 

III: VACÍO

¿Dónde está el placer?

¿Dónde está la dicha?

¿Dónde estoy yo?

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«Neutron star« Wikimedia (CC0)

I

Me causa algo de nostalgia

haber dejado pasar la oportunidad

de entregarme a placeres, o a la locura,

o a la Santa Muerte.

 

Pude…

…pero no me atreví.

 

II

Quiero conocer el final de la vida.

El verdadero final,

y no los finales inferiores

que me han sido ofrecidos.

 

Si he de morir, elijo el destino

de las estrellas de neutrones.

 

III

Aunque ello implique

la imposibilidad de mostrar

mi luz más  potente,

la gran supernova.

 

La luz que mana del choque

de mi ser

contra mi ser…

…la que no deja nada de mí.

Ojos compartidos

Publicado: 11/11/2019 en Blog Salto al reverso, Relatos sueltos
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«Ojo cascada de la cuidad sombra», por Mystic Art Desing (CC BY)

Mientras vagaba en las tierras de la locura, sentí una presencia extraña dentro de mi cuerpo. Me costó años averiguar de qué o quién se trataba, pero su presencia no era nada agradable.

Aquella esencia, con la forma de un niño como de unos cinco o seis años, era una parte de mi ser. Una parte que, debido a la represión extrema a la que fue sometida,  tuvo que manifestarse en forma visible para captar mi atención.

Viendo esto, le pregunté:

—¿Qué necesitas? ¿Por qué intentas invadir mi ser con tus ganas de llorar?

Al darse cuenta de que al fin lo había notado, el niño contestó:

—Justo eso necesito. ¡Tus ojos para poder llorar!

Al notar su convicción, me preocupé y me intrigué al mismo tiempo. No aguanté la curiosidad y le dije:

—¿Por qué no usas tus propios ojos para llorar?

El niño, moviendo la cabeza en señal de desaprobación, me dijo que yo no entendía nada.

—Tus ojos son los únicos que tienen acceso a la salida.

Sin entender, volví a preguntar:

—¿Acceso a la salida?

El niño, evidentemente molesto porque yo no entendía, me dijo:

—Si lloro con mis ojos, moriré ahogado dentro de la burbuja en la que me confinaste. Pero si uso los tuyos, el agua se irá por la salida.

Yo, habiendo comprendido sus palabras, le dije apenado:

—No puedo darte mis ojos.

El niño, dando la vuelta para marcharse y convertirse de nuevo en una incómoda esencia incorpórea dentro de mi cuerpo, reclamó:

—¡No me quieres dar tus ojos! ¡Son mis ojos también!

Convencido de mi respuesta, le dije:

—¡No! Pero puedo prestártelos.

El niño, sorprendido por la respuesta, se volvió hacia mí:

—¿Cómo podrías hacer eso?

Le respondí:

—Yo, en momentos convenientes, te prestaré mi acceso a la salida y dejaré que elimines el exceso de agua para que ya no te ahogues.

El niño, con un rostro de notorio agradecimiento, empezó a convertirse en una niebla plateada y salió de mi cuerpo. La niebla dijo:

—Te tomaré la palabra, esperaré mi momento para que cumplas tu promesa.

Era la voz del niño, que ya no habitaba en mi cuerpo entero. Tan solo en mis ojos, esperando su turno para usarlos.

Con eso desaparecieron las manifestaciones molestas de aquella esencia. Gracias al pacto de utilización de ojos que firmamos con aquella conversación.

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«Jorō Spider», por Pamsai (CC BY-SA 2.0)

El alquimista marino gustaba de involucrarse en luchas clandestinas con el fin de medirse físicamente contra oponentes fuertes. Además, como cazador de rituales de vudú que era, ese tipo de lugares siempre le servía para obtener pistas que usualmente lo llevaban a capturar a ciertos practicantes de vudú de bajo rango.

El alquimista conoció una vez a un luchador de artes marciales que se hacía llamar Jorōgumo. Este luchador tenía la fama de excéntrico debido a su vestimenta; ropa muy holgada, capucha y máscara. Era considerado invencible y casi siempre se cobraba mucho dinero por verlo pelear, debido a que su fama de invicto hacía imposible realizar apuestas rentables.

El alquimista marino no dudó en retar a Jorōgumo a una pelea. Esta vez sí se realizaron apuestas. El alquimista marino era conocido por ganar cada encuentro al que se había presentado. Las apuestas estaban divididas. Sin embargo, casi todos los espectadores esperaban que Jorōgumo ganara la pelea.

Al momento del encuentro, El alquimista marino percibió en Jorōgumo la sed de sangre propia de un practicante de vudú. No dudó en luchar usando su aura para intensificar las capacidades de su cuerpo. Para sorpresa del público, El alquimista marino no solo pudo seguirle el ritmo a Jorōgumo y asestarle algunos golpes, hazaña que nadie había logrado hasta ese momento, sino que además logró quitarle la capucha y la máscara. De esta manera, expuso que detrás de la identidad de Jorōgumo se encontraba una mujer. Ella, sintiendo manchado su honor, renunció a la pelea. Y, antes de huir a toda velocidad, recitó un conjuro sobre El alquimista marino.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El conjuro lanzado por Jorōgumo era un sutil comando de Mahou que permitía al usuario ubicar en tiempo real la posición de su víctima. Jorōgumo había entrenado durante varios años mientras estudiaba el errático patrón de ubicación de El alquimista marino. Finalmente, sintiéndose completamente lista, persiguió y encontró al alquimista. Lo desafió a una pelea.

Esta vez su forma de vestir era muy diferente. Dejaba ver su rostro, usaba ceñidas ropas negras y una bandana con una piedra negra cúbica incrustada en su nudo. Además, su estilo de combate había cambiado dramáticamente. El alquimista marino, de inmediato, percibió que la sed de sangre que provenía de aquella mujer no era para nada algo normal. Nunca había escuchado de un entrenamiento u objeto que fuera capaz de amplificar a ese grado los poderes de un practicante de vudú.

Jorōgumo no le dio mucho tiempo al alquimista como para analizar la situación. Empezó a arremeter con rápidos puñetazos con el fin de hacerle perder la concentración. Sin embargo, El alquimista marino era un hábil pugilista y esquivaba con destreza los ataques de su adversaria. Mientras esquivaba, logró percibir una extraña energía procedente de la piedra negra de la bandana. Intentó arrebatársela a la fuerza, pero ella frustraba sus intentos a una velocidad sobrehumana. El alquimista marino usó su aura al máximo para potenciar su velocidad y logró acorralar a Jorōgumo.

—¡Dime qué demonios tiene esta bandana! —exigió El alquimista marino, mientras levantaba y ahorcaba a su adversaria con una mano y le quitaba la piedra negra con la otra.

Jorōgumo, viéndose en un aprieto, recitó un conjuro y materializó una katana en su mano. Gracias al factor sorpresa, y a un rápido movimiento, logró quitarle la piedra negra a su oponente. El alquimista marino dio un rápido salto hacia atrás, para evitar ser cortado, y sacó una piedra roja de su bolsillo.

—¡Yo también puedo hacer trucos, Jorōgumo! —dijo El alquimista marino, mientras sacaba una cimitarra desde dentro de su piedra filosofal.

La pelea a puño limpio se convirtió en un duelo de espadas. El alquimista marino decidió terminar la pelea con un solo movimiento. Usando la que era su técnica más poderosa hasta el momento, colocó su piedra filosofal en su espada para infundirle masivas cantidades de aura. Esto aumentaba, por mucho, el rango y poder de corte del arma. Y, con un brusco movimiento de dos manos, desató una ráfaga cortante de aura con la que derrotó a Jorōgumo, provocándole heridas muy graves que incluían quemaduras en varias partes de su cuerpo y la pérdida de un brazo y un ojo.

—Me llevaré esto para estudiarlo con detenimiento —dijo El alquimista marino, recogiendo la piedra negra.

Jorōgumo, usando su último recurso, convirtió su cuerpo en humo y desapareció del lugar antes de ser rematada por el alquimista.

No se volvió a saber de ella durante años.

***

El alquimista marino no lo sabía, pero seguía bajo el efecto del conjuro de rastreo de Jorōgumo quien lo encontró y emboscó durante uno de sus viajes. No esperaba un ataque de alguien a quien creía lisiada y sin la capacidad representar peligro alguno.

—¿Quién diablos eres y qué quieres de mi? —gruñó El alquimista marino.

—¿No me recuerdas, alquimista? —dijo Jorōgumo, mientras se quitaba la capucha con lo que parecía ser una gran pata de araña, dejando ver un deformado rostro con un parche que tenía una piedra negra incrustada.

El alquimista marino percibió una sed de sangre mucho mayor que la del último encuentro. Era evidente que las capacidades físicas de su adversaria habían aumentado considerablemente. Jorōgumo no perdió tiempo y conjuró su katana. La impregnó con una niebla negra que aumentaba su alcance y poder de corte. Una técnica muy parecida a la que El alquimista marino usaba con su cimitarra.

El alquimista respondió con su propia técnica. Parecía como si de su espada fluyeran flamas rojas, mientras que la katana estaba envuelta en unas extrañas llamas negras. Ambos sabían que, si recibían un ataque de su oponente, serían fulminados por la energía de su espada; por lo que la pelea se llevaba a cabo a mucha velocidad pero a la vez con mucha cautela.

Jorōgumo quería terminar el encuentro pronto. Dio un gran salto hacia atrás y empezó a recitar un conjuro. Inmediatamente después, se quitó las prendas de vestir superiores dejando al descubierto un torso lleno de quemaduras. En cada costado tenía incrustadas dos piedras cúbicas.

—En este momento cobraré venganza por mi honor, alquimista —dijo Jorōgumo, muy segura de sí misma.

El alquimista marino se sentía paralizado. No lo percibió a tiempo pero, al chocar espadas con Jorōgumo, había inhalado un poco del humo negro que manaba de su katana.

Jorōgumo seguía recitando su conjuro hasta completarlo. De repente, se deshizo el conjuro que materializaba su katana y las piedras negras de su torso desaparecieron a la vista. Lentamente, la practicante de vudú caminó hacia El alquimista marino que activó la trampa que tenía preparada.

Su piedra filosofal, conocida como La concha marina, estaba suspendida en el aire y empezó a lanzar potentes ráfagas de energía que eran desviadas en cuanto se acercaban a Jorōgumo, aparentemente sin que esta hiciera esfuerzo alguno.

El alquimista marino estaba sorprendido, pese a ello no había perdido la calma. Pero, sin darle tiempo para pensar en algo contra la parálisis, Jorōgumo se acercó y le dio un abrazo.

—¿Qué diablos haces? —balbuceó el paralizado alquimista.

—¡Este es El abrazo de la araña! —gritó con demencia Jorōgumo.

Era muy tarde para que El alquimista marino los percibiera, pero cuatro brazos invisibles salían del torso de Jorōgumo. Dos a cada costado, justo donde estaban incrustadas las piedras negras. Cada uno de ellos blandía katanas invisibles impregnadas con sed de sangre. Usando dichas armas había desviado las ráfagas de su piedra filosofal. Y esas mismas armas invisibles lo apuñalaron en tajo cruzado en el tórax.

El alquimista marino no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando pudo percatarse, estaba desangrándose, tendido en el suelo y perdiendo la conciencia. La concha marina  estaba programada para un evento de esa magnitud. Por lo que, al entrar en shock, una runa en forma de ojo brilló en la frente de El alquimista marino al mismo tiempo que brillaba una idéntica dentro de su piedra filosofal.

—Activando modo de emergencia —dijo La concha marina.

Inmediatamente, una barrera de energía impidió que Jorōgumo rematara al alquimista malherido. Eso le dio tiempo a la piedra para transportarlo a su interior y huir a un lugar seguro, convirtiéndose en lo que parecía una bengala roja que huía a toda velocidad. Jorōgumo no logró consumar su venganza.

Atónita por la forma en que escapó su adversario, se quedó con la satisfacción de saberse lo suficientemente hábil como para lastimar gravemente el cuerpo del alquimista que la había desfigurado y mutilado. Mientras tanto, los mecanismos internos de La concha marina, creados para regenerar el cuerpo del alquimista en caso de daño crítico, realizaban labores médicas de emergencia a toda velocidad con el objetivo de salvarle la vida.